La colecta del desembarco

La colecta del desembarco

Hay coincidencias que parecen escritas por un guionista con mal gusto. Me encuentro estos días en la costa de Cádiz, desde la que en los días claros se adivina Marruecos, leyendo El campamento de los santos de Jean Raspail. Y mientras subrayo sus páginas, la ciudad de Ceuta —85.000 habitantes, bastión cristiano del norte de África desde hace más de cuatro siglos— sufre una entrada masiva, violenta y coordinada de decenas de miles de personas a través de una frontera rota. Comercios cerrados, vecinos recluidos en sus casas, una ciudad entera en estado de excepción de facto. Y en ese preciso momento, la Diócesis de Cádiz y Ceuta publica un comunicado anunciando que la colecta del fin de semana irá destinada a atender a quienes acaban de reventar la frontera. Raspail ya no es una novela: es una crónica.

Lea también: La Diócesis de Cádiz y Ceuta reacciona a la invasión recaudando dinero para los invasores

¿Un comunicado para consolar a sus fieles atrincherados en sus domicilios? ¿Para denunciar el uso de seres humanos como ariete político por parte del régimen marroquí? ¿Para pedir a los poderes públicos que protejan a la población? No. Para anunciar, literalmente, que «las colectas que se realicen este fin de semana en las parroquias de Ceuta se destinarán íntegramente a la Delegación Diocesana de Migraciones».

La colecta. En las parroquias de Ceuta. Este fin de semana.

El delirio de que los invadidos destinen la colecta a sus invasores se ve rebasado incluso por las circunstancias materiales ¿Qué colecta va a haber, si los fieles no pueden salir a la calle? ¿Quién va a llenar los cepillos de unas parroquias cuyos feligreses tienen los comercios cerrados y las persianas bajadas? El comunicado no es solo un despropósito pastoral; es la fotografía perfecta de una jerarquía que vive de espaldas a su propio rebaño. Reacción de nota para los libros de Historia cuando, dentro de unos siglos, alguien intente comprender qué pasó en este manicomio.

Raspail, profeta incómodo

Raspail escribió en 1973 una novela que la crítica biempensante lleva medio siglo intentando enterrar (Homo Legens acaba de lanzar una reedición providencial). En ella, un millón de desheredados del tercer mundo embarca hacia las costas de Francia, y la civilización que debería defenderse se descompone antes de que llegue el primer barco. Raspail no hace en ningún momento un juicio moral sobre los que vienen: no son los villanos de la novela. Los villanos son otros. Los villanos son los que deberían custodiar la casa y en su lugar abren las puertas y aplauden.

La genialidad literaria de Raspail consiste en concentrar en unas semanas lo que en la realidad es un proceso de décadas: el desequilibrio civilizacional entre dos mundos, la presión demográfica del sur sobre el norte, y —sobre todo— la parálisis suicida de unas élites occidentales que han hecho de su propia disolución una virtud teologal. Y entre esas élites, con una ironía feroz, Raspail retrata a clérigos y obispos entregados a la causa: prelados que bendicen el desembarco, que celebran la llegada de la marea como un acontecimiento de gracia, que alientan —esta es la palabra— el suicidio de su propia gente.

Cuando lo leía me pareció una caricatura. Hoy, la Diócesis de Cádiz y Ceuta se ha encargado de demostrarme que Raspail se quedó corto.

Lo que calla el comunicado

El comunicado expresa «profunda preocupación por la gravedad de los acontecimientos y por la especial vulnerabilidad de tantas personas que se ven afectadas por esta realidad». Fórmula ambigua, calculadamente ambigua. Pero toda la concreción posterior —la colecta íntegra, el Centro de Atención a Personas Migrantes San Antonio, la Delegación de Migraciones— va en una sola dirección.

Ni una palabra para los ceutíes encerrados e invadidos, en peligro físico real. Ni una palabra para los comerciantes. Ni una palabra para las fuerzas de seguridad desbordadas. Ni una sola mención —y esto es lo verdaderamente escandaloso— a la responsabilidad del gobierno de Marruecos, que utiliza la miseria humana como arma de presión política contra España y contra una ciudad española. La Iglesia, que no tiene empacho en pronunciarse sobre cualquier minucia de la política nacional, recoge una colecta para el invasor ante una agresión geopolítica en toda regla contra el último bastión cristiano del norte de África.

Conviene recordar algo elemental: en materia de regulación de flujos migratorios no hay doctrina. La Iglesia no ha recibido de Cristo el encargo de gestionar fronteras, sino el de anunciar el Evangelio y salvar almas. Un católico puede defender legítimamente el control estricto de las fronteras sin que ningún obispo tenga autoridad para reprochárselo. Lo que no puede hacer un pastor es abandonar a sus ovejas en mitad del asalto al redil y dedicar los recursos de esas mismas ovejas a la intendencia del asalto.

El nombre de las cosas

Sé que la palabra es dura, pero llega un momento en que hay que poner pie en pared y llamar a las cosas por su nombre. Cuando una ciudad española y cristiana es objeto de una operación de presión coordinada desde el otro lado del Estrecho, y la respuesta de quien tiene la cura de almas de ese territorio es organizar la logística asistencial de la operación mientras ignora a sus propios fieles, eso no es caridad. La caridad empieza por los de casa —maxime autem ad domesticos fidei, dice San Pablo— y no exige, jamás ha exigido, la ceguera ante la realidad ni la deserción del propio pueblo.

A eso, en el lenguaje llano que la gente de Ceuta entiende perfectamente, se le llama traición. Traición a los fieles que sostienen esas parroquias, traición a cuatro siglos de presencia cristiana en la ciudad, traición a la misión misma de la Iglesia, sustituida por el papel de ONG subvencionada del buenismo dominante. Los personajes clericales de Raspail eran una sátira; los responsables de este comunicado son su confirmación.

Los ceutíes tienen derecho a exigir cuentas a quienes gobiernan su diócesis. Y los católicos españoles, derecho a decir en voz alta que una jerarquía que solo encuentra la voz para socorrer al invasor ilegal y nunca para defender al que vive tras ella, ha dejado de ser pastora para convertirse en cómplice. Atender al necesitado es un deber cristiano; ofrecerle en bandeja la casa de tus hijos, no.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando