El cardenal Antonio María Rouco Varela ha elogiado el magisterio de León XIV y ha asegurado que el nuevo Pontífice está recordando a la Iglesia la necesidad de «volver al Concilio Vaticano II», al tiempo que reafirma con claridad las verdades fundamentales de la fe. Así lo afirma en una entrevista concedida a El Debate, en la que el arzobispo emérito de Madrid aborda algunos de los principales desafíos que afronta hoy la Iglesia.
A las puertas de cumplir 90 años y tras haber participado en el consistorio extraordinario celebrado en Roma a finales de junio, Rouco reflexiona sobre el pontificado de León XIV, la crisis de fe en Europa, el Camino Sinodal alemán y las consecuencias de la recepción del Concilio Vaticano II.
«Tiene muy claras las verdades fundamentales de la fe»
El arzobispo emérito de Madrid explica que ha seguido con atención tanto los escritos como las intervenciones del Pontífice, especialmente durante su reciente viaje apostólico a España. A su juicio, León XIV está desarrollando un magisterio profundamente centrado en Cristo y en la Eucaristía.
«Encuentras la preocupación de un Sucesor de Pedro que tiene bien claras cuáles son las verdades fundamentales de la fe y cuál es el principio fundamental de esa fidelidad a la verdad», afirma.
Rouco destaca asimismo las referencias constantes del Papa a la eternidad, la esperanza cristiana y la conversión personal, así como la importancia que concede a la defensa de la vida y de la dignidad de la persona humana desde una perspectiva trascendente.
Según el cardenal, el magisterio de León XIV sitúa nuevamente «lo esencial» en el centro de la vida de la Iglesia, desde donde también pueden afrontarse los desafíos sociales y culturales del presente.
«Hay que volver al Concilio Vaticano II»
Mons. Rouco también se detiene en la decisión de León XIV de dedicar sus catequesis al Concilio Vaticano II. Para el purpurado, esta elección constituye una llamada a redescubrir el auténtico sentido del Concilio.
«Es curioso, pero él ya ha escogido como tema para sus catequesis el Concilio Vaticano II, lo que es una llamada de atención a todos. Hay que volver al Concilio Vaticano II, ya que es la fuente inmediata, clara, evidente e inequívoca de lo que se le pide a la Iglesia por mucho tiempo. Todavía tenemos mucho espacio de aplicación del Vaticano II por delante».
El cardenal sostiene además que existe una continuidad fundamental entre León XIV y sus predecesores, aunque observa un especial énfasis en el cristocentrismo y en la identidad sobrenatural de la Iglesia.
La Iglesia «no es un parlamento»
Rouco también se refiere a la preocupación existente en Roma por el denominado Camino Sinodal alemán, una cuestión que, según explica, también estuvo presente en el reciente consistorio.
El cardenal insiste en que la Iglesia no puede entenderse mediante categorías políticas y rechaza cualquier visión del Colegio Episcopal como un órgano que controle al Sucesor de Pedro.
«El Colegio Episcopal no es una especie de parlamento, de Senado que controla a la cabeza», afirma, al tiempo que recuerda que la mejor imagen para comprender la constitución de la Iglesia es la de una familia presidida por el Obispo de Roma.
Asimismo, rechaza hablar de «iglesias nacionales» y recuerda que la Iglesia es «una, santa, católica y apostólica», por encima de cualquier realidad estatal.
La crisis de fe en Europa
Rouco sostiene que las dificultades que atraviesa la Iglesia en Alemania son consecuencia de una crisis de fe más amplia que afecta desde hace décadas a buena parte de Europa occidental.
Según explica, cuando se debilita la fe en Dios y en Jesucristo también se pierde la comprensión de la naturaleza de la Iglesia, reduciéndola a una realidad meramente social. En su análisis sitúa el origen de este proceso en una evolución histórica que hunde sus raíces en la Ilustración y que se agravó posteriormente con las ideologías ateas del siglo XX, especialmente el marxismo-leninismo y el nacionalsocialismo.
La cuestión litúrgica
El cardenal también aborda la situación de la liturgia tradicional, un asunto sobre el que ya se había pronunciado recientemente. Reitera que el uso del rito anterior a la reforma litúrgica no constituye un problema doctrinal, sino disciplinar y pastoral, aunque advierte de que la desobediencia a la autoridad eclesiástica termina afectando a la unidad de la Iglesia.
Al mismo tiempo, recuerda que tras el Concilio Vaticano II se produjeron en muchos lugares abusos litúrgicos que, a su juicio, desfiguraron el sentido de la celebración eucarística y favorecieron que algunos fieles volvieran a la liturgia anterior a la reforma conciliar. Rouco sostiene que esos abusos contribuyen a explicar el origen de una parte del actual debate litúrgico, aunque recuerda que la desobediencia constituye un problema distinto que afecta a la comunión eclesial.