Del joven rico, o de cómo se le da la vuelta a un imperativo sin que se note demasiado

Del joven rico, o de cómo se le da la vuelta a un imperativo sin que se note demasiado

Confesará uno, para empezar por donde se debe, que le tiene simpatía a la gente de Hakuna. No la simpatía condescendiente del señor mayor que celebra que la juventud haga algo, cualquier cosa, con tal de que no sea peor, sino la otra: la de quien ha visto a chavales de veintidós años arrodillados a las once y media de la noche en una cripta helada, en agosto, pudiendo estar en cualquier otro sitio de esta España veraniega y sudorosa donde se puede estar a las once y media de la noche de un martes. Eso es real y no es poco. De hoc satis, que decían los escolásticos cuando querían pasar a lo desagradable.

Porque lo desagradable es que el nombre del asunto ya lo dice todo, y lo dice en suajili, y lo dice con una franqueza que ninguna crítica externa mejorará jamás.

Hakuna matata: no hay problema. Frase que la mayoría de los hispanohablantes conoció en 1994, en versión doblada, cantada por un jabalí verrugoso y un suricato, en una película de la Walt Disney Company sobre la sucesión dinástica en la sabana. Los responsables del movimiento explican, y hacen bien en explicarlo porque el equívoco es evidente, que lo suyo no es el matata sino el hakuna, que no hay problema porque está Dios, que la despreocupación es teologal y no farmacológica. Uno lo acepta de buena gana. Pero uno también ha leído lo suficiente como para saber que las marcas, igual que los síntomas, dicen la verdad en contra de la voluntad de quien las elige. Y que ninguna generación anterior de católicos, en veinte siglos de un cristianismo que ha producido nombres como Cartujos, Descalzos, Pasionistas o Hijas de la Caridad, se había puesto de nombre corporativo la abolición del problema.

El problema, en el Evangelio, es exactamente lo que hay.

Recordará el lector el pasaje, que está en los tres sinópticos y que en Mateo se lee mejor. Se acerca un joven, y no un joven cualquiera sino uno con inquietud, uno de los buenos, uno de los que hoy irían a la Hora Santa: pregunta qué ha de hacer para tener la vida eterna, se le recuerdan los mandamientos, y él responde con esa frase espléndida y sincerísima de todos los chicos formados en buenos colegios desde entonces hasta hoy, «todo eso lo he guardado, ¿qué me falta todavía?». Y entonces cae la cuchilla. Vende cuanto tienes, dáselo a los pobres, y sígueme. Vade, vende quae habes. Y el muchacho, que era bueno, que era piadoso, que había cumplido, se marcha triste porque tenía muchos bienes. Abiit tristis. No hay canción final. No hay abrazo. No hay una segunda parte del pasaje donde el Señor sale corriendo detrás a explicarle que era una metáfora, que se lo tome con calma, que lo importante es el camino y no la meta, que ya irá viendo. El joven se va, y Cristo lo deja irse, y es probablemente el momento más aterrador de todo el Nuevo Testamento precisamente porque nadie ha hecho nada malo.

Bien. Sostendrá uno que el catolicismo emocional español de las últimas dos décadas, del que Hakuna es la manifestación más lograda y por eso mismo la más instructiva, ha resuelto ese pasaje mediante un procedimiento de una elegancia técnica notable: ha conservado el imperativo entero, palabra por palabra, y le ha invertido la dirección.

Ya no es Dios quien dice al joven «deja cuanto tienes y sígueme». Es el joven quien se lo dice a Dios.

Y hay que reconocer que la operación funciona de maravilla, porque el mandato sigue sonando evangélico, sigue teniendo su radicalidad, sigue permitiendo el lenguaje del todo o nada, del enamoramiento, de la entrega sin reservas, del tout ou rien, y sin embargo el que tiene que vender el patrimonio es el Otro. Deja tu latín, que no se entiende. Deja tus rúbricas, que son de otro siglo y encorsetan. Deja tu silencio, que incomoda y no llena las dos horas. Deja tu moral sexual, o al menos no la menciones hasta el tercer año, cuando ya haya vínculo. Deja tu institución, que está manchada, y quédate solo con el encuentro personal. Deja tus obispos. Deja tu peso. Deja tus exigencias, que ya me exijo yo bastante en el máster. Y ven, ven a mi hora, ven a mi cripta, ven a mi playa, ven con mi banda sonora y con mi tipografía y con mis velitas de IKEA, ven al formato que te he preparado, que es un formato bueno, que es un formato lleno, que es un formato donde vas a estar muy a gusto.

Sequere me, pero conjugado por el otro.

Bonhoeffer, que escribió El precio de la gracia en 1937 y que sabía bien de qué hablaba porque acabó colgado de un gancho de carnicero en Flossenbürg, lo llamó gracia barata: la gracia como doctrina, como principio, como sistema; el perdón de los pecados proclamado como verdad general; el amor de Dios entendido como concepción cristiana de Dios. Gracia sin seguimiento, gracia sin cruz, gracia sin Jesucristo vivo y encarnado. Y añadía una definición que uno recomienda tatuarse a todo director espiritual de movimiento juvenil: gracia barata es la que uno se concede a sí mismo. Lo caro, en cambio, es caro porque cuesta algo. Cuesta el joven rico. Cuesta, muy exactamente, la posibilidad de que el chaval se vaya triste y no vuelva, y de que uno se quede sin la foto, sin la asistencia y sin el testimonio en el escenario.

Philip Rieff diagnosticó en 1966, en The Triumph of the Therapeutic, el paso del hombre religioso al hombre psicológico: aquel nacía para ser salvado, este nace para ser complacido, y las instituciones que antes exigían una renuncia se reconvierten en proveedoras de bienestar so pena de quedarse vacías. La cripta de Santander es Rieff con incienso. Kierkegaard, por su parte, describió el estadio estético como aquel en que el sujeto vive de la intensidad del instante y huye de la repetición porque la repetición es donde uno se aburre y donde, por lo tanto, uno se compromete. La Hora Santa mensual con banda en directo, luz cálida y lema anual pertenece con toda propiedad al estadio estético. El rosario de la abuela a las siete y media de la tarde, en cambio, todos los días, con las mismas cincuenta avemarías idénticas y ninguna posibilidad de contenido nuevo, pertenece al religioso. Adivine el lector cuál de las dos cosas convoca hoy a tres mil personas y cuál se está muriendo literalmente de vieja.

Y no crea nadie que uno propone lo contrario, que sería el error simétrico y bastante más aburrido: no se trata de que la fe deba ser fea, ni fría, ni triste, ni exclusivamente cantada en gregoriano por señores con gafas de pasta. La belleza es un trascendental y la guitarra no es herética. Se trata de otra cosa, más fina y más grave: se trata de si el acto de culto está ordenado a Dios o a la experiencia del sujeto que lo consume. Ad Deum o ad me. Toda la cuestión cabe en esa preposición, y quien crea que es un matiz de sacristía no ha entendido nunca por qué se han hecho concilios enteros por preposiciones.

De modo que la pregunta que uno le haría a los organizadores, sin ninguna acritud y con verdadero interés, no es por las siglas del frontal ni por el número de cirios, que ya tuvo su respuesta en otro lugar de este periódico. Es esta otra, mucho más incómoda: ¿cuándo, en qué momento del itinerario, en qué mes del curso, le dicen ustedes a un chaval de veinticuatro años que tiene que vender lo que tiene? No los sentimientos. No las heridas, que eso se pide siempre y no cuesta nada porque además apetece. Lo que tiene. El plan de vida, el prestigio, la novia con la que se acuesta, el sueldo del año que viene, el domingo por la mañana, la carrera entera si hace falta.

Porque si esa pregunta no se hace nunca, ya sabemos quién es el joven rico de esta historia.

Y ya sabemos, sobre todo, quién es el que se está yendo triste.

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