El estado de necesidad, a vista de cardenal

El estado de necesidad, a vista de cardenal

Uno, que no ha tenido ocasión de gobernar dicasterio alguno ni de que un sacerdote le sostenga la mitra mientras se arrodilla, ha aprendido a desconfiar de los hombres que resuelven los problemas ajenos desde la comodidad de no padecerlos. Es un viejo defecto del oficio teológico y, antes que del teológico, del cortesano: Versalles estaba lleno de gente sinceramente convencida de que en Francia se comía de maravilla, y la dama que supuestamente recomendó pasteles a quien no tenía pan no lo decía por crueldad, sino por una entrañable, casi conmovedora incapacidad de imaginar una cocina vacía. Qu’ils mangent de la brioche. No hay mala fe en la frase. Hay tabique.

Viene esto a cuento de las recientes declaraciones del cardenal Raymond Burke sobre las consagraciones episcopales de la Fraternidad de San Pío X y sobre el célebre «estado de necesidad» que los lefebvrianos esgrimen para justificarlas. Su Eminencia lo despacha sin pestañear: la situación actual, dice, no constituye un estado de necesidad. Y uno, que de derecho canónico sabe lo justo para no meterse en pleitos, recuerda sin embargo aquel axioma que los canonistas repiten desde hace siglos y que el cardenal, antiguo prefecto de la Signatura, domina infinitamente mejor que quien esto escribe: necessitas non habet legem, la necesidad carece de ley. Máxima formidable y peligrosísima, porque antes de declararla inexistente conviene responder a una pregunta que Su Eminencia sortea con elegancia episcopal: la necesidad, ¿de quién?

Una cosa es la fe que subsiste de iure en la Iglesia —que Cristo permanece con ella hasta la consumación de los siglos, que los medios de la gracia están ahí, íntegros, garantizados, indefectibles— y otra muy distinta es la fe que llega de facto al cristiano de a pie un domingo cualquiera en una parroquia de extrarradio. Lo primero es dogma, y uno no piensa discutírselo al cardenal: faltaría más. Cuando Burke afirma que el Señor prometió no abandonarnos y que ninguna circunstancia, por dura que sea, autoriza un acto intrínsecamente malo, lleva toda la razón del mundo, y conviene decirlo sin ambages para que nadie confunda estas líneas con una apología del cisma, que no lo son. El reparo es otro, y bastante más incómodo: que la indefectibilidad de la Iglesia responde a una pregunta que nadie le estaba formulando.

Porque quien invoca el estado de necesidad —con acierto o sin él, ésa es harina de otro costal— no niega que Cristo siga en su Iglesia. Dice algo más terrenal y más verificable: que el acceso concreto a la fe íntegra, a una liturgia que no le sonroje, a una predicación que no le deje peor de lo que entró, se le ha vuelto cuesta arriba. Y a esa objeción, que es de hecho, el cardenal responde con una verdad de derecho. Es como contestar a quien se lamenta de que en su barrio no hay panadería recitándole la composición química del pan. El pan existe, en efecto. La pregunta era si llega.

Es en este punto donde la biografía, que uno preferiría no airear pero que el propio argumento reclama, se vuelve pertinente. Su Eminencia tiene el problema del acceso resuelto de un modo que al fiel común le resulta sencillamente inalcanzable. Vive —cuando no está en su Wisconsin natal, irradiando claridad doctrinal desde el magnífico santuario que él mismo promovió— en un amplio apartamento a pocos pasos de la columnata de Bernini; el mismo, dicho sea como curiosidad, del que Francisco quiso desalojarlo en 2023 y del que, andando el tiempo, no lo desalojó nadie: conservó la vista de San Pedro tras una audiencia con Bergoglio y varios meses de silencio. Dispone de capilla propia. Tiene a su servicio sacerdotes bien formados, que le disponen el altar con la pulcritud devota de un orfebre flamenco. Y tiene unas monjas que cuidan, con la abnegación callada de tantas almas buenas, de que la ropa del cardenal regrese al cajón impecablemente doblada, calzoncillos incluidos.

No hay en ello pecado alguno: así han vivido siempre los príncipes de la Iglesia. Lo que hay, insisto, es tabique. Quien tiene garantizada cada mañana una liturgia inmaculada y una doctrina sin grumos puede, con la conciencia más tranquila del mundo, no apreciar la necesidad, porque para él, sencillamente, no existe. De iure y de facto coinciden en su persona con una felicidad que no se concede al resto de los bautizados. Y es desde esa coincidencia afortunada —desde esa torre de cristal con sacristía incorporada— desde donde Su Eminencia certifica que el acceso a la fe no está en cuestión, igual que la dama de Versalles zanjaba el hambre de Francia entre dos bocados.

Pero el fiel común no tiene capilla ni orfebre. Tiene a Paco. Paco es el párroco de su barrio, hombre probablemente bienintencionado y seguramente exhausto, que celebra la misa de doce como le sale —seamos finos— de las posaderas: con su guitarra desafinada, su homilía sobre la inclusión y el reciclaje, su rito de la paz convertido en junta de vecinos y su comunión repartida con el desparpajo de quien entrega propaganda en un semáforo.

A ese fiel, que sale de misa algo más solo de lo que entró, el estado de necesidad no hay que explicárselo con jurisprudencia de la Signatura. Lo padece cada domingo a las doce, y lo padece precisamente porque a él de iure y de facto no le coinciden: sabe que la Iglesia custodia el tesoro, pero a su parroquia no termina de bajar.

Conste que uno no extrae de todo esto ninguna licencia para que nadie consagre obispos por su cuenta y riesgo: No tengo opinión propia al respecto, como de tantas otras controversias. Pero una cosa sí tengo clara: que un purpurado a quien la crisis le llega filtrada, planchada y servida a su temperatura no es, con todos los respetos, el perito más fiable para extender el certificado de que la crisis no aprieta. Se comprende, por lo demás, que no la vea: el mismo Colegio Cardenalicio que, invitado el año pasado a enderezar el rumbo, despachó el trámite encumbrando en la cuarta votación a un hombre del pontificado anterior, parece compartir con Su Eminencia cierta dificultad congénita para asomarse a la ventana.

Será cosa de las ventanas vaticanas, que dan todas a un patio precioso.

Así que sí, Eminencia: lleva usted razón, no hay estado de necesidad. No lo hay en su capilla. Baje un domingo cualquiera a la de Paco sin previo aviso, siéntese en el último banco, entre la señora del carrito de la compra y el adolescente que ha llegado antes para confesar los excesos de la noche pasada y no ha encontrado luz en el confesionario, y aguante la misa entera, de cabo a rabo. Después, si aún le quedan ánimos, vuelve usted y nos firma que la necesidad es un invento de cuatro.

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