Salinas explica el método: la denuncia contra Cipriani no pasó por ningún tribunal, «llegó a las manos del Papa» por sus amigos

Salinas explica el método: la denuncia contra Cipriani no pasó por ningún tribunal, «llegó a las manos del Papa» por sus amigos

El periodista peruano Pedro Salinas, coautor de Mitad monjes, mitad soldados y una de las voces más próximas al círculo del actual pontífice —él mismo ha relatado que fue Robert Prevost quien gestionó su encuentro con Francisco en diciembre de 2024—, dedicó buena parte de su programa La Verdad a Fondo del pasado 7 de agosto (La República) a responder al artículo publicado por este medio a propósito de la entrevista al escritor Santiago Roncagliolo, colaborador y amigo del propio Salinas, sobre su libro biográfico del obispo Prevost El pastor y los lobos.

No vamos a detenernos en los sofisticados epítetos que el conductor dedicó a esta casa —«el pasquín de la caverna local», entre otros—, porque lo verdaderamente relevante del programa no fueron los adjetivos. Lo relevante es que Salinas, queriendo refutarnos, expuso con total franqueza y en primera persona su tesis de fondo: que los cauces canónicos de la Iglesia no sirven, revictimizan y no deben seguirse, y que la vía que funciona es otra —la que él mismo describe con detalle—. Una convicción que, viniendo de alguien tan cercano al entorno del Papa León XIV, merece ser transcrita con fidelidad y leída con atención.

«Más leguleyos burocráticos no pueden ser»

En nuestro artículo señalábamos algo que creíamos pacífico: que la Iglesia dispone de un ordenamiento jurídico que establece cómo se investiga, cómo se acusa y cómo se resuelve, con derechos de defensa y prueba tasada. Salinas leyó ese pasaje en directo y respondió así:

«Y acá dicen, para que vean, ya la cosa retorcida: «La Iglesia dispone de un ordenamiento que establece cómo se investiga, cómo se acusa, cómo se resuelve, con derechos de defensa, con prueba tasada». O sea, más leguleyos burocráticos no pueden ser. No: estamos hablando de víctimas, víctimas sexuales, que no mencionan […] porque les importan un rábano».

Tomamos nota: para el señor Salinas, recordar que en la Iglesia existe un ordenamiento con derecho de defensa y prueba tasada es «cosa retorcida» de «leguleyos burocráticos». No discutió que ese ordenamiento exista ni que deba aplicarse; simplemente lo despachó como un estorbo frente a la urgencia de las víctimas. Es una posición. Veamos a dónde conduce, según su propio relato.

El tribunal eclesiástico, según Salinas: un cauce «estúpido»

El conductor ilustró su rechazo a la vía canónica ordinaria con el caso del cardenal Juan Luis Cipriani:

«Siguiendo la interpretación estúpida de InfoVaticana, si la víctima de Juan Luis Cipriani hubiese seguido los cauces normales de la Iglesia Católica, tendría que haber apelado al denominado Tribunal Eclesiástico, que en ese momento el presidente era un miembro de la familia espiritual del Opus Dei, y uno de los vocales principales era también de la familia espiritual del Opus Dei, y el moderador del tribunal eclesiástico, Juan Luis Cipriani, el abusador. Ese es el método estúpido que pretendían que siguiese la víctima».

Y a continuación describió, sin que nadie se lo preguntara, el cauce alternativo que se siguió en su lugar:

«Siguió otro cauce. Rosa María Palacios recibe la denuncia de la víctima, me la encarga a mí. Hablamos con Juan Carlos Cruz, el chileno abusado por Fernando Karadima, que terminó siendo una suerte de hijo putativo del Papa, un amigo cercano al Papa. Y es así como la denuncia de la víctima de Juan Luis Cipriani llega a las manos del Papa, y el Papa toma decisiones sobre eso».

Léase despacio, porque no lo denunciamos nosotros: lo cuenta él, con orgullo. Ni tribunal competente, ni dicasterio, ni proceso con garantías: una periodista recibe la denuncia, se la encarga a otro periodista, este activa a un amigo personal del Papa, y la denuncia aterriza en el escritorio pontificio, donde «el Papa toma decisiones». Ese es, descrito por uno de sus protagonistas, el circuito por el que se resolvió un endeble y dudoso caso de gravísimas acusaciones contra todo un cardenal. El problema que Salinas señala en el tribunal de Lima —la falta de imparcialidad— es absurdo porque los delitos de abusos están reservados a Doctrina de la Fe y, además, si el titular está involucrado siempre se deben elevar a la siguiente instancia.

«Se perdió su denuncia en el dicasterio. ¡Ups!»

Un pasaje revelador en el que no le falta razón al periodista peruano llegó al hablar de las víctimas del Sodalicio que sí confiaron en las instancias canónicas:

«Lo mismo en el caso de las víctimas del Sodalicio. Por lo menos tres decidieron seguir las instancias que quiere InfoVaticana que sigan las víctimas: el cauce formal, burocrático, que revictimiza, dicho de paso. La principal víctima en el libro Mitad monjes, mitad soldados siguió el cauce del tribunal eclesiástico. […] ¿Y qué ocurrió? Se perdió su denuncia en el dicasterio correspondiente. «¡Ups! No sé en qué cajón lo hemos guardado. ¿Nos la puedes volver a enviar?» Miserables, miserables».

Aquí coincidimos plenamente en el calificativo que eso merece.

En lo esencial, estamos de acuerdo

Sorprenderá quizá al señor Salinas, pero en el diagnóstico de fondo este medio no puede sino darle la razón: los cauces canónicos, tal y como vienen siendo administrados, fallan a las víctimas. Denuncias que se extravían en los dicasterios, expedientes que duermen sin respuesta, procesos que revictimizan a quien confió en ellos. Lo sabemos bien.

Precisamente por eso le hacemos un ofrecimiento público y sincero: si lo tiene a bien, podemos enseñarle expedientes de la diócesis de Chiclayo que se encuentran hoy en esa misma situación que él describe con indignación. Víctimas que siguieron el cauce formal, que denunciaron ante las instancias competentes, que elevaron y elevan constantemente sus escritos a su Diócesis, al Dicasterio para la Doctrina de la Fe y a la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, y que a día de hoy solo han recibido silencio —y, en algún caso, la interrupción temeraria del apoyo médico y farmacológico que se les había dado y prometido—. A ver qué opina.

Porque la diferencia entre el señor Salinas y nosotros no está en el diagnóstico, sino en la conclusión. De su relato se desprende que, como el proceso canónico no funciona, la alternativa es la vía informal: la periodista que recibe la denuncia, el amigo con acceso a la curia, la decisión pontificia sin proceso previo. Una vía cuyo resultado, por definición, depende de quién conozca a quién. Nosotros deducimos lo contrario: que si el proceso no funciona, hay que exigir que funcione —para todas las víctimas, también para las que no tienen un periodista que las apadrine ni un amigo en el entorno pontificio—.

Lo que queda acreditado, en todo caso, y en palabras del propio interesado, es notable: un hombre del círculo de confianza del entorno papal, protagonista reconocido de la fase peruana y romana del caso Sodalicio, califica públicamente el ordenamiento canónico de «leguleyos burocráticos», el tribunal eclesiástico de «método estúpido», el cauce formal de vía «que revictimiza», y relata con naturalidad cómo una débil e inconsistente denuncia contra un cardenal llegó al Papa por una cadena de amigos en lugar de por un proceso, y que esa informalidad derivó en medidas drásticas que impactaron sin remedio en el honor de un cardenal. Un delirio. Y ojo, no lo decimos nosotros. Lo dice Pedro Salinas.


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