Sin dubitar

Sin dubitar
Foto: Archidiócesis de Madrid

El otro día, la cuenta de la archidiócesis de Madrid le talló al cardenal Cobo su frase para la posteridad, dicha donde los jesuitas y a propósito del fundador:

«Ignacio nos enseña que las decisiones que cambian una vida no se improvisan».

La leí despacio, como se lee lo que viene de un príncipe de la Iglesia, y comprobé que era una de esas frases con todos los accidentes de la doctrina y ninguna sustancia debajo, aristotélicamente hablando.

Sonaba a santo y olía a máxima, pero alimentaba lo que alimenta un caldo de sobre, y se podía predicar de Ignacio, de Teresa, de un plan de pensiones o del fichaje de un delantero centro sin que el departamento jurídico de nadie pusiera una pega. El community manager la subió con su emoticono de periódico, tan contento.

Lo grave no era el vacío, que al vacío ya estamos hechos. Lo grave era el estrago que la frase le hacía al santo invocado, porque Ignacio dejó escrito exactamente lo contrario, y no en un borrador, sino en los Ejercicios Espirituales, número 175, donde enumera los tiempos para hacer elección y coloca el primero, por delante de todo método, el momento en que Dios mueve y atrae la voluntad de manera que el alma, «sin dubitar ni poder dubitar», sigue lo que se le muestra, «así como san Pablo y san Mateo lo hicieron».

El discernimiento célebre, las reglas, las mociones, todo ese instrumental que tanto curso de fin de semana ha dado de comer, queda para los tiempos segundo y tercero, es decir, para cuando Dios habla más bajo. En la escuela del propio Ignacio, el caso perfecto es la decisión fulminante.

La pedagogía de los santos

Conviene repasar los ejemplos que eligió el santo.

Saulo salió hacia Damasco con la decisión más planificada de su vida, cartas del sumo sacerdote incluidas, y la decisión que le cambió la vida se la tomaron a medio camino, entre una luz y una caída (lo del caballo lo puso Caravaggio). Tres días ciego y sin comer: ese fue todo su proceso.

A Mateo el Evangelio le despacha la conversión en versículo y medio: estaba sentado al telonio, oyó «Sígueme», se levantó y le siguió, y el evangelista no registra que pidiera un fin de semana para pensarlo ni que consultara con su director espiritual.

Pedro y Andrés dejaron las redes al instante, dice el texto, y las redes eran su plan de pensiones.

El Espíritu, ya se lo advirtió Cristo a Nicodemo, sopla donde quiere y no pide cita.

La gracia no espera turno

Se me dirá que la frase, bien peinada, solo recomienda seriedad ante las decisiones, y se me dirá bien, pero eso también lo recomienda un notario.

Si significa algo más, significa una teología en la que el protagonista de la conversión es el converso, con su agenda, su proceso y su cuadro de mandos, y la gracia llega al final a firmar lo acordado.

Esa doctrina tiene nombre desde antiguo. Un concilio la despachó en Orange, en el año 529, definiendo que hasta el primer amago de fe viene de la gracia y no del esfuerzo del interesado. Y Trento remachó que Dios nos previene sin mérito nuestro que lo anteceda.

Preveniente quiere decir que llega antes, sin reunión previa y sin respetar el calendario editorial.

Las vidas de los santos son un archivo de improvisaciones divinas, de balas de cañón, zarzas ardiendo y voces en un huerto de Milán. Y a ese archivo lo llamamos historia de la salvación.

Lo que cambia una vida

Hay, eso sí, decisiones que no se improvisan, y la prueba la dio el propio tuit.

Aquella frase pasó por una homilía, un resumen, un borrador, una aprobación y un calendario editorial antes de salir al mundo con su emoticono, y en todo el trayecto nadie la detuvo, que es lo que ocurre cuando el método sustituye al contenido en lugar de servirlo.

El cardenal tiene razón sin querer: lo que no cambia ninguna vida se planifica muchísimo. Lo que la cambia lo improvisa Dios, casi siempre sin avisar al gabinete, y la única enseñanza segura de san Ignacio es que conviene estar en casa cuando llame. Saulo no estaba y lo tiraron al suelo igual.

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