Ochenta y nueve años después de su fusilamiento, quien se acerca a la figura de Primo de Rivera todavía tiene dificultades para descubrir su dimensión religiosa. El documento que firmó horas antes de morir no admite ambigüedad.
Hay figuras históricas cuyo pensamiento se cita mucho y se lee poco. José Antonio Primo de Rivera es una de ellas. Su prosa —que sus adversarios más honestos reconocen brillante— ha sido troceada en consignas, y su fe, cuando no se ignora, se despacha como un adorno retórico de su tiempo. Conviene entonces volver a los documentos. Y entre todos ellos hay uno que no admite lectura interesada: el testamento que redactó, de su puño y letra, en la prisión provincial de Alicante el 18 de noviembre de 1936, condenado a muerte, a las cinco de la tarde.
La reciente biografía que Homo Legens recupera —la que Giorgio Almirante escribió sobre el fundador de Falange, con prólogo de José Javier Esparza— tiene el mérito de reproducir ese testamento íntegro. Y su lectura obliga a una conclusión incómoda para el relato que presenta a un José Antonio meramente político, un pensador nacional al que la religión le quedaba a un lado. El hombre que escribe ante la muerte no deja lugar a esa interpretación.
Un documento que no busca la galería
Lo primero que sorprende del testamento es lo que no hace. José Antonio, que sabía cuánto pesaría cada palabra suya, renuncia expresamente al gesto heroico. Se defendió ante el tribunal, escribe, «con los mejores recursos de mi oficio de abogado», y no para «granjearme con gallardías de oropel la póstuma reputación de héroe». Quien esperase de él la pose del mártir romántico se equivoca de hombre. Precisamente por eso su fe no puede leerse como impostura: no está actuando para nadie.
Sobre ese fondo de sobriedad, las referencias a Dios no son ornamentales, sino estructurales. El texto se abre encomendándose:
«Condenado ayer a muerte, pido a Dios que, si todavía no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia».
No es la frase de un deísta cultural. Es la de un católico que cree en el juicio particular, en el mérito y en la misericordia, y que se sabe pecador: pide que su muerte sea aceptada «en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida». Es la gramática exacta de la reconciliación cristiana ante el final.
El perdón sin excepción
El testamento no se limita a esperar el perdón de Dios: lo practica como rezamos en el padrenuestro. En la misma página en que ordena su muerte, José Antonio se detiene a saldar cuentas con los hombres. No pide clemencia para sí ni maldice a quienes lo han condenado. Perdona:
«Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico».
La fórmula «sin ninguna excepción» no es un giro piadoso de trámite. La escribe un hombre encarcelado por sus adversarios, juzgado por un Tribunal Popular, a horas de ser fusilado. El perdón alcanza, por tanto, a sus propios verdugos. Y le acompaña la petición inversa —que le perdonen a él—, que revela una conciencia que no se cree inocente ni superior a nadie. Almirante recoge además el gesto extremo del cadalso, cuando José Antonio se dirige a quienes van a matarlo: «Yo no os odio. ¿Por qué me odiáis vosotros, por qué me matáis?». No es la bravata del héroe, sino el eco literal del perdón del Evangelio pronunciado ante los que ejecutan la sentencia.
La cláusula que lo dice todo
Si alguna duda quedara, la despeja la primera de las cláusulas dispositivas, la que abre su última voluntad jurídica:
«Deseo ser enterrado conforme al rito de la Religión Católica, Apostólica, Romana que profeso, en tierra bendita y bajo el amparo de la Santa Cruz».
El verbo es decisivo: profeso, en presente. No «la religión en que fui educado» ni «la de mis padres», sino la que sostiene como propia en el instante de mayor verdad que conoce un hombre. Y hay un detalle que casi nunca se cita y que resulta aún más revelador, porque no es una declaración de principios, sino un acto: entre las instrucciones a sus albaceas, José Antonio ordena destruir «cualesquiera libros prohibidos por la Iglesia o de perniciosa lectura que pudieran hallarse entre los míos». Sometía su propia biblioteca al juicio de la Iglesia. Difícilmente cabe gesto más elocuente de obediencia doctrinal —y menos sospechoso de postureo— que el de un condenado a muerte preocupado de que no sobreviva entre sus papeles nada contrario a la fe.
Las cartas: rosario y confesión
El testamento no es un rapto aislado de piedad. Las cartas de esos dos últimos días, que Almirante recoge, lo confirman. A su tía monja le escribe con serenidad casi luminosa: «Estoy preparado para morir bien, si Dios quiere que muera, y para vivir mejor que hasta ahora, si Dios dispone que viva». Y a «tía Ma» le confía, con la naturalidad de quien describe una costumbre, no una excepción:
«He confesado y estoy muy tranquilo… Además, desde que nos metieron en este proceso feroz, me estaba preparando, por si llegaba este momento. Todos los días he hecho oración y he rezado el rosario».
Confesión sacramental, oración diaria, rezo del rosario: la práctica ordinaria de un católico, sostenida en la cárcel sin público que la aplaudiera. La noche del testamento lo visita además un anciano sacerdote también preso, el padre Planelles, que días después caería asesinado en la misma prisión. José Antonio muere, en fin, como quien ha ordenado su alma antes que sus bienes.
«Ojalá fuera la mía la última sangre»
Del perdón brota lo más alto del documento, y lo que más nítidamente lo separa de sus contemporáneos. José Antonio no cierra su testamento pidiendo venganza ni prometiendo el desquite de los suyos. Pide lo contrario: que la guerra acabe, empezando por él.
«Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la patria, el pan y la justicia».
Conviene medir la distancia moral de esta frase respecto del clima que la rodeaba. En una España que se despeñaba hacia la matanza indiscriminada, donde la sangre del adversario se contabilizaba como victoria y se reclamaba más, el condenado de Alicante ofrece la suya con la esperanza expresa de que sea la última. No pide que corra más sangre en su nombre: pide que no corra ninguna. Frente a quienes hacían del odio un programa y de la sangre ajena un mérito, José Antonio deja escrito el deseo de un pueblo reconciliado en «la patria, el pan y la justicia». Es la misma lógica que ya había expresado en vida al reclamar para su movimiento una «batalla no de venganza, sino de reivindicación», y al proclamar como lema que «lo que importa es estar seguro de que se obedece a una ley de amor». Se puede discrepar de su política; no se puede, sin faltar a la verdad, situar esas palabras del lado del rencor.
Contra dos manipulaciones
Reconocida la fe personal, el honrado con la historia exige señalar también sus límites, porque de la religiosidad de José Antonio se ha abusado en dos direcciones opuestas. La primera la niega: presenta a un político laico cuya fe sería anecdótica. Los documentos la desmienten sin esfuerzo. La segunda, más sutil, la sobreexplota: convierte su catolicismo en coartada de un proyecto político, como si su credo bastara para bautizar sin matices toda su doctrina.
El propio José Antonio puso freno a esa segunda tentación. Rechazó hacer de Falange «un movimiento confesional ligado a la jerarquía», distinguiendo el orden de la política del de la Iglesia. Su famosa afirmación de que «no hay más que dos maneras serias de vivir: la manera religiosa y la manera militar» pertenece a una estética heroica de la existencia tanto como a una teología, y merece leerse con esa doble luz. La cautela es debida: una cosa es constatar que José Antonio era católico —lo era, y hondamente— y otra distinta anexionar su fe a una causa terrena. La primera afirmación la sostiene el testamento; la segunda excede lo que un documento puede probar, y el lector prudente hará bien en no confundirlas.
Por qué importa hoy
Devolver a José Antonio su dimensión religiosa no es un ejercicio de piedad partidista, sino de honradez intelectual. Un pensador se traiciona igual cuando se le amputa lo que fue que cuando se le atribuye lo que no dijo. El testamento de Alicante no es un panfleto: es la última voluntad de un hombre de treinta y tres años que perdona a sus enemigos, se confía a la misericordia de Dios y pide ser enterrado bajo la Santa Cruz. Leerlo entero —cosa que esta biografía por fin permite al lector español— es la mejor vacuna contra las manipulaciones. Los documentos, cuando se leen sin prisa, tienen esa costumbre incómoda de decir lo que dicen.
Giorgio Almirante, José Antonio Primo de Rivera, con prólogos de José Javier Esparza y Blas Piñar, está disponible en Bibliotheca Homo Legens.

