Uno había decidido que agosto era para no leer nada, o para leer solo aquello que no exige respuesta, un Percy Jackson reventado por la arena para poder hablar con mi hijo, una novela rusa, lo último de Homo Legens… Pero agosto tiene la costumbre indelicada de meterte la actualidad por debajo de la puerta justo cuando te habías puesto cómodo. Esta semana han entrado dos papeles.
El primero viene de Hamburgo. El 20 de agosto empieza a aplicarse en los quince colegios católicos de la archidiócesis un nuevo marco de educación sexual, «Männlich, weiblich, divers», que suena a título de ópera menor y es un plan de estudios, inspirado en la llamada pedagogía de la diversidad y aprobado en última instancia por el arzobispo Stefan Heße. Cientos de familias que pagan esos colegios, que los eligieron pudiendo elegir otros, se enteraron del documento a toro pasado y ni siquiera por los colegios. Se organizaron en una Red para la Protección y la Prevención de la Infancia, pidieron reuniones, consiguieron una en diciembre de 2025, y en febrero escribieron al Papa por conducto del nuncio pidiéndole que detuviera aquello. Siguen esperando. Lo ha contado Nico Spuntoni en La Nuova Bussola.
Conviene recordar quién firma ese marco. Heße presentó su dimisión en marzo de 2021, cuando el informe Gercke sobre Colonia le atribuyó once incumplimientos del deber en la gestión de casos de abusos durante los años en que fue jefe de personal y vicario general. Roma tardó seis meses en contestar y contestó que no: había errores personales de procedimiento, sí, pero ninguna intención de encubrir, y además el arzobispo había reconocido humildemente sus faltas. Uno no discute la misericordia, faltaría más. Uno solo observa, con esa perplejidad tan de agosto, que la institución dispone de una teología finísima de las circunstancias atenuantes cuando el que yerra lleva mitra, y de ninguna en absoluto cuando el que pide una reunión lleva a tres niños de la mano.
El segundo papel viene de los Pirineos, de un principado donde uno de los dos jefes del Estado es un obispo español. Andorra quiere despenalizar el aborto, lo lleva hablando discretamente con la Santa Sede desde 2019, y a finales de julio el jefe de Gobierno, Xavier Espot, y su ministro Ladislau Baró volvieron a sentarse en el Vaticano con el cardenal Parolin para repasar las distintas opciones jurídicas. Ninguna de esas opciones consiste en decir que no. La más citada por La Veu Lliure tiene una elegancia notarial que merece admiración estética: trasladar la rúbrica al copríncipe francés, como ya se hizo con la reproducción asistida, de modo que el obispo de Urgell no firme la ley que se aprueba bajo su corona. La ley se aprueba igual. El obispo no firma. Todos quedan razonablemente satisfechos salvo los nascituri, que en estos expedientes nunca tienen representación letrada. Nadie ha tocado el Catecismo, claro. No hace falta. La doctrina ya no se deroga: se rodea, con la paciencia del que sabe que un dogma no puede correr y una comisión mixta no tiene prisa.
Y aquí es donde el padre de familia católico descubre lo que llevaba años sospechando sin atreverse a formularlo, porque formularlo parece una deslealtad y es solo un diagnóstico: que no está solo frente al mundo, eso se sabía, eso viene en el contrato desde el año 33, sino frente al mundo y sin castillo. Uno contaba con perder la calle, la televisión, el ministerio y el claustro de profesores. Uno no contaba con llegar a la torre del homenaje y encontrarse el puente levadizo bajado desde dentro, y a un señor con anillo explicando por megafonía que bajarlo era, bien entendido, un gesto de acogida.
Uno ha pasado parte de este verano viendo pasar calesas por Lancaster, y ha vuelto con una idea incómoda que ya no consigue soltar: que se siente más correligionario de un granjero amish de Pensilvania que de la Secretaría de Estado. Llamémoslo ecumenismo de la contrarrevolución. No es el otro, el de las comisiones bilaterales y los comunicados conjuntos, que lleva sesenta años buscando la unidad de la fe y ha producido sobre todo fotografías. Este es más modesto y por eso funciona: no une en lo que se cree, une en lo que se rechaza. Uno no comulga con un anabaptista ni piensa hacerlo, Trento sigue donde estaba y el filioque también, y uno no está dispuesto a renunciar al aire acondicionado, ni a la Suma, ni a la cerveza fría. Pero uno y ese granjero comparten hoy una convicción más divisoria que la transubstanciación: que un niño no es materia prima del Estado, que la familia es anterior a la escuela, y que no hay ninguna edad en la que a un crío haya que explicarle que su cuerpo es una hipótesis de trabajo.
Y no es una ocurrencia de agosto, tiene jurisprudencia. En 1967, cuando Wisconsin multaba con cinco dólares a unos padres amish por sacar a sus hijos de la escuela pública al terminar octavo grado, se constituyó para defenderlos un Comité Nacional por la Libertad Religiosa Amish cuyos promotores eran el asesor jurídico del American Jewish Committee, el decano de Derecho de Boston University y el director de la comisión de libertad religiosa del Consejo Nacional de Iglesias. Un judío, un académico y un protestante liberal montando la defensa de una secta de labradores que no querían institutos. El abogado que llevó el caso al Tribunal Supremo y lo ganó, gratis, se llamaba William Bentley Ball, era católico, caballero de San Gregorio y, en su vida civil, asesor jurídico de la Conferencia Católica de Pensilvania. Es decir, el abogado de los obispos. La sentencia, Wisconsin contra Yoder, mayo de 1972, seis votos contra uno, sigue siendo el precedente más sólido del derecho de los padres en todo Occidente. El argumento amish que Ball tradujo al inglés constitucional era Romanos 12, 2: nolite conformari huic saeculo.
Cincuenta y cuatro años después, en Hamburgo, los juristas de la archidiócesis redactan el plan y son los padres los que escriben a Roma. No hace falta atribuirle intenciones a nadie para ver la figura, basta con mirar dónde se sienta cada uno: en 1972 el aparato católico defendía a unos campesinos protestantes contra un currículo estatal, y en 2026 unos padres católicos piden amparo contra un currículo diocesano. La estructura se ha dado la vuelta entera. Y lo notable es que los padres de Hamburgo no están pidiendo nada extravagante ni nada nuevo: piden que se les aplique el canon 226, que reconoce a los progenitores el derecho y la gravísima obligación de educar a sus hijos, y aquella frase del Vaticano II que los llamaba primeros y principales educadores. Reclaman el Código contra el organigrama. Eso no es rebelarse: es litigar.
De ahí la buena noticia veraniega, que la hay y no es pequeña. La red de Hamburgo existe. Hace seis años no habría existido, se habrían quejado sueltos en la puerta del colegio y habrían acabado matriculando en otro sitio. Un plan impuesto contra los padres de quince colegios no es un plan: es una ocupación, y las ocupaciones dependen enteramente de que el propietario no vuelva. Los amish, mientras tanto, eran ciento setenta y ocho mil en el año 2000 y pasan de cuatrocientos diez mil hoy, se duplican cada veinte años con un crecimiento casi enteramente natural y retienen a ocho o nueve de cada diez hijos. No han ganado un solo debate televisado, no tienen think tank, no colocan a nadie en ningún dicasterio y no parecen echarlo de menos. Han hecho la única cosa que a largo plazo resulta incontestable, que es tener hijos y quedárselos. Toda la ingeniería de la Secretaría de Estado, toda la diplomacia de los encajes y las firmas desplazadas, no produce un solo bautizado.
Queda el lema, que uno lleva semanas rumiando sin decidirse a escribirlo porque suena a camiseta: etiamsi omnes, ego non. Aunque todos, yo no. Es Mateo 26, 33, y arrastra el defecto de origen de que lo dijo Pedro, y de que Pedro aguantó hasta el patio del sumo sacerdote y ni siquiera hasta el gallo. Philipp von Boeselager, que puso una bomba a Hitler y sobrevivió para contarlo, lo tenía tallado en una viga de la casa familiar, que es exactamente el sitio. No en una pancarta. En una viga, donde se cargan los pesos.
Por eso, con perdón de la gramática y con perdón de Pedro, a uno le sale en plural. Etiamsi omnes, nos non. Aunque todos. Nosotros no. O en italiano, que todo suena mejor: anche se tutti, noi no.