Mientras el mayor temblor de tierra registrado en Colombia en la última década sacudía el país, en la capilla del Instituto del Buen Pastor en Bogotá un sacerdote vivía el momento de la consagración. La lámpara oscilaba sobre su cabeza. No se movió del altar.
A las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar (Chocó) —el mayor registrado en Colombia en la última década, según el Servicio Geológico Colombiano— sacudió medio país, dejando más de 130 fallecidos, cientos de heridos y decenas de edificios colapsados. El Gobierno ha declarado el desastre nacional.
A casi 300 kilómetros del epicentro, en el barrio bogotano de La Soledad, la Capilla de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro —el oratorio que el Instituto del Buen Pastor atiende en la capital colombiana desde 2010, donde se celebra exclusivamente la Misa tradicional— vivía su Misa diaria de primera hora de la mañana. Cuando el terremoto golpeó, el sacerdote estaba en plena consagración.
Las imágenes, que se han hecho virales, hablan solas. Se ve con toda claridad cómo la lámpara oscila violentamente sobre la cabeza del celebrante. Cualquiera habría levantado la vista, habría dudado, habría corrido hacia la puerta. El sacerdote ni se inmuta: no hace un solo gesto de mirar hacia arriba. El acólito permanece arrodillado en su sitio. Los fieles, sin un grito, sin una estampida, continúan de rodillas mientras el templo tiembla.
Sacerdote y acólito estaban, literalmente, dispuestos a morir aplastados antes que interrumpir la consagración.
De rojo, como los mártires
Hay un detalle que no es menor. El 10 de agosto la Iglesia celebra a San Lorenzo, diácono y mártir, y por eso el celebrante viste ornamentos rojos: el color de la sangre derramada por Cristo. En Bogotá, dieciocho siglos después del martirio de la parrilla, un sacerdote revestido con el color de los mártires demostró sin decir palabra que esa disposición sigue viva: que hay hombres para quienes lo que ocurre sobre el altar vale más que la propia vida.
Testigos de la fe
En tiempos en que se llega dudar si queda gente con fe —si quedan curas que crean de verdad en lo que hacen sobre el altar—, estas imágenes responden por sí solas. Ese sacerdote cree que tiene entre sus manos el Cuerpo de Cristo. Y quien cree eso de verdad, no lo suelta ni aunque se le venga el techo encima.
No hay en el vídeo heroísmo impostado ni afectación alguna. Hay algo mucho más raro y mucho más valioso: la naturalidad sobrenatural de quien sabe que está ante Dios y actúa en consecuencia. La rúbrica no contempla el terremoto, pero la fe sí contempla el altar como el lugar del que no se huye.
Los fieles son también testigos. La capilla del Buen Pastor en Bogotá reúne cada domingo a más de cuatrocientas personas en torno a la Misa de siempre; ese lunes, los que madrugaron para la Misa de diario dieron una catequesis silenciosa sobre la Presencia Real. Ninguno gritó. Ninguno rompió el silencio sagrado del canon.
Mientras Colombia llora a sus muertos —y desde estas líneas nos unimos a la oración por las víctimas y sus familias—, un templo que tembló en Bogotá nos ha dejado una certeza: la fe existe y sigue teniendo testigos dispuestos a morir aplastados.