Por Mons. Thomas G. Guarino
Como todo el mundo sabe a esta altura, la ordenación de obispos llevada a cabo por la Fraternidad San Pío X (FSSPX) dio como resultado la excomunión automática de los seis obispos implicados. No importa cómo maquille su estatus canónico, la Fraternidad se encuentra hoy definitivamente fuera de la Iglesia Católica.
En la medida en que la FSSPX niega la autenticidad del Vaticano II, este resultado era inevitable. Después de todo, el propio Papa León estuvo uniendo a la Iglesia en torno al Concilio, dedicando sus audiencias semanales a examinar y alabar profusamente la enseñanza conciliar.
No se puede argumentar con coherencia, como hace la FSSPX, que el Vaticano II no fue un concilio legítimo. (Los acontecimientos posteriores, por supuesto, pueden debatirse, y lo son, dentro de la Iglesia). De hecho, el gran sínodo tiene todas las marcas de un auténtico concilio ecuménico de la Iglesia Católica. ¿Cuáles son estas marcas?
• El Concilio fue convocado formalmente por el obispo de Roma, Juan XXIII.
• Una enorme cantidad de obispos, más de 2.500 de todo el mundo, se reunió en el Concilio para debatir y deliberar entre 1962 y 1965.
• Todos los obispos pudieron hablar libremente o, si lo deseaban, presentar comentarios por escrito (que luego fueron examinados minuciosamente por la Comisión Teológica).
• La Comisión Teológica (donde se redactaron o revisaron los documentos conciliares) estuvo compuesta por una mezcla de obispos y teólogos más conservadores y más progresistas. Una revisión de sus diarios revela que incluso los puntos más pequeños se debatieron libremente y con gran extensión.
• Cualquiera que estudie los textos del Vaticano II verá el extraordinario cuidado y equilibrio logrado por los documentos, que pasaron por numerosos borradores antes de la votación final.
• Pablo VI insistió siempre en que se atendieran adecuadamente las preocupaciones de la minoría (más conservadora). Para citar solo dos ejemplos: a último momento, Pablo ordenó diecinueve cambios en el Decreto sobre el Ecumenismo (Unitatis Redintegratio) para satisfacer a aquellos obispos que querían un acento más fuerte en la verdad mediada por la Sagrada Tradición. En segundo lugar, Pablo insistió en la Nota Explicativa Praevia adjunta a la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium). Esta nota interpretativa se añadió para garantizar, en lenguaje jurídico-canónico, que el primado papal no sufriera ningún tipo de peligro a causa de la colegialidad episcopal.
• Cada uno de los dieciséis documentos conciliares fue aprobado por una abrumadora mayoría de votos.
• Cada uno de los documentos fue promulgado formalmente por el Obispo de Roma, Pablo VI.
En verdad, uno podría plantear con mayor facilidad dudas sobre el Concilio Vaticano Primero, celebrado en 1869-1870. En ese concilio, a los oradores episcopales se los acalló a gritos en ocasiones, y unos setenta obispos abandonaron Roma para no votar “non placet” sobre la infalibilidad del magisterio papal.
El argumento contra la legitimidad del Vaticano II, formulado por el fundador de la FSSPX, el arzobispo Marcel Lefebvre, es directo. Él y su movimiento sostienen que el concilio más reciente cumplió el viejo sueño del catolicismo liberal: casar a la Iglesia con la Revolución Francesa.
Se afirma que el Concilio traicionó la antigua fe católica al incorporar los tres principios fundamentales de la revolución de 1789: liberté, égalité y fraternité. La declaración conciliar sobre la libertad religiosa (Dignitatis Humanae) es poco más que la “libertad” de la revolución, lo que conduce de manera inexorable al indiferentismo en materia religiosa, socavando así la verdad católica.
Y al promover la colegialidad episcopal, Lumen Gentium hizo causa común con la noción revolucionaria de “igualdad”, hablando como si todos los obispos fueran iguales, erosionando en el proceso la autoridad y el primado del Papa.
Y la “fraternidad” revolucionaria puede encontrarse más claramente en el Decreto sobre el Ecumenismo, en el cual la FSSPX sostiene que a los despreciables heréticos ahora se los llama con facilidad “hermanos separados”.
También es central para el argumento de la FSSPX una declaración de Yves Congar, uno de los peritos teológicos importantes en el Vaticano II. En octubre de 1963, el Concilio realizó varias votaciones para orientar el trabajo de quienes componían Lumen Gentium. Los votos respaldaron de manera abrumadora la importancia de la colegialidad episcopal.
Sobre estas votaciones, Congar escribió en su diario: “La Iglesia llevó a cabo pacíficamente su revolución de octubre”. Esta no fue quizás la frase más feliz, pero pretendía indicar que, tras un largo período con un papado autocrático, el colegio de obispos había recuperado su autoridad suprema en el gobierno de la Iglesia; aunque, como afirma la Constitución Dogmática, esta autoridad debe ejercerse siempre “junto con su cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta cabeza”.
Congar difícilmente pretendía, como argumenta la FSSPX, comparar el Vaticano II con la Revolución Bolchevique. Al contrario, Lumen Gentium está en continuidad fundamental con la enseñanza anterior de la Iglesia, preservando claramente el primado papal incluso al mismo tiempo que defiende la autoridad apostólica del colegio episcopal.
Un efecto de claroscuro acompaña a toda enseñanza conciliar, y así fue siempre. Algunas enseñanzas en las que se haga hincapié dejarán necesariamente a otras en las sombras. Y enseñanzas que habían estado en las sombras son, a veces, resaltadas de nuevo.
En el Vaticano II, la colegialidad episcopal equilibró el acento previo del Vaticano I en la autoridad papal. Y el acento del concilio más reciente en el sacerdocio universal de los fieles tuvo como objetivo equilibrar el legítimo acento de Trento en el sacerdocio ministerial.
Ciertamente se puede sostener que algunos énfasis del Vaticano II necesitan un mayor equilibrio. Pero hay un abismo de diferencia entre buscar un mayor equilibrio y rechazar las enseñanzas auténticas de un concilio ecuménico.
El Vaticano II fue un sínodo extraordinariamente fructífero, con avances considerables en el ecumenismo, el diálogo interreligioso y la libertad religiosa. Para utilizar el lenguaje del teólogo del siglo V San Vicente de Lérins, los documentos conciliares permitieron un verdadero avance de la fe (profectus fidei), no una alteración de la fe (permutatio fidei).
En verdad, no existe ningún fundamento teológico sólido sobre el cual la FSSPX pueda sostenerse. Sembraron vientos y hoy cosechan tempestades.
Sobre el autor
El Mons. Thomas G. Guarino es profesor emérito de Teología Sistemática en la Universidad de Seton Hall. Es autor de The Disputed Teachings of Vatican ll: Continuity and Reversal in Catholic Doctrine y Vincent of Lérins and the Development of Christian Doctrine (Foundations of Theological Exegesis and Christian Spirituality).