El jesuita alemán Jörg Alt, conocido durante los últimos años por sus protestas climáticas, sus bloqueos junto a la llamada Última Generación y su paso por prisión, ha cambiado de escenario. Desde hace unos meses ejerce como párroco en St. Blasien, una pequeña localidad de la Selva Negra alemana, donde se ha encontrado con una realidad bastante distinta a la que ocupó buena parte de su actividad pública: una comunidad envejecida, prácticamente sin niños y con fieles que confiesan encontrar aburrida la Misa.
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En una entrevista concedida a Katholisch.de, Alt relata ese cambio de rumbo y reconoce además el desencanto que le ha dejado su activismo climático. Tras décadas de libros, peticiones, campañas y acciones de desobediencia civil, admite que aquellas estrategias apenas han conseguido los resultados que esperaba.
«He intentado realmente todo lo que se podía intentar», asegura el jesuita, de 65 años. Su conclusión es que no tiene sentido continuar indefinidamente con métodos que, a su juicio, ya no funcionan.
La cárcel como punto de inflexión
La posibilidad de regresar a la vida parroquial surgió precisamente durante su estancia en prisión.
Alt cuenta que su provincial jesuita acudió a visitarlo y le explicó que en St. Blasien necesitaban cubrir temporalmente la ausencia del párroco. El religioso conocía bien la localidad, situada en el estado alemán de Baden-Wurtemberg, porque acostumbraba a pasar allí sus vacaciones de verano, y aceptó la propuesta.
Lo que comenzó como una sustitución provisional terminó convirtiéndose en un destino más estable. Actualmente dedica media jornada a la parroquia y la otra mitad a la preparación de un nuevo libro.
El cambio no significa que Alt haya abandonado sus convicciones políticas y medioambientales. Continúa defendiendo sus posiciones sobre el clima y mantiene una visión muy crítica de los gobiernos y del sistema económico. Lo que sí reconoce es un considerable agotamiento después de años de activismo.
Una parroquia con un solo niño para la Primera Comunión
El jesuita reconoce que quedó «horrorizado» al comprobar el envejecimiento de la comunidad de St. Blasien. Cuando llegó, había un solo niño preparándose para la Primera Comunión, un único alumno en clase de Religión y apenas dos monaguillos. La Confirmación ni siquiera había logrado inscritos.
«Pensé: esto no puede ser verdad», recuerda.
Desde entonces, asegura haber conseguido aumentar hasta once el número de monaguillos y ha colocado la pastoral infantil y juvenil entre sus principales prioridades.
El dato resulta especialmente significativo en el contexto de su propia trayectoria. Después de cuarenta años en los que los asuntos sociales y políticos ocuparon un lugar central en su actividad, Alt vuelve a encontrarse con uno de los problemas más básicos de cualquier parroquia: cómo transmitir la fe cuando prácticamente no quedan niños que la reciban.
Explicar de nuevo qué significa la Misa
Otro de los proyectos que ha iniciado en St. Blasien es una serie de predicaciones dedicada a explicar la Santa Misa.
El propio jesuita reconoce que muchos feligreses consideran aburrida la liturgia católica y piden «hacer algo diferente». Su respuesta ante las peticiones es que la Misa «pertenece a nuestra identidad» y que resulta necesario explicar cómo surgió la celebración y qué significan sus distintos elementos.
Al preparar esas catequesis, el sacerdote reconoce haberse sorprendido por la cantidad de cosas que él mismo desconocía. Cita como ejemplo la segunda plegaria eucarística, que afirma haber redescubierto al estudiar su origen y sus elementos. Reconoce que era una parte de la celebración que podía recitarse rápidamente por haberla escuchado innumerables veces y que su preparación le permitió acceder de nuevo a su significado.
«No puedo predicar siempre sobre el clima»
El jesuita no ha abandonado por completo su antigua agenda.
Cuando le preguntan por su serie de predicaciones sobre la liturgia, responde entre risas: «No puedo predicar siempre sobre el clima. Ya lo hago bastante».
La frase resume de forma involuntaria buena parte de su recorrido.
Alt ingresó en la Compañía de Jesús después de haber descubierto su vocación precisamente en la vida parroquial, primero como monaguillo y posteriormente como responsable scout. Él mismo asegura que ser párroco siempre fue su «trabajo soñado».
Sin embargo, tras hacerse jesuita se incorporaron a su trayectoria «las cuestiones sociales y políticas», ámbitos en los que ha trabajado durante aproximadamente cuarenta años.
Del activismo al altar
El recorrido de Jörg Alt deja un contraste difícil de ignorar. Después de años de activismo climático, bloqueos y campañas políticas que, ahora admite, son estrategias que «no sirven de nada», vuelve a una parroquia donde apenas hay niños y muchos fieles no comprenden el significado de la Misa. Tras décadas mirando hacia las «grandes causas» del mundo, St. Blasien le ha devuelto al centro de la vida sacerdotal.