Burke llama a defender el matrimonio y la familia «hasta el martirio», a dos meses de la reunión sobre Amoris laetitia

Burke llama a defender el matrimonio y la familia «hasta el martirio», a dos meses de la reunión sobre Amoris laetitia

A poco más de dos meses de la reunión convocada por León XIV para reflexionar sobre los diez años de la exhortación apostólica Amoris laetitia, el cardenal Raymond Leo Burke ha lanzado un llamamiento a los católicos para que estén preparados a defender el matrimonio y la familia incluso al precio del martirio.

El purpurado estadounidense realizó esta exhortación durante la homilía de la fiesta de Santiago Apóstol en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en Wisconsin, donde presentó al Apóstol como ejemplo de fidelidad hasta el martirio y propuso ese mismo espíritu para quienes viven la vocación matrimonial.

«Estemos preparados para el martirio»

Inspirándose en la figura de Santiago el Mayor, Burke animó a los fieles a renovar su compromiso con el sacramento del matrimonio y con la familia cristiana.

«Inspirados por el ejemplo de Santiago el Mayor y ayudados por su intercesión, decidámonos a asumir con nuevo entusiasmo y nuevas energías las prácticas espirituales por las que nuestros corazones permanezcan plenamente en el Corazón de Jesús para la transformación del mundo mediante el sacramento del santo matrimonio y su fruto incomparable, la familia», afirmó.

A continuación, el cardenal pidió a los católicos estar dispuestos a dar testimonio de la verdad del matrimonio incluso en un contexto de creciente hostilidad hacia la fe.

«Estemos preparados para el martirio, si no el martirio rojo de la sangre, al menos el martirio blanco del testimonio fiel a Nuestro Señor frente a la indiferencia, la burla y la persecución», señaló.

Burke explicó además que el ejemplo de Santiago enseña a los cristianos a tener «una sola preocupación»: «servir a nuestro Señor con un amor fiel y perseverante, confiando en su victoria sobre el pecado y la muerte, incluso si ese servicio exige morir por amor a Él».

El matrimonio, camino de perfección cristiana

Una parte importante de la homilía estuvo dedicada a la doctrina de san Juan Pablo II sobre el matrimonio. Burke recordó las reflexiones que Karol Wojtyła escribió antes de ser elegido Papa y subrayó que la gracia sacramental del matrimonio constituye un auténtico camino de santidad.

«La gracia del santo matrimonio no es un ideal al que solo unos pocos puedan aspirar, sino una realidad objetiva, un don sobrenatural, que lleva al hombre y a la mujer a buscar la salvación eterna del otro por el camino del amor divino», afirmó.

Citando al entonces obispo Karol Wojtyła, recordó igualmente que «la perfección cristiana consiste en el amor. El amor es también el fundamento moral del matrimonio. Por eso, el matrimonio abre la posibilidad de la perfección cristiana».

Burke concluyó esta reflexión señalando que «todas nuestras preguntas sobre el matrimonio deben plantearse al nivel del Sacrificio Eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo, al nivel de la perfección del amor divino», presentando la Eucaristía como la fuente que sostiene la fidelidad de los esposos.

Una preocupación compartida por el cardenal Zen

Las palabras de Burke llegan pocos días después de que el cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, reclamara también que la protección de la familia se convierta en «la misión principal» de la acción pastoral de la Iglesia.

Zen advertía de que el debilitamiento de la institución familiar y el abandono de la defensa de la vida constituyen algunos de los mayores desafíos que afronta actualmente la evangelización.

La reunión convocada por León XIV

Las intervenciones de ambos cardenales se producen en vísperas de la reunión que León XIV ha convocado en el Vaticano del 7 al 14 de octubre con los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo para reflexionar sobre la aplicación de Amoris laetitia diez años después de su publicación.

La Santa Sede ha precisado que no se trata de un sínodo, sino de un encuentro de carácter consultivo destinado a estudiar cómo anunciar el Evangelio a las familias en el contexto actual y conocer la realidad pastoral de las distintas Iglesias particulares.

Al anunciar la convocatoria el pasado mes de marzo, León XIV explicó que el objetivo será discernir cómo «proclamar el Evangelio a las familias hoy, a la luz de Amoris laetitia».

Un debate que nunca llegó a cerrarse

La exhortación apostólica Amoris laetitia, promulgada por el papa Francisco en 2016 tras los sínodos sobre la familia, dio lugar a uno de los debates doctrinales más intensos de los últimos pontificados, especialmente por la cuestión del acceso a la comunión de algunos divorciados vueltos a casar civilmente.

Ese mismo año, los cardenales Raymond Burke, Walter Brandmüller, Carlo Caffarra y Joachim Meisner dirigieron al Papa los conocidos dubia, solicitando aclaraciones sobre diversos pasajes del documento. Aquellas preguntas nunca recibieron una respuesta directa.

Posteriormente, Francisco confirmó como interpretación auténtica de Amoris laetitia las directrices pastorales de los obispos de la región de Buenos Aires, que contemplaban, en determinados casos, el acceso a los sacramentos para divorciados vueltos a casar civilmente. En 2023, una respuesta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe al cardenal Dominik Duka reiteró que esa interpretación forma parte del magisterio auténtico al haber sido publicada en las Acta Apostolicae Sedis.

En este contexto, las palabras de Burke adquieren una relevancia particular. El cardenal estadounidense es, junto con Walter Brandmüller, el único superviviente de los cuatro firmantes de los dubia de 2016 y vuelve a insistir en la necesidad de defender con firmeza la doctrina católica sobre el matrimonio precisamente cuando la Iglesia se prepara para volver a reflexionar sobre la exhortación apostólica de Francisco.

Una preocupación compartida por el cardenal Zen

Las palabras de Burke llegan pocos días después de que el cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, reclamara también que la protección de la familia se convierta en «la misión principal» de la acción pastoral de la Iglesia.

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Zen advertía de que el debilitamiento de la institución familiar y el abandono de la defensa de la vida constituyen algunos de los mayores desafíos que afronta actualmente la evangelización.

La reunión convocada por León XIV

Las intervenciones de ambos cardenales se producen en vísperas de la reunión que León XIV ha convocado en el Vaticano del 7 al 14 de octubre con los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo para reflexionar sobre la aplicación de Amoris laetitia diez años después de su publicación.

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La Santa Sede ha precisado que no se trata de un sínodo, sino de un encuentro de carácter consultivo destinado a estudiar cómo anunciar el Evangelio a las familias en el contexto actual y conocer la realidad pastoral de las distintas Iglesias particulares.

Al anunciar la convocatoria, León XIV explicó que el objetivo será discernir cómo «proclamar el Evangelio a las familias hoy, a la luz de Amoris laetitia».

Un debate que nunca llegó a cerrarse

La exhortación apostólica Amoris laetitia, promulgada por el papa Francisco en 2016 tras los sínodos sobre la familia, dio lugar a uno de los debates doctrinales más intensos de los últimos pontificados, especialmente por la posibilidad de que algunos divorciados vueltos a casar civilmente pudieran acceder a la comunión.

Ese mismo año, los cardenales Raymond Burke, Walter Brandmüller, Carlo Caffarra y Joachim Meisner dirigieron al Papa los conocidos dubia, solicitando aclaraciones sobre diversos pasajes del documento. Aquellas preguntas nunca recibieron una respuesta directa.

Posteriormente, Francisco confirmó como interpretación auténtica de Amoris laetitia las directrices pastorales de los obispos de la región de Buenos Aires, que contemplaban, en determinados casos, el acceso a los sacramentos para divorciados vueltos a casar civilmente. En 2023, una respuesta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe al cardenal Dominik Duka reiteró que esa interpretación forma parte del magisterio auténtico al haber sido publicada en las Acta Apostolicae Sedis.

El cardenal Burke es, junto con Walter Brandmüller, el único superviviente de los cuatro firmantes de los dubia de 2016 y vuelve a insistir en la necesidad de defender con firmeza la doctrina católica sobre el matrimonio precisamente cuando la Iglesia se prepara para volver a reflexionar sobre la exhortación apostólica de Francisco.

 

A continuación la homilía completa de Mons. Burke:

 

La perfección del amor conyugal

25 de julio de 2026
Fiesta de Santiago Apóstol – Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe
La Crosse, Wisconsin

2 Cor 4, 7-15 / Sal 126, 1bc-2ab. 2cd-3. 4-5. 6. / Mt 20, 20-28

 

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

El apóstol Santiago el Mayor, junto con san Juan, el discípulo amado, su hermano de sangre, y san Pedro, príncipe de los Apóstoles, gozaron del favor especial de Nuestro Señor. Nuestro Señor los eligió para ser testigos de su Transfiguración en el monte Tabor y para acompañarlo en su agonía en el huerto de Getsemaní antes de su cruel Pasión y Muerte. Santiago el Mayor tuvo también el privilegio de ser el primero de los Apóstoles en sufrir el martirio, cumpliendo así su misión apostólica con un amor fiel y perseverante hacia su Maestro. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que el rey Herodes Agripa I «hizo morir por la espada a Santiago, hermano de Juan».

Herodes Agripa, pensando agradar al pueblo judío y librarse para siempre de la molestia que suponían la predicación y el ministerio apostólico de Santiago el Mayor, lo hizo ejecutar. Sin embargo, Santiago continúa su ministerio apostólico desde el lugar de gloria donde está con su Maestro, intercediendo por el rebaño. Su sepulcro, en la catedral de Santiago de Compostela, sigue siendo uno de los mayores lugares santos de peregrinación para los cristianos. Vemos en la vida de Santiago la verdad anunciada por san Pablo acerca de su propio ministerio apostólico:

Porque mientras vivimos, continuamente somos entregados a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros.

Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos, y por eso hablamos, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos llevará con vosotros a su presencia. Pues todo es por vosotros, para que la gracia, al extenderse a un número cada vez mayor de personas, haga abundar la acción de gracias para gloria de Dios.

De hecho, ocho siglos después del enterramiento de Santiago, su tumba en la gran catedral de Santiago de Compostela fue testigo de su poderosa intervención contra el avance de los bárbaros arrianos y, posteriormente, de los musulmanes contra la España cristiana. Su santuario sigue siendo un poderoso lugar de peregrinación para invocar su intercesión en la lucha contra las poderosas fuerzas contemporáneas del secularismo, la apostasía, la herejía y la persecución islámica de los cristianos.

Pero Santiago tuvo que pasar por una purificación para entregar su corazón cada vez más perfectamente al Corazón gloriosamente traspasado de Jesús en el ejercicio del ministerio apostólico. El Evangelio nos relata cómo su madre buscó para sus hijos, Juan y Santiago, honores y poder terrenos. Ellos compartían claramente el deseo expresado por su madre. Escuchemos la reflexión de un comentarista sobre este episodio de la vida de Santiago el Mayor:

Los dos hijos de Zebedeo hablaron por boca de su madre, además de hacerlo por sí mismos; pero Cristo dirigió su respuesta a ellos, diciéndoles que no sabían lo que pedían, porque en su Reino las dignidades no se alcanzan por los atrevidos y ambiciosos, sino por los más humildes, los más laboriosos y los más pacientes… Nuestro Señor les dijo que, ciertamente, tendrían su parte en el sufrimiento; pero no podía distribuir los honores de su Reino de otra manera que según la medida de la caridad y de la paciencia de cada uno en el sufrimiento: «El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos».

Santiago aprendió claramente la corrección salvadora de su ambición y, desde entonces, orientó toda su energía según la mente y el Corazón de su Maestro. Llegó a ser un colaborador muy venerado de Nuestro Señor, llevando fielmente desde el Corazón gloriosamente traspasado de Cristo las gracias de la verdad y del amor para la salvación de muchas almas. Se volvió ambicioso, ya no por sí mismo, sino únicamente por Nuestro Señor.

Santiago el Mayor es para nosotros un gran maestro e intercesor en el seguimiento de Cristo según nuestra vocación, utilizando los dones con los que Dios nos ha enriquecido para amar como Cristo ama. Nosotros, como Santiago, necesitamos purificación. También nosotros debemos recorrer cada día el camino de la perfección semejante a la de Cristo, confiando en la gracia derramada en nuestros corazones desde el Corazón gloriosamente traspasado de Jesús, recordando sus palabras en el Sermón de la Montaña: «Vosotros, pues, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Con demasiada frecuencia buscamos reconocimiento y admiración por el bien que hacemos. Queremos asegurarnos de que todos sepan cuánto sacrificamos y cuánto trabajamos. Con demasiada frecuencia caemos en la autocompasión y el desaliento ante los desafíos que presenta a nuestra vocación una cultura marcada por un secularismo generalizado. Santiago nos enseña que debemos tener una sola preocupación: servir a nuestro Maestro con un amor fiel y perseverante, y confiar en su victoria sobre el pecado y la muerte, en su victoria de la vida eterna, incluso si nuestro servicio exige dar la vida por amor a Él. Con san Pablo, nos entregamos a la muerte «por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal», atrayendo así a muchas almas para que conozcan, amen y sirvan a Nuestro Señor. Somos verdaderamente felices cuando morimos más plenamente al propio yo y al pecado, para que otros vivan de manera más plena y perfecta en Cristo.

Así fue como san Juan Pablo II desarrolló La Regla para los matrimonios, la medida por la cual quienes están llamados a la vida matrimonial deben buscar la perfección del amor que se prometieron mutuamente el día de su boda, el camino por el que han de responder a la gracia celestial conferida por el sacramento del Matrimonio. En sus «Reflexiones sobre el matrimonio», el entonces padre Wojtyła nos enseña:

El sacramento, como signo eficaz de la gracia, crea en la naturaleza fuerzas sobrenaturales, fuerzas que hacen posible la plena vida del ser humano, es decir, una vida conforme a los planes y designios del Creador para la humanidad. Estas fuerzas hacen posible esa vida para la persona humana, pero no la realizan por sí mismas. Es necesario, por tanto, extraer de ellas todo lo que encierran y aplicarlo a la vida personal. Esta es ya la tarea del hombre, o de las personas que, mediante el sacramento, entran en la órbita de la gracia.

La alianza matrimonial y la vida conyugal, a las que la naturaleza orienta al hombre y a la mujer, participan, por medio del sacramento del Santo Matrimonio, en la victoria sobre el pecado que Cristo obtuvo para nosotros en la Cruz.

La gracia del Santo Matrimonio no es un ideal al que solo unos pocos llegan, sino una realidad objetiva, un don sobrenatural que lleva al hombre y a la mujer a buscar la salvación eterna del otro por el camino del amor divino. En el texto que acompaña a La Regla, titulado «El amor es el fundamento moral del matrimonio», el entonces obispo Karol Wojtyła escribió:

Debemos reconocer claramente que la gracia sacramental del matrimonio no es simplemente una teoría, sino un verdadero don del que los esposos pueden y deben construir una cierta perfección cristiana propia de su vocación y de la totalidad multiforme que constituye su vida conyugal…

La perfección cristiana consiste en el amor. El amor es también el fundamento moral del matrimonio. Por ello, el matrimonio abre la posibilidad de la perfección cristiana…

El hombre moderno se encuentra con frecuencia ante este desafío fundamental: me impones una carga insoportable y, al mismo tiempo, la comparas con ese «estado de perfección» en el que, quién sabe, quizá sea más fácil vivir… Ante todo, esto plantea la cuestión de si toda nuestra manera de pensar sobre el matrimonio no es «demasiado baja», al tiempo que le exigimos tanto. Quizá sea mejor plantear toda la cuestión en un nivel mucho más elevado…

El Santo Sacrificio de la Misa, Pan celestial de nuestra peregrinación terrena, por el que Nuestro Señor renueva su sacrificio del Calvario y en el que unimos nuestros corazones al suyo, gloriosamente traspasado, del modo más perfecto posible en esta tierra, constituye ese nivel superior de amor puro y desinteresado que sostiene la vida matrimonial. Todas nuestras cuestiones sobre el matrimonio deben plantearse en el nivel del Sacrificio Eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo, en el nivel de la perfección del amor divino.

Inspirados por el ejemplo de Santiago el Mayor y ayudados por su intercesión, resolvamos retomar con nuevo entusiasmo y nuevas energías las prácticas espirituales por las cuales nuestros corazones permanecen plena y firmemente en el Corazón de Jesús para la transformación del mundo mediante el sacramento del Santo Matrimonio y su fruto incomparable: la familia. Estemos preparados para el martirio, si no el martirio rojo de la sangre, ciertamente el martirio blanco del testimonio fiel a Nuestro Señor frente a la indiferencia, la burla y la persecución.

Acercándonos al Inmaculado Corazón de María, Nuestra Señora de Guadalupe, la Virgen Madre de Dios, entreguemos nuestros corazones a Nuestro Señor en su Sacrificio Eucarístico. Preparémonos para recibir el fruto incomparable de su Sacrificio: su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Que en el Corazón Eucarístico de Jesús nuestros corazones sean purificados de todo pecado e inflamados por su amor puro y desinteresado. Así podremos vivir «siempre entregados a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal».

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Cardenal Raymond Leo BURKE

 

 

Fuentes: The Catholic Herald / Homilía Mons. Burke (25 de julio de 2026)

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