Por Michael Pakaluk
Me pregunto si no se nos exige una mayor sobriedad en relación con nuestro uso de las redes sociales. Y, de ser así, ¿quién nos lo va a decir? Hoy en día se ha eliminado gran parte de lo que era severo y disciplinante en la aceptación pública de nuestra fe. Esto resulta extraño cuando, según parece, nunca antes se había necesitado tan desesperadamente esa disciplina.
Para entender a qué me refiero, basta con abrir las páginas del clásico espiritual La imitación de Cristo, de Tomás de Kempis. Santa Teresita de Lisieux memorizaba capítulos enteros de este libro. El Papa Benedicto lo llamó “ese texto dorado de la espiritualidad”. Santa Teresa de Ávila ordenó que se colocara una copia en cada convento que fundó.
En su capítulo sobre el amor a la soledad y al silencio, Tomás escribe:
Muchísimos grandes santos evitaban la compañía de los hombres siempre que les era posible y elegían servir a Dios en el retiro. “Cuantas veces he estado entre los hombres”, decía un escritor, “he vuelto menos hombre”. A menudo comprobamos que esto es verdad cuando participamos en conversaciones largas. Es más fácil callar del todo que no hablar en exceso. Quedarse en casa es más fácil que estar suficientemente en guardia mientras se está fuera. Cualquiera, pues, que aspire a vivir la vida interior y espiritual debe apartarse, con Jesús, de la multitud… Nadie se presenta con seguridad ante la mirada pública a menos que primero disfrute de la oscuridad. Nadie habla con seguridad a menos que ame guardar silencio.
Permítanme “operativizar” esta enseñanza, como diría un científico social moderno. ¿Deberíamos decir que nadie debería pasar más minutos en las redes sociales durante el día de los que ya ha dedicado a la oración? O consideremos la oración como si fuera un ingreso financiero: no tenés permitido gastar tiempo en hablar, excepto el que hayas ganado rezando. “Levantá tus ojos a Dios en el cielo y rezá por tus pecados y deficiencias”, dice Tomás al final del capítulo.
Por otro lado, parecemos haber olvidado las advertencias tradicionales contra la ociosidad. Definitivamente, la ociosidad no es el estado de no tener nada que hacer en Internet. San Jerónimo dice: “Estaté siempre haciendo algo, para que el diablo te encuentre siempre ocupado”.
Pero ¿estás “haciendo algo” en su sentido cuando estás leyendo publicaciones o publicando vos mismo? Supongamos que hay una sola tarea, deber o labor que sabés que tenés pendiente. ¿Hacer cuál de estas dos cosas —esa tarea o esa publicación— sería realmente “hacer algo”? Si leerle a tu hijo, perfeccionarte en alguna disciplina concreta, arreglar algo, llamar a un familiar o amigo permanece sin hacer, entonces la actividad en Internet que no produce nada de valor responde exactamente a la definición de “ociosidad”.
Santo Tomás de Aquino y otros grandes escritores espirituales enseñan que la ociosidad implica no solo estar “desocupado”, sino también apartarse de un bien conocido.
Newman habló con severidad sobre algo que llamó “superficialidad de opiniones” (viewiness) en el prefacio de su Idea de una universidad. Repetimos, tal vez con demasiada facilidad, el sentido de sus líneas iniciales allí, sobre cómo una universidad existe principalmente para formar estudiantes y no para hacer avanzar el conocimiento. Pero ¿seguimos leyendo para ver cómo se horrorizaría si la formación universitaria llevara a lo que él despreciaba como esa constante necesidad de opinar de todo?
Sin embargo, ¿a qué otra cosa podría llevar si cada postura se aprueba con la nota máxima y si se asume que cada estudiante, en cada ensayo que entrega, tendría razonablemente algo “original” que decir?
Un hombre intelectual, tal como lo concibe el mundo actual, es alguien lleno de “opiniones” sobre todos los temas de filosofía y sobre todos los asuntos del día. Casi se considera una vergüenza no tener una opinión al instante sobre cualquier cuestión, desde la Venida Personal hasta el Cólera o el Mesmerismo. Esto se debe en gran medida a las necesidades de la literatura periódica, hoy tan demandada.
¿Suena familiar? Hay más:
Cada trimestre, cada mes, cada día, debe haber una oferta, para el deleite del público, de teorías nuevas y luminosas sobre temas de religión, política exterior, política interna, economía civil, finanzas, comercio, agricultura, emigración y las colonias. La esclavitud, los campos de oro, la filosofía alemana, el Imperio Francés, Wellington, Peel, Irlanda: todo debe ser analizado, día tras día, por los llamados pensadores originales. Así como el invitado de un gran hombre debe ofrecer sus buenas historias o canciones en el banquete vespertino, o el orador de plataforma exhibe sus datos contundentes al mediodía, el periodista tiene la severa obligación de improvisar sus puntos de vista lúcidos, sus ideas rectoras y sus verdades resumidas para la mesa del desayuno.
Para nosotros, el algoritmo ha reemplazado al periódico en la mesa del desayuno como aquello que exige una postura fresca y caliente según la agenda.
El antídoto de Newman era lo que llamaba “estudio crítico”, el cual concebía como el producto de un programa riguroso, una secuencia de disciplinas exigentes bajo la mirada de un tutor estricto: gramática, matemáticas, cronología, geografía y “composición métrica”.
¿En cuál de estas tenés práctica, aunque sea a un nivel elemental?
Y ni siquiera hemos abordado el discurso que fomenta la envidia, la ira o la malicia. O los pecados de injusticia cometidos con la palabra, como la murmuración, el chisme o la burla. O los pecados contra la verdad, como la jactancia, la hipocresía y la lisonja. Y tal vez una atención seria a todos estos pecados, que suelen ser menores, habría servido como muro de contención y salvaguarda para alguien que hoy se encuentra atrapado en esclavitudes verdaderamente demoníacas, como la pornografía.
La religión de antes nos pedía ser estrictos en la búsqueda del silencio y la oración, en cuidar con quién nos juntábamos, qué bien estábamos logrando y en qué clase de persona nos estábamos convirtiendo. Internet ha hecho que todas estas preocupaciones sean aún más urgentes. ¿Quién nos lo va a decir?
“Pero yo les digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, rendirán cuenta de ella en el día del juicio”. (Mateo 12, 36)

Sobre el autor
Michael Pakaluk, especialista en Aristóteles y Miembro Ordinario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, es profesor de Economía Política en la Escuela de Negocios Busch de la Universidad Católica de América. Vive en Hyattsville, Maryland, con su esposa Catherine, también profesora en la Escuela Busch, y sus hijos. Su colección de ensayos, The Shock of Holiness (Ignatius Press), ya se encuentra disponible. Su libro sobre la amistad cristiana, The Company We Keep, está disponible a través de Scepter Press. Fue colaborador en Natural Law: Five Views, publicado por Zondervan el pasado mes de mayo, y su libro más reciente sobre el Evangelio fue publicado por Regnery Gateway en marzo, Be Good Bankers: The Economic Interpretation of Matthew’s Gospel. Podés seguirlo en Substack en Michael Pakaluk.