El Gobierno no es capaz de ofrecer una cifra fiable de cuántos inmigrantes han regresado a Marruecos y cuántos permanecen todavía en Ceuta. El baile de números es, en sí mismo, el diagnóstico: el Estado no controla la situación.
Lo que sí está acreditado es lo ocurrido el domingo por la noche. Según la agencia alemana NIUS, los inmigrantes que el Ejército debía trasladar desde el campamento de primera acogida hasta la playa para su devolución se resistieron violentamente, frustraron el operativo y marcharon en grupos hacia el centro de la ciudad.
Lo que coreaban —se escucha con nitidez en las imágenes— es la shahada: «La ilaha illa Allah, Muhammad rasul Allah», la profesión de fe islámica, la fórmula constitutiva de pertenencia a la umma.
El sector que se niega a regresar invoca a Alá contra la ley española. Esa es la naturaleza del conflicto, y quien no quiera verla es porque ha decidido no verla.
Marruecos sabe lo que hace; España, no
Nada de esto es nuevo.
En mayo de 2021, Rabat empujó a diez mil personas a través de la frontera en apenas dos días como represalia por la acogida a Brahim Ghali.
Marruecos administra la presión migratoria sobre Ceuta y Melilla como un instrumento de política exterior, con la reivindicación territorial de ambas ciudades siempre sobre la mesa.
Cada crisis constituye un pulso, y este llega a una ciudad de apenas 83.000 habitantes, con una población musulmana que roza ya la mitad del censo y una comunidad cristiana en retroceso demográfico.
La limosna de los fieles, para los amotinados
En medio de este escenario, la Iglesia en Ceuta anuncia que las colectas del fin de semana irán íntegramente destinadas a la intendencia de los invasores.
Cabe preguntarse si también servirán para quienes desafiaban al Ejército mientras coreaban la profesión de fe islámica por las calles.
Entregar el dinero de los fieles ceutíes, precisamente ahora y precisamente a este contingente, supone premiar el motín con la colecta dominical de quienes lo padecen.
No hay Evangelio que ampare eso; hay una jerarquía que ha renunciado a discernir y llama misericordia a su abdicación.
Los católicos de Ceuta, que llevan décadas sosteniendo su fe en una frontera que Madrid y las curias solo visitan para la fotografía, merecen algo mejor que ver su limosna convertida en avituallamiento del desafío.