En tres días, dos publicaciones han lanzado un mismo mensaje: que la línea restrictiva sobre la Misa tradicional no es del cardenal Roche, sino del Papa. El 29 de julio, The Tablet publicaba una entrevista en la que el todavía prefecto del Dicasterio para el Culto Divino afirmaba: «No, el Papa León no va a cambiar Traditionis custodes, y no va a volver a Summorum Pontificum». El 2 de agosto, La Razón añadía, citando fuentes vaticanas anónimas, que el documento sobre liturgia repartido por Roche a los cardenales en el consistorio de enero fue redactado a petición de León XIV, que lo supervisó y «no cambió ni una coma», y que se distribuyó por indicación papal.
Del encargo institucional a la adhesión papal hay un salto que nadie ha probado
Que el Papa encargó a Roche la ponencia es verosímil y cuenta con corroboración: Austen Ivereigh, cercano al progresismo curial, escribió ya en enero que Roche fue uno de los cuatro cardenales a los que se pidió preparar informes sobre los cuatro temas del consistorio.
Pero que un Papa pida al prefecto del Culto Divino un informe sobre liturgia —materia propia de su dicasterio y de su función— y respete el texto sin enmendarlo no significa adhesión a su contenido. Significa, sencillamente, que León XIV dejó que cada prefecto expusiera su visión dentro de su ámbito de competencia, como hizo con los otros tres ponentes. Un gobernante que respeta la independencia de sus colaboradores no suscribe por ello cada palabra que estos escriben. El «no cambió ni una coma» que las fuentes anónimas presentan como prueba de aval papal admite una lectura mucho más sobria: el Papa no quiso corregir a su prefecto, que es exactamente lo que cabe esperar de quien encarga una ponencia, no un magisterio. Convertir ese respeto institucional en compromiso doctrinal del Pontífice es el salto lógico sobre el que descansa toda la operación.
Los hechos posteriores tampoco acompañan la tesis del respaldo total. Los cardenales descartaron por amplia mayoría debatir la cuestión litúrgica y el texto quedó repartido sin discutirse. Y los gestos documentados de León XIV apuntan en dirección más matizada: la instrucción transmitida por Parolin a los obispos franceses en marzo pidiendo «soluciones concretas que permitan la generosa inclusión de quienes están sinceramente apegados al Vetus Ordo»; la carta a la FSSPX antes de Écône reconociendo su «deseo de fidelidad a la Tradición»; el nombramiento de monseñor Cordileone para la Signatura. Quince meses después de su elección, el Papa no ha firmado documento alguno sobre esta materia. Todo lo que se afirma sobre su voluntad procede de terceros.
Filtraciones imprudentes y orientadas
Tenga Roche más o menos razón en el fondo, la secuencia Tablet–La Razón es, ante todo, imprudente y orientada. Imprudente, porque atribuye públicamente al Papa una decisión que el Papa no ha tomado ni comunicado, cerrándole en apariencia un espacio de discernimiento que solo a él corresponde. Orientada, porque procede de fuentes anónimas del entorno del prefecto, en el momento preciso en que Roche, con 76 años y el quinquenio vencido desde mayo, suena con insistencia para el relevo. La entrevista de The Tablet —vacía de contenido salvo la frase sobre Traditionis custodes, que el propio entrevistador admitió haber introducido casi al final— se lee como la de un cargo saliente que intenta comprometer al sucesor de Pedro con su propia tesis, elevando el coste de cualquier rectificación futura. Como dijo esta semana monseñor Cordileone: «No sé hasta qué punto él conoce la mente del Santo Padre».
Un texto con problemas propios
El documento repartido en enero, además, no resiste bien el examen. Invoca Quo primum —la bula que garantizó a perpetuidad el misal tradicional— para justificar su supresión. Sugiere que la tradición sin reforma queda reducida a «cosas muertas, no siempre sanas», calificación que ningún magisterio ha aplicado al Misal Romano y que choca con Benedicto XVI: «Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande» (2007). Identifica sin matices la reforma de 1969 con la voluntad de los Padres conciliares, cuando Sacrosanctum Concilium ordenó una revisión conforme a criterios (SC 23, 25, 36) cuyo cumplimiento es objeto de debate académico desde hace décadas. Y en su pasaje más revelador, afirma que el uso de los libros antiguos fue «desde San Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión»: dieciséis años de Summorum Pontificum, que reconoció el misal de 1962 como derecho de todo sacerdote y no como concesión, simplemente desaparecen del relato. La omisión no es casual: es la premisa necesaria para presentar la línea restrictiva como continuidad ininterrumpida.
Nerviosismo en el sector más anti-tradicional heredero de Bugnini
Lo verificable es poco y claro: hubo encargo papal de una ponencia, no hubo debate, y el Papa no ha hablado. Lo demás —la supervisión «sin cambiar ni una coma», el aval al contenido, la voluntad decidida de León XIV— son atribuciones anónimas en medio de una batalla por definir el pontificado. Respetar el trabajo de un prefecto no es respaldarlo; y quien necesita filtraciones para poner su tesis en boca del Papa, probablemente sabe que el Papa aún no la ha hecho suya.