Antes de decidirme a comprar la casa en los Monegros y venirme a vivir aquí, contemplé por un tiempo la posibilidad de vivir como un ermitaño en la ciudad.
Había leído sobre la conocida propuesta de eremitismo urbano que son las Comunidades de Jerusalén, que reúnen a monjes, monjas y laicos, cada uno de acuerdo con su carisma y su propio compromiso, para compartir la misma espiritualidad que los invita a vivir «en el corazón de las ciudades, en el corazón de Dios».
- J. Chitty señala en su clásico trabajo sobre el monacato urbano “The Desert a City”, que podemos decir que la ciudad es un desierto. Pero, ¿qué implica este desierto tan fundamental a la vida del monje?El desierto es la tierra desolada y salvaje; la árida soledad y el profundo silencio. El desierto es la reclusión en donde el monje busca, en la oración y la penitencia la libre renuncia a los deseos egoístas, a la espera del tiempo de Dios. El eremita urbano es un tipo de monje entre los muchos que existen. Y tal como los monjes de todas partes, está consagrado a Dios a través de votos o de promesas sagradas, sean públicas o privadas, temporales o perpetuas. Y están formuladas de manera tradicional, con la pobreza, castidad, obediencia y estabilidad; o puede que estén expuestas bajo novedosas formas creativas. Pero el significado es el mismo. El monje es uno, consagrado, ofrecido, entregado al completo servicio a Dios”.
Finalmente, descarté la idea por tres factores principales:
- El término “eremita”, “ermitaño” se deriva de “yermo”, desierto. También “monje”, “monacos” significa “solo”.
- Desde los primeros tiempos del cristianismo, quienes deseaban buscar a Dios y entregarse a Él con radicalidad abandonaban las ciudades y se retiraban a lugares solitarios. Y allí, en el yermo, la vida podía ser solitaria (eremita, anacoreta) o en comunidad (cenobita). Si no estoy equivocado, los religiosos con votos sólo comenzaron a vivir en las ciudades cuando apareció en el siglo XIII el fenómeno de las órdenes mendicantes y los frailes comenzaron a construir sus conventos en las ciudades o muy próximas a ella; mientras que lo común entre los monjes era que sus monasterios se encontrasen en lugares apartados.
- Me pareció que estos eremitas o monjes de la ciudad de las comunidades monásticas de Jerusalén y otros similares eran un invento creativo posterior al Concilio Vaticano II, por iniciativa – en el caso de los monjes de Jerusalén – del cardenal Marty, entonces arzobispo de París, y del padre Pierre-Marie Delfieux.
Respecto a esta tercera razón, me pareció hasta indignante la soberbia típica de muchos católicos en el siglo XX: si siempre se habían retirado los ermitaños buscando el desierto, ¿a qué proponer que la ciudad podía ser un desierto? Aún podría tener un pase una ciudad medieval, como cuando los mendicantes construían sus conventos muy cerca o dentro de los núcleos urbanos para predicar en las urbes. Pero porque eran frailes predicadores y mendicantes, no eran monjes.
La propuesta del eremitismo urbano me pareció no sólo contraria a lo que los eremitas habían hecho históricamente, sino también repleta de inconsistencias y errores conceptuales, especialmente el de confundir una ciudad cualquiera con la ciudad de Dios (constituciones #128), la Jerusalén celestial, que no puede vivirse aquí y ahora. La ciudad humana, terrenal, se asemeja más al concepto de «mundo» según lo considera san Juan, que es, como decía Benedicto XVI, aquello que odia a Dios. Cierto que hay vocaciones cristianas que consisten en vivir en el mundo, como son las familias, pero me parece que la ciudad no es para un monje ni un ermitaño. Y, sobre todo, que confundir la ciudad de Dios con una ciudad del mundo cualquiera es una forma errónea, inmanentista, de interpretar la Ciudad de Dios.
Me gustaría a colación de esta reflexión, tratar sobre un caso célebre de ermitaño de los primeros siglos de la Iglesia a quien no se le ocurrió hacerse ermitaño en la ciudad, sino precisamente huir de ella y marchar a un lugar solitario: San Benito.
San Benito es el monje que me ha traído a mí al desierto. Su vida, y, sobre todo, su regla, me parecen la manera más perfecta en la tierra en la que un bautizado puede vivir configurándose a Cristo y buscando la santidad. No voy a realizar una exposición erudita de su vida y su obra, sino simplemente a transcribir, como en un scriptorium monástico, las palabras que le dedica el Dr. Rubén Peretó Rivas en su obra «El nacimiento de la cultura cristiana«, que recomiendo a quien no la haya leído. No voy a reproducir todo el capítulo, sino solamente la marcha al yermo del joven Benito de Nursia.
«Como explica san Gregorio, Benito conformó su vida a los designios de Dios sin tener en cuenta las expectativas que se habían depositado sobre él ni tampoco las previsiones que la prudencia del mundo aconsejaba. Él decidió vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, en fidelidad plena.
Llama la atención, al leer la Vida escrita por san Gregorio, la geografía que va relatando. Una península itálica poblada de pequeños monasterios; de vida piadosa algunos; otros, de vida disipada (…). Un país alargado donde pululaban anárquicamente hombres santos y hombres pecadores que elegían la vida en común, en pobreza, castidad y obediencia, huyendo de un mundo decadente, que se caía a pedazos en medio de lujurias, comilonas, guerras y matanzas, bastante similar al nuestro. Y de entre todos ellos, de entre todos los distintos modos y códigos de vida que tenían, casi en silencio, Benito, con su regla, cambió Europa. Eso es lo notable y sorprendente: la simplicidad con la que Dios hace las cosas. No utilizó un ejército ni un gran príncipe; ni siquiera una legión de obispos; prefirió un monje que, en la sencillez de una vida austera y apartada, en medio de un territorio y de un mundo hostil y embrutecido, fue capaz, sin quererlo y saberlo, de contribuir a modelar un mundo al que llamamos cristiandad.
Benito era natal de Nursia, una ciudad pequeña ubicada en una zona montañosa, unos cientos de kilómetros al norte de Roma, en Umbría. La familia de Benito, que gozaba de cierta holgura, decidió que su hijo, apenas pasada la adolescencia, fuera a Roma a estudiar las artes liberales. Al respecto, san Gregorio explica: «Pero, viendo que en medio de tales estudios muchos se deslizaban por la rápida pendiente de vicios, echo atrás el pie que había puesto ya casi en la entrada del mundo, no fuera que, si alcanzaba a conocer un poco de éste, también él mismo cayera en breve, todo él, en un enorme precipicio». No nos dice el biógrafo qué es lo que el joven Benito vio en el mundo estudiantil romano, pero podemos suponerlo: una vida licenciosa que empujaba irremediablemente a los que se acercaban a los vicios propios de la juventud. El mismo san Gregorio relata un poco más adelante un episodio sucedido cuando Benito llevaba ya algunos años de vida ermitaña. Escribe: «El maligno espíritu representó ante los ojos de su alma cierta mujer que había visto antaño y el recuerdo de su hermosura inflamó de tal manera el ánimo del siervo de Dios, que apenas cabía en su pecho la llama del amor. Vencido por la pasión, estaba ya casi decidido a dejar la soledad». Es muy probable que el ambiente vicioso al que alcanzó a asomarse en Roma consistiera, sobre todo, en los vicios de la carne, relacionados con la pasión sexual, que es la más difícil de dominar en la juventud. «Una mujer hermosa» rondaba aún en su memoria y este recuerdo, avivado por los demonios, estuvo a punto de hacerle abandonar su propósito de vida santa.
Es interesante detenernos en este aspecto de la vida de San Benito, que vivió en un mundo con varios aspectos semejantes al nuestro. Le tocó atravesar un periodo breve de vida en una ciudad viciosa, donde los placeres se ofrecían a cada paso. No sería, por cierto, la situación actual en la que tan fácilmente se accede a este tipo de placeres – los sexuales -, puesto que la pornografía en internet resulta un enorme desafío, no sólo para conservar la virtud, sino también la cordura, porque se trata de un vicio, como señalaba santo Tomás, del que es muy difícil desprenderse».
Haciendo una pausa en la narración de Rubén Peretó, me gustaría incidir en que retirarse al yermo no significa que uno escape a las tentaciones. Ciertamente, san Jerónimo decía que se había retirado para huir del mundo corruptor y poder salvarse, pero siguió siendo dolorosa e intensamente tentado, hasta el punto que vivió solamente dos años en el desierto del Calcis y lo abandonó, prefiriendo a partir de entonces vivir en comunidad, para recibir al apoyo y ejemplo de otros como él.
El tema de que la tentación de la carne, uno de los tres enemigos del alma que señala san Juan de la Cruz, sea según Rubén Peretó el más difícil de combatir en la juventud, me toca muy directamente. Lo expliqué en la primera de estas entregas. El dolor de los pecados, ya confesados y absueltos, cometidos contra el sexto mandamiento me atormenta, como a san Agustín en sus últimos años. Fruto de la época en la que me tocó crecer, y aunque educado en una familia de principios católicos, mi mente vivió durante años entendiendo que el amor debía tener siempre que ver con la relación carnal. Me costó años ser consciente de ello, y más años me está costando limpiar la mente y el alma, a base de oración y mortificaciones corporales. Leí al respecto recientemente una impactante frase del anterior obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández, en un artículo en Infovaticana: «La castidad es la virtud por la que uno aprende a amar«. Llevo días orando con estas palabras.
El Dr. Rubén Peretó continúa narrando que «el joven Benito, entonces recién llegado a Roma desde una pequeña ciudad de provincia, probablemente con entusiasmo y predisposición para convertirse en un próspero hombre de leyes, se asomó abrumado al abismo de placeres que le ofrecía su recién estrenada vida de estudiante, y decidió retirarse. En el relato de san Gregorio queda claro que su decisión no se debió a algún problema de timidez, de complejo de inferioridad o de problemas de socialización: no se debió a una debilidad o a algún trauma psicológico. Se debió a una decisión: «echó el pie atrás». Su voluntad se impuso a los deseos de la carne, y la voluntad sólo puede imponerse cuando los fines que le propone la razón son firmes y claros. «La voluntad es ciega», dice la filosofía escolástica, y tiene razón. El hombre decide, o elige, de acuerdo con lo que le presenta la inteligencia, y ése es el motivo por el que, cuando un hombre no tiene la inteligencia clara y bien formada, su voluntad suele decidir de acuerdo con las opciones que le presentan las pasiones. Y así, la formación de la voluntad a través de los hábitos debe ir acompañada con la formación de la inteligencia a través del conocimiento de la Verdad.
Es por eso que podemos colegir que Benito tuvo en su hogar de Nursia una buena formación cristiana, básica seguramente en cuanto a la cantidad de conocimientos, pero lo suficientemente sólida como para que, cuando llegó el momento, pudiera presentarle a la voluntad la opción por la que debía inclinarse: dejar la ciudad, huir de Roma y cambiar sus planes».
En su momento, yo no tuve la inteligencia tan clara y bien formada, y por eso mi voluntad decidió según las opciones que presentaban las pasiones.
Estas líneas son apenas unas pocas páginas de la magnífica obra de Rubén Peretó. Animaos y leedla completa. Lo merece. Desde que la descubrí en el año 2022, la leo dos veces al año. Transcribo las palabras del Dr. Peretó sin mala conciencia de plagiar porque, como él mismo explica, los medievales sabían que somos enanos a hombros de gigantes, y que es una tarea escondida pero fundamental la preservación para la transmisión de la sabiduría recibida. Ésta es, además, la vida según la regla de san Benito, tan esencial a todo bautizado: orar, estudiar y trabajar. Estudiar para conocer a Dios.
Hasta aquí, he intentado presentar mi experiencia como ermitaño; las luchas, las dudas y las dificultades. ¿Por qué lo he expuesto de manera tan detallada y extensa? Porque he pensado que puede ayudar a otros hombres, más o menos jóvenes, que deseen consagrar su vida a Dios pero no encuentren el lugar en las estructuras diocesanas o las órdenes religiosas; he tenido en mente también a quienes, por edad, ingresar en un seminario internacional de un instituto tradicional no es una opción. Estamos en tiempos de profunda crisis. Se trata de salvar los restos del naufragio. Rezar y formarse para aprender la fe católica apostólica y poderla transmitir sin ningún cambio a las nuevas generaciones.
En adelante pretendo no hablar de mí, sino reflexionar fundamentalmente sobre la espiritualidad benedictina, aunque también, en menor medida, sobre mis incipientes indagaciones en el catolicismo tradicional en España tras el Concilio Vaticano II. Desconozco la frecuencia con la que podré poner por escrito reflexiones sobre estos temas, pero me propongo hacerlo porque son los que componen fundamentalmente mi vida de oración y estudio y creo que pueden ser fuente de reflexión para otros bautizados.
Nota: Este artículo forma parte de una serie en la que el autor relata su experiencia de vida eremítica y su itinerario espiritual. Continuará.
Capítulo 1: Una casa en ruinas en los Monegros
Capítulo 2: Del mundo corruptor al desierto, para buscar a Dios… y ser tentado
Capítulo 3: Si son benedictinos y ermitaños, ¿por qué no la Camáldula?