En el libro Historia de la Misa Prohibida (Histoire de la Messe interdite), del escritor francés Jean Madiran, leemos un exhaustivo repaso cronológico de los acontecimientos y documentación fundamentales sobre la Misa desde el final del Concilio Vaticano II hasta la promulgación de Summorum Pontificum en 2007. Madiran dedica específicamente el capítulo IV a tratar en detalle la cuestión de si la Misa tradicional fue realmente prohibida por Pablo VI, a partir de los documentos emitidos por el Vaticano y las conferencias episcopales de Francia, Alemania, Suiza e Inglaterra.
El novus ordo Misae de Pablo VI, Misal e instrucción introductoria, fue publicado en 1969. La nueva misa de Pablo VI suscitó una polémica que no era nueva, puesto que desde 1964, tras la aparición de la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, se habían venido realizando experimentos litúrgicos de todo tipo, avalados por la jerarquía romana.
Desde enero de 1964, la liturgia se vio trastornada por el efecto combinado de una lluvia de decretos reformadores y de iniciativas locales en las parroquias. En casi todos los ámbitos de la vida de la Iglesia, y en particular en la liturgia, se verificó la exactitud de la provocadora pero pertinente fórmula del P. Congar que anunciaba «la revolución de octubre en la Iglesia». La despreocupada supresión del «consustancial» en la traducción francesa del Credo vino a coronar y confirmar, en cierto modo, la devastación del catecismo católico, abiertamente puesta en marcha a partir de 1967. La operación de rescate del catecismo había suscitado un estado de ánimo refractario entre los católicos denunciados como «integristas» o «tradicionalistas», una pequeña minoría, considerados parias en moral y la relegación sociológica, pero muy consciente de apoyarse en lo que siempre se había creído, dicho y hecho en la Iglesia.
La opinión dominante entre el clero y los poderosos medios de comunicación seculares tendía a un cambio general en nombre del Concilio y su «renovación». Los refractarios fueron universalmente señalados como nostálgicos de un pasado ya desaparecido.
La pluralidad de las «ediciones típicas» del nuevo misal aumentó la confusión. Casi todas las parroquias y la mayoría de los fieles acogieron o aceptaron sin grandes protestas las novedades litúrgicas toleradas o incluso impuestas por el obispo de la diócesis. En esto se reconoce a los católicos: salvo excepciones y movimientos de ánimo, aceptan sin buscar tres pies al gato la doctrina de su párroco, siempre que cuente con el acuerdo del obispo, él mismo en comunión con el Papa. La gran mayoría de los practicantes asistían a misa sin tener misal y no vieron ningún problema en las innovaciones. Pronto se diría que los simples fieles no estaban interesados en la disputa entre la misa antigua y la nueva porque no podían distinguir con certeza una de otra, por la sencilla razón de que existen más diferencias entre dos misas nuevas que entre una misa tradicional y una misa nueva celebrada como debe ser según el Ordo de Pablo VI. Es cierto que es raro que se respete exactamente el Ordo de Pablo VI: se ejerció desde el inicio una creatividad litúrgica anárquica en todos los sentidos. Pero, en realidad, todo el mundo sabe reconocer la nueva misa: es en lengua vernácula y el celebrante ya no está orientado hacia Dios, para evitar «dar la espalda al pueblo». Es muy visible y más democrático. La opinión dominante, alimentada o suscitada por la jerarquía eclesiástica y los medios de comunicación seculares, fue que se trató de una mejora, fruto de un irresistible movimiento hacia el progreso y la modernidad.
Reafirmada por un amplio consenso mediático a favor de este «espíritu nuevo» y de este «rejuvenecimiento», y tal vez sin darse cuenta de que los incrédulos, los tibios, los mundanos e incluso los enemigos de la Iglesia ocupaban un lugar importante en el consenso y fueron los más activos en su organización, la jerarquía eclesiástica no se preocupó mucho por las protestas y las indisciplinas. Sin duda, le molestaban. Pero se tranquilizó con la creencia de que las cosas se calmarían espontáneamente; imaginando que las generaciones jóvenes entusiasmadas por la dinámica conciliar se convertirán en masa y militarán en las filas de la nueva Iglesia.
En realidad, se formaron dos bandos. A pesar de la enorme desproporción numérica, todos los factores para una confrontación frontal estaban dispuestos. Las reclamaciones y las protestas de los rebeldes, lejos de disminuir, fueron en aumento, mientras que el impulso conciliar se fue agotando poco a poco.
Quienes rechazaron decididamente el nuevo Misal no lo hicieron desde el vacío, sino que se documentaron sobre el precedente que, con falsedad, argumentaba Roma: el Misal romano de Pío V de 1570.
El minoritario sector que rechazó la nueva Misa cuestionó también la brutal prohibición de la misa tradicional que la acompañó y no dejaron nunca de celebrar la Misa tradicional.
Durante los años 1971, 1972, 1973, 1974, 1975 y hasta el 24 de mayo de 1976, no se encuentra ninguna mención explícita, precisa y fechada de un acto del Papa que promulgue la prohibición de la misa tradicional.
La prohibición fue primero implícita, como una consecuencia silenciosa pero imperativa del carácter obligatorio con que se revistió la nueva misa. Pero, ¿fue realmente decretada tal obligación por la constitución apostólica Missale romanum de 1969? Éste es un punto controvertido, ya que las traducciones e interpretaciones son divergentes y la controversia es pública. Varios decretos, notificaciones o comunicados de las congregaciones romanas declararon o presupusieron la obligación, por referencia explícita o implícita al Missale romanum, y en este punto la interpretación del Missale romanum sigue siendo incierta.
Más tarde se consideró que el debate fue zanjado por la autoridad de la conocida como “Notificación del 14 de junio de 1971”; una notificación de la congregación para el culto divino publicada en l´Osservatore Romano que no estaba fechada ni firmada. Sólo varias semanas después recibiría una firma y una fecha. Tal anomalía la hizo sospechosa; puesto que disminuye o anula la autoridad de las estrictas «normas» que pretendía instituir.
Esta notificación, sin fecha ni firma, comenzaba recordando que el 20 de octubre de 1969 la Congregación «dio las normas relativas a los casos particulares y las dificultades planteadas por la utilización del Nuevo Misal Romano» y que «autorizó a las Conferencias Episcopales a prolongar la vacatio legis hasta el 28 de noviembre de 1971». A continuación, precisaba que «ha establecido las siguientes normas»:
1.- En las celebraciones en latín, «ya se puede utilizar el (nuevo) Misal Romano».
2.- Las Conferencias Episcopales deben «velar por que se completen lo antes posible la traducción y la publicación en la lengua del pueblo» de los nuevos libros litúrgicos. Fijarán la fecha a partir de la cual las traducciones aprobadas por ellas y confirmadas por la Sede Apostólica «podrán o deberán entrar en uso, total o parcialmente».
«Pero a partir del día en que las traducciones así definidas deban ser adoptadas en las celebraciones en las que se utilice la lengua del pueblo, quienes sigan utilizando el latín deberán utilizar únicamente los textos renovados».
3.- Para los sacerdotes ancianos, enfermos o discapacitados que tengan grandes dificultades para acostumbrarse al nuevo misal, será posible, con la autorización de su obispo, «seguir utilizando el Misal Romano según la edición típica de 1962, modificada por los decretos de 1965 y 1967», pero con la condición de que sea sine populo, es decir, sin que nadie asista.
4.- Las Conferencias Episcopales tienen derecho a decidir el uso de la lengua del pueblo «en cualquier parte de la misa».
Para las misas celebradas sine populo, cualquier sacerdote podrá utilizar tanto el latín como la lengua del pueblo.
(El resto de la notificación se refería a la liturgia de las Horas y al calendario).
Todas estas disposiciones resultaron superfluas para un país como Francia, desde donde escribía Madiran, y donde los obispos ya se habían adelantado y superado a Roma. Al publicar esta Notificación, la Documentation catholique del 4 de julio pudo precisar gloriosamente en una nota: «En Francia, el nuevo Ordo Missae es obligatorio desde el 1 de enero de 1970».
Ciertamente, esta notificación romana declaraba obligatorio el nuevo rito. Pero casi inmediatamente pareció contradecirse con un acto del Papa: en noviembre de 1971 se anunció oficialmente la autorización dada por Pablo VI a los ingleses para celebrar ocasionalmente el rito tradicional; autorización que fue una respuesta a las insistentes peticiones de la Latin Mass Society, «asociación para el rito tridentino», miembro de la Federación Internacional Una Voce presidida por Éric de Saventhem. Tal privilegio demuestró claramente que la misa tradicional no había sido abolida y sugería que la prohibición no era absoluta.
Ante tal incertidumbre, en 1973 apareció por primera vez, procedente de Suiza, un vocabulario oficial que hablaba explícitamente de prohibición e incluso de derogación. En abril, Mons. Adam, obispo de Sion, proclamó que estaba PROHIBIDO celebrar según el rito de San Pío V, que fue ABOLIDO por la constitución «Missale romanum» del 3 de abril de 1969. Precisaba que «la presente declaración se hace sobre la base de información auténtica y de indicación formal de la Autoridad». Y en julio, se publicó un comunicado de la Asamblea Plenaria de Obispos Suizos: «En virtud de las decisiones de Roma, ya no está permitido celebrar la misa según el rito de San Pío V». Por lo tanto, el episcopado suizo habría tardado cuatro años en obtener de la «Autoridad» (anónima) una «información auténtica» y una «indicación formal» sobre la realidad radical de la derogación resultante del Missale romanum.
En octubre de 1973, Francia siguió el ejemplo suizo, de una manera aún más indirecta e impersonal. En nombre de monseñor Badré, obispo de Bayeux y Lisieux, el decano de Orbec publicó un comunicado en el que afirmaba que «la preocupación por la obediencia a la Iglesia prohíbe celebrar la misa según el rito de San Pío V en cualquier circunstancia». Y esta declaración se reprodujo en la mayoría de las diócesis. Al año siguiente, el episcopado francés publicó, por primera vez desde 1969, una nueva ordenanza sobre la misa y un comunicado explicando su ordenanza. Para descartar la misa tradicional, el comunicado invocaba esta vez «las normas dictadas por la Autoridad romana», añadiendo «la voluntad de los obispos de Francia». Al igual que el episcopado suizo, la versión francesa habla de una «Autoridad» anónima, de «decisiones romanas» y de la «preocupación por la obediencia a la Iglesia», sin ninguna de las explicaciones y referencias precisas que serían necesarias.
Así, se trasluce en unos y otros una incertidumbre sobre la posibilidad de invocar la autoridad personal del Papa. También se observa que, en general, seguía existiendo cierta reticencia a hablar abiertamente de «prohibición». Se rehuía la palabra. Se recurría a la perífrasis. La fórmula que se fue imponiendo poco a poco consistía en afirmar, como una simple constatación administrativa, que el misal de Pablo VI «sustituye» al misal de San Pío V.
Sed contra, los más decididos opositores, sacerdotes y laicos, siguieron oponiéndose con seguridad a la revolución litúrgica con su convicción razonada de que la misa tradicional no necesita ninguna autorización.
El 28 (ó 29) de octubre de 1974, una notificación de la Congregación para el Culto Divino «sobre el misal de Pablo VI» afirmaba que «cuando una conferencia episcopal ha decidido que, en su territorio, debe adoptarse el misal romano en la lengua del país, a partir de ese momento, la misa ya no puede celebrarse en latín ni en la lengua vernácula, sino según el rito del misal romano promulgado por la autoridad de Pablo VI, el 3 de abril de 1969».
En cuanto a los sacerdotes ancianos o enfermos, la Notificación prohíbe que el obispo les autorice a celebrar la misa tradicional con la asistencia de fieles.
El 14 de noviembre de 1974, el episcopado francés publicó un «comunicado» que acompañaba y explicaba una «ordenanza». Desde su ordenanza de noviembre de 1969, es decir, durante cinco años, el episcopado había guardado silencio sobre el asunto de la misa. Pero este comunicado episcopal arremetía contra los católicos que no consideran prohibida la misa tradicional: «Desde hace algunos años, se está extendiendo la opinión de que la reforma litúrgica exigida por el Concilio Vaticano II no tiene carácter obligatorio. Se dice, en particular, que el uso del antiguo Ordo missae de Pío V puede seguir coexistiendo con el de Pablo VI. Las normas promulgadas al respecto por la Autoridad romana son claras y la voluntad de los obispos de Francia es que se respeten: el Misal promulgado por el papa Pablo VI debe sustituir al Misal de San Pío V. Solo puede haber excepciones a esta norma para los sacerdotes ancianos o enfermos, en celebraciones privadas sin asistencia de fieles y con la autorización expresa del obispo».
Pero si este comunicado imponía la misa de Pablo VI como obligatoria, sólo pretendía imponerla a aquellos que permanecían fieles a la misa tradicional. Porque, de hecho, en 1974 la auténtica misa de Pablo VI rara vez se celebraba en Francia: la «reforma» litúrgica, en nombre de su incesante «creatividad», proclamaba que no se puede permitir el lujo de encerrarse en el fijismo de un rito establecido de una vez por todas en 1969 y desde entonces superado por el movimiento perpetuo del impulso vital. Pero ningún comunicado episcopal imponía ninguna obligación a los practicantes de la revolución litúrgica permanente. Ninguno llamaba al orden católico a quienes profesan que su misa ya no es un sacrificio y que «se trata simplemente de hacer memoria»; ni a quienes practicaban la misa-bufé, la misa-discoteca, la misa-music-hall. Para todos ellos no existía ninguna obligación de ceñirse a la misa de Pablo VI. Esta obligación sólo se impone a los fieles de la misa tradicional.
Por lo tanto, en la práctica, la verdadera declaración de esta «obligación» impuesta por el episcopado es que se debía celebrar la misa de cualquier manera, siempre y cuando no fuera según el Misal de San Pío V. Esto llevó a los “refractarios” a afirmar que la misa de Pablo VI era sobre todo un «arma por destino» contra la misa tridentina.
La Ordenanza del mismo 14 de noviembre de 1974 decretaba que, «de acuerdo con las decisiones del Concilio Vaticano II, el Misal Romano fue reformado y promulgado por el Papa Pablo VI: «Missale romanum» ex decreto sacrosanti oecumenini concilii Vaticani II instauratum auctoritate Pauli PP. VI promulgatum (Vaticano 1970). Las condiciones para su entrada en vigor en los distintos países y el papel de las conferencias episcopales a tal efecto fueron precisadas en última instancia por la «notificación» de la Congregación para el Culto Divino del 14 de junio de 1971 (…). En Francia, la conferencia episcopal, mediante su ordenanza del 12 de noviembre de 1969, fijó la fecha de entrada en vigor de la traducción francesa del nuevo Ordo missae (…). La conferencia episcopal, en aplicación de la «notificación» del 14 de junio de 1971, confirmaba su decisión anterior (del 12 de noviembre de 1969) y decidía lo siguiente:
1.-A partir del primer domingo de Adviento de 1974, en la celebración en francés, etc., etc.
2.-En caso de que se prevea la celebración en latín, se utilizará únicamente el Misal promulgado por el Papa Pablo VI…».
Lo cual suscitó las siguientes observaciones:
1.- La ordenanza de 1974 no era sólo una confirmación de la de 1969, sino también una rectificación: ya no imponía que la misa fuera obligatoriamente en francés.
2.- En 1969, el episcopado francés había pretendido abolir la misa tradicional y el latín por su propia autoridad. Esta vez declaraba que sólo ordena «en aplicación» de las decisiones romanas. Eso era reconocer implícitamente que un episcopado sólo puede modificar sustancialmente la liturgia oficial de la Iglesia en aplicación de las leyes, decretos o dispensas de la Santa Sede.
3.- Como fundamento romano de la nueva liturgia, el episcopado eligió el más débil: una simple «notificación» de la Congregación para el Culto Divino. Un fundamento sin duda insuficiente para algo tan trascendental como la abolición de la misa católica tradicional. Si tal abolición fuera posible, se necesitaría al menos un acto explícito del propio Sumo Pontífice.
4.- En este caso, el único acto de Pablo VI fue la constitución apostólica Missale romanum del 3 de abril de 1969, que promulgaba un Misal reformado. Si el Misal reformado se imponía con exclusión de cualquier otro, era de esta constitución, y sólo de ella, de donde podía derivar una autoridad jurídicamente vinculante. No era un simple decreto de aplicación publicado por una congregación romana lo que podría haber conferido al nuevo Misal una autoridad que no le otorgó la constitución apostólica que lo promulgó.
5.– La orden episcopal, al referirse a la promulgación del nuevo Misal, daba como referencia la fecha de 1970: fecha de publicación, por la imprenta vaticana, de una nueva «editio typica» del Misal reformado, y no de su promulgación.
Desde hace siglos, los teólogos debaten si los textos escritos y publicados bajo la autoridad del Papa están necesariamente y siempre exentos no solo de ambigüedad, sino también de herejía. El III Concilio de Constantinopla, el papa San León II y, dos siglos más tarde, el papa Adriano II condenaron los textos «escritos y publicados bajo la autoridad» del papa Honorio I. Pero parece que nadie, antes de los obispos franceses Coffy y Marty, había imaginado imponer como obligatoria la creencia de que un texto escrito y publicado bajo la autoridad del Papa no puede contener ni la más mínima ambigüedad.
En otoño de 1975, una carta del cardenal Villot, secretario de Estado, abrió la vía a una nueva situación. Esta carta oficial fue enviada el 11 de octubre al presidente de la comisión episcopal francesa para la liturgia. Su novedad radicaba en afirmar que, mediante la constitución apostólica Missale romanum de 1969, el Papa «prescribió que el nuevo Misal sustituyera al antiguo, sin perjuicio de las constituciones y ordenanzas de sus predecesores». Por primera vez, una autoridad romana —y la más alta después del Papa— enunciaba explícitamente tal interpretación: Pablo VI habría promulgado, mediante su constitución apostólica, la desaparición de la misa tradicional. Hasta entonces, esta interpretación solo se había defendido a título de indicación.
Pero esta interpretación sería modificada a su vez, menos de un año después, por el propio Pablo VI: en su discurso ante el consistorio del 24 de mayo de 1976, el Papa ya no mencionó el Missale Romanum al referirse al Nuevo Ordo. Habló de una promulgación como un hecho consumado, sin precisar fecha ni designación: la promulgación de una nueva misa que sustituiría a la antigua. Se trató más bien de una declaración de intenciones que de una referencia a una decisión. A partir de ese momento se estableció la costumbre romana de referirse a la promulgación «de 1970» en lugar de a la de 1969: de hecho, en 1970 se imprimió subrepticiamente en el Vaticano otra edición oficial (editio typica) del Nuevo Ordo. La presentación de esta nueva misa ya tuvo tres ediciones oficiales sucesivas: una primera edición «typica» en 1969, una segunda en 1970, una «typica altera» en 1975 (y una cuarta en 2002). Pablo VI, en su alocución de 1976, al querer mencionar un documento romano anterior, sólo encontró la instrucción de la mencionada instrucción publicada sin fecha ni firma el 16 de junio de 1971 en L’Osservatore Romano.
En ese mismo discurso del 24 de mayo de 1976, Pablo VI ordenba la desaparición de la misa tradicional: «En nombre de la propia Tradición, pedimos a todos nuestros hijos y a todas las comunidades católicas que celebren con dignidad y fervor los ritos de la liturgia renovada. La adopción del nuevo Ordo Missae no se deja, ciertamente, a la libre decisión de los sacerdotes o de los fieles. La instrucción del 14 de junio de 1971 previó que la celebración de la misa según el rito antiguo estaría permitida, con la autorización del Ordinario, sólo a los sacerdotes ancianos o enfermos que ofrecen el sacrificio divino sin la asistencia de los fieles. El nuevo Ordo fue promulgado para sustituir al antiguo, tras una madura reflexión y con el fin de ejecutar las decisiones del Concilio Vaticano II. No es diferente a como nuestro santo predecesor Pío V hizo obligatorio el Misal revisado bajo su autoridad tras el Concilio de Trento.
«Con la misma autoridad suprema que nos viene de Cristo Jesús, ordenamos la misma pronta sumisión a todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias y pastorales maduradas en los últimos años en aplicación de los decretos conciliares».
Era la primera vez, siete años después de la constitución Missale romanum, que Pablo VI habla personal y explícitamente de «sustituir» la antigua misa por una nueva, es decir, de hacer desaparecer esta última. Para ello, el único documento romano anterior al que hizo referencia es la sospechosa «instrucción» publicada sin fecha ni firma en L’Osservatore Romano del 16 de junio de 1971.
Pero aquella laboriosa declaración pontificia de una intención sin fecha de sustituir la antigua misa por una nueva había cambiado de nivel: recibió la confirmación explícita y temible de ser declarada por Pablo VI «en nombre de la Tradición» y «con la autoridad suprema que nos viene de Cristo Jesús». La prohibición de la misa tradicional, que se había ido gestando más o menos abiertamente durante siete años, alcanzaba ahora su punto álgido. Por fin fue objeto, por primera y única vez, de un acto personal del Sumo Pontífice: la alocución consistorial del 24 de mayo de 1976.
Debió ser como un trueno. Parecía haberse creado una situación radicalmente nueva. En teoría, hay motivos para que se tambalease la resolución de los rebeldes, los “tradicionalistas”, que tienen un gran respeto, doctrinal y sobrenatural, por la autoridad del Papa. ¿Acaso la invocación de su «autoridad suprema que le viene de Cristo Jesús» no compromete su infalibilidad, que es precisamente el grado supremo de su autoridad? Sin embargo, la autoridad moral de Pablo VI se había visto grave y duraderamente afectada desde el increíble episodio del «artículo 7».
¿Qué era el artículo 7? Desde su promulgación en 1969, el Nuevo Ordo iba acompañado de un compendio de normas generales titulado Institutio generalis. Su artículo 7 daba una definición inaceptable de la misa católica: «La Cena del Señor, llamada también misa, es el sínodo (synaxe) sagrado o reunión del pueblo de Dios que se reúne bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor. Por eso, la promesa de Cristo es especialmente válida para la asamblea de la Iglesia local: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 29).
Tal definición convertía la misa en una simple reunión de oración y una asamblea de recuerdo. Así lo entendió inmediatamente el episcopado francés: desde la primera edición, elaborada en 1969, de su Nuevo Misal de los domingos, insertó un «recordatorio de fe» en el que se precisaba que la misa consiste simplemente en hacer memoria del único sacrificio ya consumado. Esta doctrina fue mantenida y reiterada por el episcopado francés durante varios años. En Roma, sin embargo, a partir de 1970 se produjo una discreta corrección del artículo 7. Esta discreta corrección, empero, no suprimía el hecho de que Pablo VI había firmado y promulgado la primera versión: por lo tanto, expresaba el pensamiento del Papa, o al menos no lo había contrariado.
Se trataba de un accidente fenomenal, que quedó sin explicación. A esto se suma, en el discurso consistorial del 24 de mayo de 1976, una manifiesta falsedad histórica. Pablo VI afirma haber procedido con la misa de la misma manera (haud dissimili ratione) que lo había hecho San Pío V. Sin embargo, San Pío V no había sustituido una misa por otra, no había abolido la misa existente, sino que, por el contrario, había confirmado, en materia de rito, todas las costumbres legítimas que tenían más de doscientos años de existencia. Desde hacía seis o siete años, en 1976, los refractarios habían difundido abundantemente todo lo que hay que saber sobre la bula Quo primum tempore de san Pío V. No estaban tan desarmados en este tema como para dejarse engañar.
Sólo a finales de los años ochenta se empezaron a escuchar declaraciones cardenalicias, primero privadas y luego públicas, asegurando que la misa tridentina «nunca ha sido prohibida».
En agosto de 1976, el escrito francés Michel de Saint Pierre escribió una carta al Papa firmada junto a Louis Salleron, Gustave Thibon, Henri Sauguer, el coronel Rémy, Michel Droit y Michel Ciry, en la que decían que «el propio cardenal Marty nos reveló recientemente que, entre 1962 y 1975, la práctica dominical había disminuido un 54 % en las parroquias parisinas. ¿Por qué? Porque los fieles ya no reconocen su religión en cierta liturgia y cierta nueva pastoral (…). ¿No fue usted mismo, Santísimo Padre, quien habló de la autodestrucción de la Iglesia? El hecho es que en Francia esta autodestrucción está en pleno apogeo, y nosotros somos testigos de ello (…). Actualmente, existen tantos ritos, tantas prácticas, tantas opiniones como iglesias, sacerdotes, comunidades, grupos y grupúsculos (…). Por todas partes se celebran con total impunidad extrañas misas, a veces ecuménicas, que no tienen nada que ver con la misa de Pablo VI. ¿Acaso se permite cualquier «celebración eucarística» excepto la misa tradicional?».