El obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), Athanasius Schneider, reivindicó la liturgia tradicional como expresión privilegiada de la transmisión de la fe durante una homilía pronunciada este 2 de agosto en la iglesia del Sagrado Corazón de Limerick (Irlanda), con motivo de su visita al Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote.
A lo largo de su predicación, el prelado sostuvo que desde sus orígenes la Iglesia ha permanecido «firmemente comprometida» con la fidelidad a la Sagrada Tradición, tanto en el ámbito doctrinal como en el litúrgico. En ese contexto recordó la conocida expresión atribuida al papa san Esteban I:
«Que no se innove nada que no haya sido transmitido».
La liturgia, expresión de la Tradición de la Iglesia
Schneider afirmó que el culto público de la Iglesia posee un carácter esencialmente tradicional, ya que debe celebrarse «según las normas establecidas por la autoridad divina y transmitidas por los antepasados».
Apoyándose en san Vicente de Lérins, recordó que «la verdadera piedad no admite otra regla que transmitir fielmente a nuestros hijos aquello que hemos recibido fielmente de nuestros padres» y añadió que corresponde a los cristianos «preservar y conservar lo que hemos recibido de quienes nos precedieron».
El obispo insistió en que ese principio ha guiado la vida de la Iglesia a lo largo de los siglos. «La antigüedad se conservaba; la novedad se rechazaba. Esta es la regla apostólica», afirmó.
Citando al benedictino Dom Prosper Guéranger, Schneider subrayó que «la liturgia es la Tradición en su forma más poderosa y solemne», una idea que relacionó con la misión de la Iglesia de custodiar y transmitir íntegramente el depósito de la fe.
«Preservar la liturgia tradicional es preservar el depósito de la fe»
Durante su homilía, el obispo recordó también una enseñanza de Pío XI, quien afirmaba que los fieles reciben la doctrina de la Iglesia con mayor eficacia mediante la celebración de los misterios litúrgicos que únicamente a través de los documentos del Magisterio, ya que la liturgia habla no solo a la inteligencia, sino también al corazón.
En esa línea, defendió que la belleza de la liturgia forma parte de la transmisión de la fe y rechazó la idea de que constituya un elemento secundario o meramente estético.
«Quienes sostienen que la Iglesia no es un museo y que el hombre verdaderamente piadoso debe ser indiferente a estos aspectos solo muestran su ceguera ante el importante papel que desempeña una expresión adecuada y bella», afirmó.
Schneider añadió que «la historia ha demostrado mil veces que no hay nada más peligroso para una religión, nada más capaz de provocar descontento, incertidumbre, división y apostasía que interferir en la liturgia y, por tanto, en la sensibilidad religiosa».
Por ello, sostuvo que «preservar el precioso tesoro de la liturgia tradicional forma parte de preservar el depositum fidei», evocando la exhortación de san Pablo a Timoteo de custodiar fielmente el depósito de la fe.
En pleno debate sobre la misa tradicional
En los últimos meses, Schneider ha defendido públicamente la conveniencia de encontrar una solución estable para los fieles vinculados a la misa tradicional. Tras su audiencia privada con León XIV el pasado diciembre, explicó que había propuesto al Pontífice la publicación de un documento que regularizara la situación de la liturgia anterior a la reforma posconciliar, con el objetivo de favorecer «la justicia y la paz en la Iglesia».
Recientemente fue el prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, el cardenal Arthur Roche, quien aseguró que León XIV no iba a derogar ni modificar Traditionis Custodes, sin embargo, la Santa Sede no ha anunciado modificaciones —por medio de un comunicado oficial— al motu proprio promulgado por Francisco en 2021.
A continuación reproducimos la homilía pronunciada por monseñor Athanasius Schneider en la iglesia del Sagrado Corazón de Limerick.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Queridos hermanos y hermanas:
Desde sus comienzos, la Iglesia católica ha permanecido firmemente comprometida a conservar y transmitir, en toda su vida, tanto doctrinal como litúrgicamente, su fidelidad a la Sagrada Tradición. Se hizo célebre la frase del papa san Esteban I, que gobernó la Iglesia entre los años 254 y 257: «Que no se innove nada que no haya sido transmitido».
El culto público es, por su propia naturaleza, tradicional. Es decir, debe celebrarse según las normas establecidas por la autoridad divina y transmitidas por nuestros antepasados. La Iglesia de los primeros siglos consideraba su liturgia como una continuación de la liturgia divinamente ordenada del Antiguo Testamento. Compartía con ella sus rasgos esenciales: el profundo sentido de reverencia, el silencio, el velo que custodia el misterio de la realidad divina, la separación del santuario y del Santo de los Santos respecto del pueblo, una liturgia jerárquicamente ordenada y la valoración del significado simbólico de los gestos y de los objetos sagrados.
San Vicente de Lérins, Padre de la Iglesia del siglo V, formuló un principio que aplicó a una controversia relacionada con el rebautismo y que también afecta a las leyes del culto divino. Decía:
«La verdadera piedad no admite otra regla que transmitir fielmente a nuestros hijos aquello que hemos recibido fielmente de nuestros padres. Nuestro deber no es llevar la religión donde nosotros queramos, sino seguirla allí donde ella nos conduce. La modestia cristiana consiste no en transmitir nuestras propias opiniones o prácticas a quienes vendrán después de nosotros, sino en conservar y guardar lo que hemos recibido de quienes nos precedieron».
La antigüedad se conservaba; la novedad se rechazaba. Esa ha sido la regla de todos los siglos. La antigüedad se conservaba; la novedad se rechazaba. Esta es la regla apostólica.
Dom Prosper Guéranger afirmó: «La liturgia es la Tradición en su forma más poderosa y solemne».
El papa Pío XI dejó esta memorable enseñanza:
«Los fieles son instruidos en las verdades de la fe y llegan a apreciar las alegrías interiores de la religión mucho más eficazmente mediante la celebración anual de los sagrados misterios que únicamente mediante las declaraciones oficiales del Magisterio. Estas suelen llegar a pocos y a los más instruidos; las fiestas llegan a todos. Las primeras hablan una vez; las segundas hablan cada año, de hecho, para siempre. La enseñanza de la Iglesia afecta principalmente a la inteligencia; las fiestas afectan a la inteligencia y al corazón y ejercen una influencia saludable sobre toda la persona. El hombre está compuesto de cuerpo y alma, y necesita estas celebraciones externas para que los ritos sagrados, con toda su belleza y variedad, lo impulsen a beber más profundamente de la fuente de la doctrina de Dios y a incorporarla a su propia vida espiritual».
Dom Prosper Guéranger decía también:
«Todo hereje o sectario que desea introducir una nueva doctrina se encuentra inevitablemente frente a la liturgia tradicional, porque la liturgia es tradición, y la tradición más fuerte y mejor».
Qué equivocado está quien considera la belleza de la Iglesia y de la liturgia como algo que pudiera distraernos del verdadero contenido de los misterios litúrgicos para conducirnos hacia algo superficial. Quienes proclaman que la Iglesia no es un museo y que el hombre verdaderamente piadoso es indiferente a estos aspectos accidentales solo muestran su ceguera ante el gran papel que desempeña una expresión bella y adecuada. Olvidan que la auténtica belleza contiene un mensaje específico de Dios que eleva nuestras almas. Como decía Platón: «Ante la belleza, a nuestras almas les brotan alas».
La historia ha demostrado mil veces que no hay nada más peligroso para una religión, nada más capaz de provocar descontento, incertidumbre, división y apostasía que interferir en la liturgia y, por tanto, en la sensibilidad religiosa.
Preservar el precioso tesoro de la liturgia tradicional forma parte de preservar el depositum fidei.
El apóstol san Pablo exhortó a Timoteo: «Guarda el depósito que te ha sido confiado». San Vicente de Lérins interpretó esa exhortación también en una dimensión litúrgica al preguntarse: «¿Quién es hoy ese Timoteo, sino la Iglesia entera y, de modo especial, quienes la gobiernan, llamados a conservar íntegro el conocimiento del culto de Dios y transmitirlo a los demás?».
Sí, la liturgia es la Tradición en su forma más poderosa y solemne.
Solo la Iglesia católica puede decir: «Os transmití lo que yo mismo recibí del Señor».
Todo verdadero católico debería poder decir:
«Amo la belleza de la casa del Señor. Amo la belleza y la integridad de la fe católica inmutable. Amo la belleza de la santa Tradición, la belleza de la tradición litúrgica de la Iglesia. Amo la belleza y la verdad de la fe, de la Santa Misa y de la vida santa de todos los siglos y de todos los santos».
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.