Hay artículos que no piden una respuesta teológica, sino un exorcismo. No porque haya que jugar a las caricaturas ni porque todo disparate progresista merezca automáticamente una etiqueta demoníaca, sino porque a veces la inversión es tan perfecta, tan redonda, tan milimétricamente anticristiana, que uno empieza a sospechar que ya no estamos ante una simple confusión intelectual.
El texto publicado por Religión Digital, tomado de katholisch.de y firmado por tres teólogas alemanas, contra la veneración de Santa María Goretti como “mártir de la pureza” pertenece a esa categoría. Las autoras no se limitan a pedir prudencia pastoral, ni a advertir contra catequesis mal formuladas, ni a recordar algo evidente: que una víctima de violación jamás pierde su dignidad ni comete pecado por sufrir una agresión. Eso sería legítimo. Eso sería incluso necesario si se hiciera desde la fe católica.
Lo que hacen es otra cosa. Mucho más grave.
Toman a una niña santa de once años, asesinada por resistirse a una agresión sexual, y la someten al tribunal de la ideología contemporánea. Donde la Iglesia ha visto durante décadas una mártir, ellas ven un relato problemático. Donde los fieles han visto pureza, ellas ven represión. Donde la tradición ha visto heroísmo cristiano, ellas ven trauma. Donde hay perdón, ellas sospechan de violencia simbólica. Donde hay gracia, ellas detectan una construcción patriarcal.
La operación es conocida. Primero se concede que María Goretti fue víctima de un crimen brutal. Después se dice que la Iglesia, al presentarla como “mártir de la pureza”, habría instrumentalizado su historia para imponer a niñas y mujeres una moral opresiva. Luego aparece el vocabulario obligatorio: género, trauma, abuso, poder, mitos de la violación, inversión de víctima y agresor. Y al final, como siempre, la conclusión ya estaba escrita antes de empezar: la categoría tradicional debe caer.
Nunca falla. La virginidad molesta. La pureza molesta. La castidad molesta. El martirio molesta. El perdón cristiano molesta. La santidad femenina solo resulta aceptable si se la desactiva antes, si se la convierte en víctima pura y simple, si se la vacía de toda dimensión sobrenatural. María Goretti puede dar pena, pero no puede ser modelo. Puede ser llorada, pero no venerada. Puede ser usada contra la Iglesia, pero no presentada como fruto de la gracia.
Aquí se ve el problema real. No es Santa María Goretti quien necesita ser reinterpretada por tres teólogas alemanas. Son esas teólogas quienes necesitan que alguien les vuelva a explicar el cristianismo desde el principio. Y, visto el resultado, quizá con un buen exorcista presente en la sala.
Porque hay algo profundamente torcido en considerar sospechosa la resistencia de una niña al pecado y no sospechosa la maquinaria intelectual que necesita desmontar esa resistencia para hacerla compatible con la sensibilidad feminista del momento. Hay algo enfermo en mirar a una mártir de once años y preguntarse no qué nos enseña su fidelidad, sino qué peligros pedagógicos produce su culto. Hay algo espiritualmente invertido en presentar la pureza como una amenaza y la sospecha ideológica como liberación.
La Iglesia no enseña que una mujer violada pierda la pureza. No enseña que una víctima de abuso peque por no resistirse hasta la muerte. No enseña que sobrevivir sea una culpa. Si alguien ha predicado eso, lo ha predicado mal. San Agustín ya dejó claro que la castidad no se pierde por la violencia sufrida. El pecado está en el agresor, no en la víctima. Esto no es una concesión moderna. Es doctrina cristiana elemental.
Pero precisamente por eso resulta tramposo utilizar posibles deformaciones pastorales para atacar la categoría misma de “mártir de la pureza”. María Goretti no es santa porque la Iglesia crea que la dignidad de una niña depende de una condición física. Es santa porque, en una situación extrema, eligió no consentir el mal. Es santa porque prefirió morir antes que pecar. Es santa porque perdonó cristianamente a su asesino. Es santa porque en ella se manifestó algo que el mundo moderno ya no soporta: que el alma existe, que el pecado existe y que hay bienes más altos que la propia supervivencia.
Ese es el núcleo del escándalo. Para la mentalidad contemporánea, el cuerpo es el último absoluto. Para el cristianismo, no. Para la mentalidad contemporánea, lo supremo es seguir viviendo. Para el cristianismo, no siempre. Para la mentalidad contemporánea, cualquier discurso sobre castidad suena a represión. Para el cristianismo, la castidad es una virtud. Para la mentalidad contemporánea, perdonar al enemigo parece una forma de abuso añadido. Para el cristianismo, el perdón es una de las señales más altas de la gracia.
Por eso el choque es inevitable. No estamos ante dos matices pastorales dentro de la misma fe. Estamos ante dos religiones distintas. Una cree en la gracia, el pecado, la virtud, la castidad, el perdón y el martirio. La otra cree en el trauma, la sospecha, la estructura, el género, el poder y la revisión permanente de toda santidad que no encaje con sus dogmas.
Y esta segunda religión ya tiene sus sacerdotisas.
Lo más revelador del artículo es su incapacidad para mirar la inocencia sin diseccionarla. A María Goretti no se la contempla: se la problematiza. No se la venera: se la analiza. No se recibe su testimonio: se lo somete a sospecha. La niña asesinada acaba convertida en una pieza más de la acusación general contra la Iglesia. Al agresor se le condena, sí, pero el verdadero objetivo del texto no es Alessandro Serenelli. El objetivo es la tradición católica que ha visto en María Goretti una mártir.
Esa es la jugada.
Se dice defender a las víctimas, pero se termina despojando a una víctima santa de su santidad. Se dice combatir la culpabilización, pero se acaba insinuando que la Iglesia ha venerado durante décadas una imagen dañina. Se dice hablar desde la teología, pero se habla desde un aparato conceptual que ya ha decidido que casi toda categoría católica tradicional es sospechosa hasta que demuestre lo contrario. Se dice buscar una lectura más humana, pero lo que desaparece es precisamente lo más humano de María Goretti: su libertad asistida por la gracia.
Porque María Goretti no fue una muñeca piadosa ni un símbolo fabricado por curas obsesionados con la sexualidad. Fue una niña cristiana que, ante el mal, dijo no. Y ese no sigue resonando más de un siglo después. Molesta a los agresores, por supuesto. Pero también molesta a quienes han construido una teología entera para hacer imposible la palabra pecado.
Ahí es donde el asunto empieza a oler a azufre.
No porque toda crítica pastoral venga del demonio. No porque no haya habido abusos, silencios, torpezas o predicaciones culpabilizadoras dentro de ambientes católicos. Los ha habido, y algunos gravísimos. Pero una cosa es purificar la predicación católica y otra muy distinta es someter la santidad al lenguaje del mundo hasta que deje de ser reconocible. Una cosa es proteger a las víctimas y otra convertir a una santa en problema. Una cosa es aclarar que la violación no mancha a quien la sufre y otra sugerir que venerar a una niña mártir de la pureza ya no es sostenible.
Eso último no es purificación. Es demolición.
Y contra ciertas demoliciones no basta una nota al pie, ni un simposio, ni otro documento lleno de “perspectiva de género”. Hace falta algo más antiguo, más serio y bastante menos alemán: agua bendita, latín y un sacerdote que sepa lo que tiene entre manos.
Porque si una teología mira a Santa María Goretti y lo primero que ve es un mito dañino, el problema no está en la santa. Está en esa teología. Si una teología ya no puede soportar la palabra pureza, el problema no está en la palabra. Si una teología necesita rebajar el martirio a material traumático, el problema no está en el martirio. Si una teología convierte la gracia en sospecha y la castidad en opresión, no necesita una actualización: necesita exorcismo.
Santa María Goretti no debe ser rescatada de la Iglesia. La Iglesia debe rescatarse de quienes han perdido la capacidad de reconocer la santidad cuando la tienen delante.