Una de las cuestiones más desconocidas del largo pontificado de San Juan Pablo II fueron sus intentos por liberar la misa tradicional, por reconocer la plena libertad a los sacerdotes y fieles que la desearan.
Ya nos habíamos referido con anterioridad a la obra de Jean Madiran Historia de la Misa prohibida, y ésta va a ser la principal fuente en la que nos vamos a basar para tratar sobre el indulto emitido por Juan Pablo II en 1984, la comisión secreta que instituyó para investigar si la Misa tradicional había sido prohibida y su actitud general respecto a la Misa de siempre.
Narra Madiran que “durante los diez años que siguieron a la muerte de Pablo VI (1978-1988), la situación de la misa prohibida permaneció prácticamente sin cambios; (aunque) no sin peripecias: el enfrentamiento entre montinistas (progresistas partidarios de Pablo VI y de la nueva Misa) y refractarios (o tradicionalistas) parecía interminable, si bien sin ningún acontecimiento decisivo a pesar de la intensidad de las tensiones: los tradicionalistas, y principalmente la Fraternidad de San Pío X fundada por Monseñor Marcel Lefebvre, desarrollaron comunidades, fundaron escuelas y arraigaron sus organizaciones; todo ello sin dejar de ser una minoría y de sufrir marginación intra y extra eclesial, siempre despreciados y moralmente linchados por todos los medios audiovisuales. Por su parte, la revolución religiosa continúaba, según el «espíritu del Concilio», su destrucción de las ideas, las instituciones y las costumbres tradicionales, extasiándose con las maravillas de la «renovación» emprendida, que sin embargo se manifestaba sobre todo, en las diócesis, por la escasez de clérigos, la caída de las vocaciones, la desaparición del espíritu parroquial y de la realidad parroquial, la disminución galopante de la práctica religiosa, la desorientación de las ideas, el avance continuo del laxismo moral y la indiferencia espiritual.
La Congregación Romana del Culto, por orden de Juan Pablo II, lanzó en 1980 una comunicación pidiendo a todos los obispos de la Iglesia latina que abrieran una investigación sobre la posible persistencia de un apego a la celebración de la misa en latín y según el rito tradicional. El papa habría querido que esa encuesta hubiera permanecido en secreto, pero la revista presidida por Madiran en Francia, Itinéraires, la reveló en su número de septiembre-octubre de 1981.
2317 obispos diocesanos de rito latino recibieron una carta del cardenal Knox, prefecto de la Congregación del Culto, que les planteaba dos preguntas:
Primera pregunta:
- a) ¿Se celebran misas en latín en su diócesis?
- b) ¿Está aumentando o disminuyendo la demanda de misas en latín?
Segunda pregunta:
¿Hay en su diócesis personas o grupos que insisten en tener la misa en latín según el antiguo rito («misa tridentina»)?
¿Cuál es la consistencia de estos grupos?
¿Cuáles son sus motivaciones?
Siendo los obispos los encargados de responder a estas cuestiones, las respuestas estuvieron sistemáticamente sesgada por el hecho de que la casi totalidad de los mismos omitieron o incluso se negarán a escuchar a las personas y grupos que seguían apegados a la misa tradicional. Como si obedecieran una consigna del partido montinista, consideraron que la encuesta sólo concernía a los católicos que permanecían en su parroquia y en absoluto a los que la habían abandonado. De ahí la conclusión de la encuesta, que no reflejaba la realidad de las personas y comunidades apegadas a la Misa tradicional.
Los intentos de Juan Pablo II por liberar la misa tradicional, es decir, por reconocer la plena libertad a los sacerdotes y fieles que lo deseaban siguen siendo hasta hoy desconocidos en su mayor parte para el público y para el clero. El principal de estos intentos, el «indulto» concedido teóricamente por Quattuor Abhinc annos (1984), no tuvo ningún resultado efectivo, saboteado por los revolucionarios montinistas, subestimado o incomprendido por los contrarrevolucionarios. Estos últimos reprocharon con amargura a Juan Pablo II que haciera tan poco y tan mal por la misa, sin darse cuenta en ese momento de que ese «poco», que en efecto es prácticamente poco, siempre avanzaba a pequeños pasos en la misma dirección.
La carta Quattuor abhinc annos estaba dirigida por la Congregación Romana para el Culto Divino a los presidentes de las conferencias episcopales. Declaraba cumplir con un deseo personal del papa Juan Pablo II («ipse summus pontifex») y otorgaba a los obispos la facultad de permitir, a título de «indulto», celebraciones de la misa que hasta entonces estaban prohibidas: por eso se suele denominar «indulto para emplear el misal romano de 1962 según el criterio del obispo diocesano». El original de la carta estaba en latín, como todos los documentos eclesiales hasta un tiempo muy reciente, y decía:
«Excelentísimo Reverendísimo,
Hace cuatro años, por orden del papa Juan Pablo II, se invitó a los obispos de la Iglesia universal a realizar una encuesta: sobre la forma en que, en sus diócesis, los sacerdotes y fieles habían recibido el misal promulgado por el papa Pablo VI en virtud de las decisiones del Concilio Vaticano II; sobre las dificultades encontradas; sobre las resistencias que eventualmente hubo que superar». El resultado de esta encuesta se comunicó a todos los obispos (cf. «Notitiae», n. 185). Según sus respuestas, parecía haberse resuelto casi por completo el problema de los sacerdotes y fieles que seguían apegados al rito llamado «tridentino».
Pero como este problema persiste…».
Este comienzo – indica Madiran – lleva claramente la marca personal de Juan Pablo II: el Papa quiso señalar desde el principio («quattuor abhinc annos») que le habían engañado hacía cuatro años, o al menos que se equivocaron gravemente al afirmarle que la desaparición del latín y de la misa tradicional estaba a punto de completarse y ya no planteaba ningún problema; y, cuatro años después, ¡el problema persistía!).
«Pero, dado que el problema persiste, el soberano pontífice en persona, deseando mostrarse favorable a estos grupos, concede a los obispos de las diócesis la facultad de consentir, mediante indulto, que los sacerdotes y los fieles que lo soliciten expresamente a su obispo puedan celebrar la misa utilizando el misal romano en su edición oficial de 1962, pero…».
Con este «pero» termina la declaración de lo que Juan Pablo II decide «en persona», comenzando a partir de ahí la aplicación reglamentaria que prácticamente anulaba todo lo que se acababa de conceder. Las conferencias episcopales que se mantuvieron progresistas y el clan que Madiran denomina montinista, que siguió siendo el más numeroso y poderoso dentro de la Curia, lograron imponer «normas» radicalmente destructivas de lo concedido:
Quattuor abhinc annos decidía explícitamente conceder la misa tradicional a quienes la solicitasen. Hoy se ve más claramente que ésa era la idea de Juan Pablo II desde su elección en 1978.
Pero la oposición de los progresistas, que seguían – y siguen – constituyendo el núcleo dirigente de las conferencias episcopales, fue violenta y encarnizada. Juan Pablo II tenía en cuenta su existencia. Su intención, al parecer, era liberar la misa tradicional por pequeños pasos, en la medida en que consiguiera que el episcopado y la opinión pública la aceptasen poco a poco. Pero no fue más allá. Y por eso aceptó que las solicitudes de autorización se dirigiesen a los obispos, para que así se sumasen al movimiento: pero estos siguieron siendo, por el contrario, los que no la querían y los que sabrán hacer que no prosperase. En cuanto a los tradicionalistas, vieron sobre todo el hecho de que la misa tradicional quedaba así sometida a un régimen inapropiado de autorización previa.
La dificultad para el Papa era real; el obstáculo con el que se encontró era enormemente poderoso: cualquier medida a favor de la misa tradicional implicaba, de forma implícita pero inevitable, un grave desmentido y una evidente reprobación a los obispos que, desde 1969, habían repetido tantas veces que la misa latina, la misa tridentina, la misa antigua, estaba abolida, muerta. Lo habían dicho y repetido ad nauseam «en nombre» del Papa y del Concilio. En cuanto al Concilio y su documento Sacrosanctum Concilium, no era cierto, pero se había hecho funcionar en este sentido el «espíritu del Concilio», con Pablo VI a la cabeza. Porque el propio Montini, el Papa en persona, quiso, dijo e hizo que su nueva misa «sustituyera a la antigua» en todas partes. A inicios de los años 1980s, Pablo VI ya no estaba, pero la mayoría de los obispos prevaricadores, responsables del mismo abuso de poder que el suyo, seguían ahí, controlaban la jerarquía eclesiástica y tenían a su favor a la opinión pública, tanto católica como no, ya fuertemente movilizada contra la misa en nombre del antifascismo, de la lucha contra el racismo, contra el antisemitismo, contra la extrema derecha y contra la discriminación en todas sus formas. La misa antigua se presentaba como un retorno al oscurantismo de la Edad Media, a la intolerancia clerical, al desprecio de los derechos humanos. Todo ello, sólidamente amalgamado y, lamentablemente, como un «signo de los tiempos», ha sido muy ampliamente asumido por creyentes y no creyentes.
Juan Pablo II, sin embargo, y a pesar de los obstáculos, no cesó en su empeño de liberar la Mis tradicional, implicando a los obispos. Para ello había creado, antes de la promulgación de Quattuor abhinc annos, una comisión secreta dedicada a investigar si la Misa tradicional había llegado a ser prohibida o no (uno puede imaginar cuál había sido la confusión de los documentos emanados por Roma y sus traducciones a diversas lenguas vernáculas para que hubiera de crearse tal comisión). Entre 1982 y 1995, e incluso más allá, funcionó una comisión cardenalicia secreta que Juan Pablo II había instituido para estudiar el asunto de la misa prohibida, que logró pasar desapercibida a los medios de comunicación de masas.
La existencia de esta comisión secreta y sus conclusiones fueron reveladas, al parecer por primera vez, por Éric de Saventhem (fundador de Una Voce) en 1984, en su conferencia de Düsseldorf. Esta revelación pasó desapercibida o se consideró sin importancia en los grandes medios de comunicación y en los ambientes eclesiales. «Octubre de 1982» es la fecha que Éric de Saventhem reveló el 28 de octubre de 1984 como aquella en la que la (¿primera?) comisión cardenalicia secreta instituida por Juan Pablo II se pronunció a favor de la liberación completa de la misa tridentina.
El 23 de octubre de 1984, en una conferencia pronunciada en Düsseldorf, Éric de Saventhem afirmó que “desde la primavera de 1979, Juan Pablo II estaba decidido, tal y como nos confirma el cardenal Seper, a autorizar de nuevo la antigua misa, y el proyecto de la gran encíclica Dominicae cenae ya habría contenido la autorización general correspondiente.
Ante la firme oposición del cardenal Knox, prefecto de la Congregación para el Culto Divino, así como de la Secretaría de Estado, el Papa aceptó proceder por etapas:
Aceptó que se organizara una encuesta sobre la situación entre los obispos diocesanos. Éste fue el trasfondo de la poco gloriosa encuesta Knox de junio de 1980 (…). Aunque Roma no preguntó en absoluto a los obispos cuál era su posición respecto al restablecimiento del antiguo rito —junto al nuevo—, la Congregación para el Culto Divino concluyó audazmente, a partir de las respuestas recibidas, que el 98,68 % de los obispos diocesanos se oponían rotundamente a tal concesión.
En octubre de 1982, una comisión especial de cardenales llegó al consenso de que no había motivos para mantener la prohibición general de la misa antigua, «ni por razones jurídicas ni por razones teológicas» y, en diciembre del mismo año, el cardenal Ratzinger, por orden del Papa, escribió a monseñor Lefebvre que el Santo Padre había decidido autorizar de nuevo la misa antigua y ello «independientemente de su propio caso». Se mencionaron entonces dos condiciones: 1) que el uso del antiguo misal se hiciera «sin menospreciar» el nuevo y 2) que los domingos y días festivos, especialmente en las misas parroquiales, se observara el nuevo calendario».
Éric de Saventhem volvió a hablar de la comisión secreta cardenalicia en su carta de 1994 a monseñor Giovanni Battista Re. Sólo al año siguiente se empezó a hablar (un poco) en público de una conferencia en América del cardenal romano Stickler en la que daban detalles sobre la actividad de la comisión secreta en 1986. Pero el siglo XX terminó sin que se supiera nada más al respecto.
En vista de todo lo anterior, es importante tener presente que en los años ochenta existieron una o varias comisiones cardinalicias secretas que son un indicio del pensamiento de Juan Pablo II sobre la restauración de la Misa tradicional junto a la nueva Misa de Pablo VI. Pero también hay que recordar que los enfrentamientos de aquellos años se desarrollaron sin que la opinión pública supiera nada de ese secreto ni de la mayoría de los protagonistas.
La situación, vista en perspectiva, es lamentable e indignante: la misa tradicional estaba prohibida sin estarlo realmente. Porque tras Quattuor abhinc annos ya no estaba teóricamente prohibida, pero en casi todas partes, como si aún lo estuviera, se impedía de hecho, tanto como antes. Ya no estaba oficialmente prohibida: pero el hecho de que estuviera sujeta a un régimen de autorización previa, aunque fuera en condiciones draconianas, demostraba sin embargo que no había sido abolida, que seguía existiendo, que ya no era obligatorio universalmente «sustituir la antigua por la nueva», como había exigido Pablo VI y como nunca exigió Juan Pablo II.
En otras palabras, el 3 de octubre de 1983, la misa antigua pasó de un régimen de prohibición general a un régimen de autorización previa, que en la mayoría de los casos era denegada o viciada: se concedía sólo una vez cada quince días o cada mes, o sólo entre semana y siempre estaba prohibida los domingos.
El caso es que, en su extenso pontificado, e independientemente de su buena voluntad hacia los tradicionalistas y la Misa tradicional, Juan Pablo II tenía otras prioridades y comportamientos: él mismo, en materia de ritos y celebraciones, fue espontáneamente audaz, incluso imprudente. Cuando reunió en Asís a los representantes de todas las «religiones» para rezar por la paz mundial, dejó claro que no se trataba de «rezar juntos», sino más bien de «estar juntos para rezar». Como era de esperar, la gran mayoría de los fieles y del clero no captó la diferencia.
Hay que tener también en cuenta que, si bien la misa era, junto con el catecismo, una preocupación decisiva para los católicos tradicionalistas, refractarios a la «modernización» que entusiasmaba al clero y a su jerarquía, existían otras cuestiones que influían tanto o más en la mayoría de los comportamientos: la desorientación de las mentes se vio agravada en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II por una nueva forma de hablar del Concilio, que se impuso sin que Juan Pablo II hiciera nada para contrarrestarla.
Empezaron a designarse las prescripciones del Vaticano II como «lo que el Espíritu dice a la Iglesia», todo en eslóganes y argumentos marcados por una potente ambigüedad, portadora de una confusión intelectual de la que no es fácil salir, y que ha dado lugar a este razonamiento viciado de que si creemos que lo que decidió el Concilio Vaticano II es lo que el Espíritu Santo en persona quiso decirle a la Iglesia, entonces consideramos que el Concilio Vaticano II es infalible, aunque sin emplear esa palabra. Y entonces el Vaticano II tendría tanta autoridad como los concilios dogmáticos, pero de manera informal y sutilmente eficaz; ya no de manera explícita, sino práctica. Y si el Vaticano II discrepaba en algunos puntos con la Tradición católica, se deducía que el Espíritu Santo había venido a corregir la Tradición. Para simplificar, se concluyó que todo lo preconciliar había quedado obsoleto, con la única excepción de lo que el Vaticano II había retomado explícitamente. Ésta fue la situación de desorden creciente que vivió la Iglesia a partir de la finalización del Concilio Vaticano II y a lo largo de todo el pontificado de Juan Pablo II; un desorden sólidamente establecido y mantenido por un fuerte “partido montinista”, los obispos y cardenales progresistas que se consideraban llamados a seguir siendo dominantes en la Iglesia.
Estos no se habían inquietado mucho por la elección a la cátedra de Pedro del cardenal polaco Karol Wojtyla y pretendieron continuar con su impulso de prohibir sin piedad la misa tradicional. Sin embargo, como se ha visto, esta prohibición estricta no formaba parte de las convicciones de Juan Pablo II. Aunque tampoco, como se ha visto, formaba parte de sus prioridades. Pero sí tenía una solución, como hemos visto: dejar celebrar la misa tradicional a todos aquellos que lo deseasen. Su decisión en este sentido ya estaba tomada en 1978, pero habría que esperar veintinueve años para que su solución fuera finalmente decretada en 2007 por su sucesor, Benedicto XVI.
¿Por qué esta gran anomalía? Porque la jerarquía progresista fue a lo largo de estas décadas lo suficientemente fuerte y hábil como para lograr un bloqueo tan prolongado, mediante presiones, amenazas, desinformación, intimidaciones y sabotajes.
En este sentido, cabe concluir con la reflexión de que el pontificado de Benedicto XVI y la promulgación de Summorum Pontificum fueron una gracia extraordinaria que hizo el Señor a Su Iglesia del siglo XXI. Casi veinte años después, y con el terrorífico pontificado de Bergoglio de por medio, el partido montinista, aun anciano, trasnochado y a contracorriente de las nuevas generaciones de bautizados, está dispuesto a morir matando.
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