León XIV acaba de confirmar que la sinodalidad sigue vigente y pujante. Lo ha hecho mediante unas nuevas notas dirigidas a los obispos y equipos sinodales para preparar las asambleas diocesanas de 2027. Por si alguien lo dudaba, Roma sigue expandiendo la maquinaria sinodal.
Pero toda expansión exige un espacio que ocupar. Y la sinodalidad necesita un vacío.
Como las infecciones oportunistas que se extienden cuando ceden las defensas de un cuerpo, solo prospera allí donde la autoridad sacerdotal ha sido debilitada. Un sacerdocio vigoroso sería su peor enemigo, porque la asamblea únicamente puede aspirar a discernirlo todo después de que el sacerdote haya sido persuadido de que apenas le corresponde decidir nada.
Porque ¿en qué consiste la operación sinodal, si no es en desplazar el centro de gravedad de la Iglesia? Tras toda esa escucha y corresponsabilidad se oculta una transferencia de autoridad desde el sacerdote hacia una comunidad organizada que acaba determinando la respuesta pastoral. Es una nueva revolución (en realidad la misma de siempre), y como todas las revoluciones, se vende desde abajo mientras se impone desde arriba.
El sacerdote es un obstáculo para el triunfo de la sinodalidad porque su potestad no procede de la comunidad. Celebra in persona Christi y conduce el rebaño que le ha sido confiado. Cristo llama a determinados hombres, los aparta y les confiere una potestad que los demás bautizados no poseemos. El sacerdocio solo se entiende desde la jerarquía, palabra clave que significa precisamente gobierno de origen sagrado.
Si la autoridad nace de Cristo, la asamblea no puede producirla; si se olvida ese origen, la jerarquía degenera en organigrama y el sacerdote en funcionario.
Para fortalecer la sinodalidad hay que debilitar el sacerdocio. La salud de uno y otra son inversamente proporcionales. Pero por consagrada que esté la Iglesia a la sinodalidad, y por más infiltrada que esté de masones, protestantes y carismáticos, el objetivo de sacrificar el sacerdocio se antoja hoy por hoy imposible. Además, es innecesario: la Iglesia sinodal cuenta con suficientes herramientas para eliminar ese obstáculo sin destruirlo.
Una de esas estrategias consiste en desacreditar el ejercicio de su autoridad. Para eso ha servido la campaña contra el «clericalismo», una palabra que designó abusos reales antes de convertirse en sospecha general contra todo sacerdote que se atreva a comportarse como tal. El párroco que decide puede parecer autoritario, o rígido si se resiste a entregar el gobierno a un equipo, y si recuerda la diferencia entre el sacerdocio ministerial y el común es que desprecia a los laicos.
Educado bajo esa vigilancia, intimidado, el sacerdote abandona un espacio que puede ser ocupado por toda una flora burocrático-carismática y sinodal.
Igual perversión se reconoce en ciertos movimientos eclesiales cuya estructura paralela acaba teniendo más peso que la parroquia. El Camino Neocatecumenal ofrece el ejemplo más visible: el sacerdote se incorpora como garante sacramental de una obra cuyo método y orientación han sido fijados por otros. Su fundador, Kiko Argüello, llegó a expresar su anhelo de que muriese Benedicto XVI como única salvación para el Camino y celebró con entusiasmo la llegada de Bergoglio. La vehemencia de su deseo revela hasta qué punto el cambio de pontificado propició un clima favorable a su organización laica.
Ciertamente, para alcanzar su plenitud a la sinodalidad le basta con difuminar la frontera que separa al sacerdote del laico. La pauta es siempre la misma: aproxima los ministerios seglares al orden, abre la posibilidad del diaconado femenino, presenta el sacerdocio casado como remedio para la escasez… El laico avanza hacia las funciones sacerdotales mientras el sacerdote retrocede hasta parecer un seglar con licencia para consagrar.
Si la revolución protestante negó el sacerdocio sacrificial y salió de la Iglesia; la revolución sinodal lo conserva dentro, progresivamente reducido a proveedor sacramental de una comunidad que pretende gobernarse por sí misma. Así la Iglesia puede seguir ordenando sacerdotes, cada vez menos, mientras aprende a vivir sin ellos y avanza en su autodisolución.
Y ¿qué efecto puede tener semejante operación sobre las vocaciones? La respuesta es obvia. La sinodalidad disuade el sacerdocio. El abandono del mundo solo se comprende ante una misión proporcionada al sacrificio que exige. Nadie renuncia a formar una familia para presidir reuniones ni acepta una obediencia de por vida con el propósito de gestionar consensos parroquiales. La crisis vocacional no cayó del cielo. Durante décadas se ha desdibujado la identidad sacerdotal y después se ha llorado la mengua de vocaciones. La sinodalidad agrava esa crisis, pero se nutre de ella: al reducir la función sacerdotal disminuye el atractivo sobrenatural de la vocación, esa escasez sirve para ampliar las estructuras del laicado y, una vez consolidadas estas, logra una Iglesia menos dependiente del sacerdote. El círculo vicioso es perfecto. El organismo sinodal ensancha la herida de la que se alimenta.
Aquí una comparación elocuente: la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, consagrada a una concepción plena y tradicional del sacerdocio, ha ordenado este año veinticinco sacerdotes, tantos como ordenaron juntas durante 2025 las veintisiete diócesis de la modernista y sinodal Alemania. ¿Tendrá algo que ver lo que cada una propone a quien siente la llamada?
Y otra pregunta clave: ¿qué mueve a León XIV a perseverar en una operación cuyos efectos nocivos sobre el sacerdocio resultan tan visibles?
La respuesta no comienza con su elección al pontificado, ni siquiera con la influencia de Bergoglio. Robert Prevost se formó en la modernista Catholic Theological Union de Chicago, dentro de un ambiente posconciliar que valoraba la preparación conjunta para distintos ministerios, y ejerció después su labor pastoral conforme a una concepción eclesial donde el trabajo en equipo, las estructuras territoriales confiadas a laicos —con una presencia muy destacada de mujeres en funciones de dirección— y la escucha comunitaria ocupaban ya un lugar decisivo. La sinodalidad no llegó a él como una consigna aprendida en Roma.
Pero fue ya en Perú donde Prevost obtuvo su Matrícula de Honor en sinodalidad. Los propios agustinos atribuyen a Prevost la promoción de un «ministerio en equipo» y de parroquias divididas en zonas pastorales dirigidas en buena medida por seglares, entre ellos mujeres investidas de amplias responsabilidades pastorales, dentro de una estructura que describen retrospectivamente como sinodal. Chiclayo prolongó el modelo mediante redes de animación pastoral y equipos mixtos de escucha, hasta merecer de uno de sus colaboradores la calificación de «laboratorio sinodal». Bergoglio no tuvo que convertir a Prevost, quizá incluso aprendió de él. Por eso lo colocó al frente del Dicasterio para los Obispos.
Ahora, con Prevost en Roma, el experimento pastoral de Perú está listo para convertirse en programa para la Iglesia universal.
Llegados aquí, la vieja pregunta cui prodest? resulta inevitable. ¿A quién beneficia desactivar al sacerdote, borrar la frontera que lo separa del laico y protestantizar la Iglesia hasta volverla irreconocible? Desde luego, no a Cristo ni a las almas. Pero hay alguien que conoce mejor que nadie el valor de unas manos consagradas.
Satanás es quien mejor conoce el poder de un sacerdote consciente de lo que es. Puede celebrar ante una catedral llena o él solo ante Dios, porque la eficacia de la misa no depende del aforo, y puede destruir años de paciente trabajo infernal con una sola absolución. Por eso el Enemigo quiere que los ordenados dejen de creer plenamente en aquello que recibieron. Un clero perseguido da mártires, pero uno avergonzado de su autoridad se desarma a sí mismo.
El sacerdote que recuerda Quién lo llamó y de Quién procede su potestad es el katechon de la disolución y una refutación viva de la Iglesia sinodal. Ahí reside la razón última del empeño satánico. Todo sacerdote consciente de su vocación es una afrenta al príncipe de este mundo. Que todavía haya hombres dispuestos a renunciar al mundo por algo que el mundo no puede ofrecer desmiente la autonomía satisfecha sobre la que se levanta nuestra época.
Cada sacerdote forma parte de ese cuerpo de élite de la humanidad que recogió el guante de Cristo y aceptó seguirlo dejando todo atrás. Su mera existencia es una bofetada al Malo, además de un estorbo grave para el éxito de la sinodalidad.
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