TRIBUNA. El fracaso de León XIV

Por: Pedro Gómez Carrizo

TRIBUNA. El fracaso de León XIV

Hubo un tiempo en que la excomunión podía poner de rodillas a un emperador o provocar la apostasía de una nación entera. Pero la excomunión ya no es lo que era, y eso por obra de esa misma Iglesia que hoy la esgrime contra la FSSPX. La historia conoce esos ecos disminuidos, esas tragedias que se repiten como farsas de las que habló Marx al identificar a Napoleón III como ridículo remedo de su tío. Tampoco León XIV es Gregorio VII. 

Pero si farsa ya es un término bastante apropiado para describir este caso, teniendo a Tucho Fernández, con toda su ejecutoria de despropósitos a cuestas, liderando la excomunión, disponemos de un término todavía más apropiado para describirlo. Nos lo proporcionó el gran Valle-Inclán, y como ya habrán adivinado el término es esperpento. Con el aludido cardenal, y con el flamante pontífice que lo respalda, el Derecho Canónico ha ido a pasearse por el Callejón del Gato. Sí, ahí tenemos al custodio (sic) de la Doctrina de la Fe convertido en una deformación grotesca de su propio oficio. La imagen del censor de Écône aparece en el fondo del vaso con el Código en ristre después de haber hecho de la doctrina una materia viscosa, adaptable, sentimental, contextual, líquida… Un espantajo así revestido de púrpura habría hecho las delicias de Valle-Inclán, que sabría sacarle el mejor partido al efecto teatral de esa excomunión. 

Tomarse uno tan trágicamente en serio cuando hace tiempo que ha perdido toda compostura provoca una emoción compuesta de varios ingredientes, entre los que se cuentan el asombro y la risa, incluso la vergüenza ajena, pero no desde luego el temor reverencial. Que semejante personaje promueva una excomunión en nombre de la pureza de la comunión eclesial es simplemente el colmo. Es el colmo porque uno de los aspectos que más distancian a los excomulgados de los excomulgadores es que aquéllos denuncian, precisamente, hasta qué punto éstos han vaciado de sentido sus actos.

La doctrina es poco más que el informe de un grupo de trabajo, siempre pendiente del contexto; la moral se ha ido disolviendo en esa misericordia sin juicio que acompaña al pecador procurando no incomodarlo; la liturgia sufre desde hace décadas la creatividad parroquial; Alemania lleva años ensayando el cisma por fascículos y el Partido Comunista de China ordenando obispos; la Curia coloca a cardenales al servicio de religiosas prefectas, mientras las parejas homosexuales son bendecidas siempre que no recen en latín; lo pastoral no es ya conducir las almas hacia la verdad, sino dorar esa píldora, hasta ocultarla por completo, y la sinodalidad ha logrado que viejas herejías renazcan relucientes recién salidas de una sesión de  brainstorming. No extraña que con semejante vaciamiento la Doctrina de la Fe haya acabado en manos de un cardenal que discute a Ratzinger, sin vergüenza, coqueteando con la teología contextual. 

Sí, para este prefecto, avalado por el nuevo Papa, los actos eclesiales no son más que ruido. También lo es la excomunión, pese a ser la pena máxima de la Iglesia, pues incluso las armas más graves se vuelven ridículas cuando las empuña quien ha convertido su propio mando en materia opinable. ¿Cómo pretende Roma que su excomunión se tome en serio después de haberse consagrado a demostrar que todo, o casi, podía ser matizado, contextualizado, negociado, tolerado, reinterpretado o bendecido con una nota al pie? Es Roma misma la que ha devaluado durante décadas el lenguaje con el que ahora pretende juzgar. No debería sorprenderse de que su teología líquida no impresione. ¿O acaso no todo el mundo es bueno, excomulgado o no?

Esa Roma que desordena sus propios signos de gobierno y luego pretende que suene aterradora su orden penal, se ha ganado a pulso que su gesto más solemne pueda sonar, en demasiados oídos católicos, como el pito del sereno. No tienen derecho a quejarse.

Max Weber habría entendido la escena al instante: ninguna autoridad vive sólo de la orden. Roma conserva toda la potestad, pero ha malgastado una gran parte del crédito de su autoridad. Y eso no se recupera fácilmente. Se gana por coherencia, proporción, justicia y fidelidad al depósito de la fe… ¡Y ni siquiera se ha dado el primer paso! Cuando uno está hundido lo que debe hacer es dejar de cavar, y el cavador Fernández nunca suelta la pala. Su excomunión falla dos veces: jurídicamente, porque con una Nota pretende proyectar sobre sacerdotes, fieles y adherentes la condición cismática que sólo puede declarar con forma penal de Decreto; políticamente, porque dispara desde una autoridad que lleva años mojando su propia pólvora.

Así, la sentencia se disuelve en el voluntarismo de quien toma por realidad jurídica lo que apenas alcanza a formular como amenaza. Víctor Manuel Fernández ha conseguido la proeza de convertir la pena máxima de la Iglesia en un esperpento de técnica canónica y en una confesión pública de impotencia.

Y con esa impotencia revela también su debilidad. Seguro que Carl Schmitt se habría sonreído ante la acción de Roma por considerar hasta qué punto dejaba ver la costura. Quien administra la excepción señala dónde reconoce el peligro, y mientras Roma ha creado excepciones a diestro y siniestro para lo más inadmisible, ha colocado ante Écône la frontera infranqueable. Esa «selectividad de la excepción» delata las carencias de la autoridad: con Alemania todo es proceso, con Écône, límite absoluto.

La Iglesia postconciliar ha descubierto al fin que el Infierno no está vacío, pero solo ve ahí a los seguidores de Lefebvre. Estos hijos son los únicos a los que se les da piedra cuando piden pan. No existe mejor manera de confesar que el problema no es la desobediencia, sino la dirección en que se desobedece.

La incapacidad de León XIV para gestionar esa desobediencia me ha hecho pensar, por contraste, en el rey de El Principito. Saint-Exupéry concedió a este personaje una prudencia que Prevost no ha demostrado poseer. Aquel monarca esperaba el ocaso para mandar al sol que se pusiera. Conocía una verdad elemental del gobierno: la orden que nace vencida no engrandece al soberano, lo expone, y León XIV ha estrenado su pontificado con esa exposición. La primera gran escena de su reinado ha sido la administración solemne de una fractura.

Queriendo aparecer como garante de la comunión, Prevost ha quedado retratado como heredero de una autoridad malgastada. Ha recibido una Roma habituada a tolerar lo intolerable y tras encomendar la delicada tarea al hombre que simboliza la peor deriva doctrinal, ha escogido responder a Écône con el gesto más severo cuando su propia palabra ya había sido públicamente ignorada. Sin restaurar el orden, ha levantado acta de que no había logrado imponerlo. 

Si la firma es de Tucho, el fracaso es de León XIV.

«Queremos la fe de la Iglesia para permanecer en la Iglesia. Y queremos la Iglesia por la fe y en la fe», eso ha dicho Pagliarani, y es algo que ni el Papa que los excomulga pone en duda. Écône habla de conservar, recibir, transmitir; habla de sacerdotes que celebren la Misa, prediquen la fe y administren los sacramentos como la Iglesia los recibió. Y a todo esto Roma responde con su potestad de gobierno.

Mostrar el músculo del poder es fácil, pero no parece la mejor manera de recuperar autoridad. Porque lo que ya no se logra con tanta facilidad es convencer de que esa preocupación de la FSSPX nació de una indisciplina intolerable y no de una genuina y santa necesidad, atendida para la Gloria de Dios, para el bien de las almas y para la propia santificación de sus miembros y seguidores, ahora excomulgados o amenazados torpemente de excomunión.

Demasiados católicos hemos padecido los restos de su incendio como para aceptar sin más que los refugiados sean los incendiarios. Esperemos en Cristo la bendición del Papa a sus hijos de la Fraternidad.

 

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