Sinodalidad, familia, paz y Doctrina Social: las diez claves del discurso de León XIV al cerrar el consistorio

Sinodalidad, familia, paz y Doctrina Social: las diez claves del discurso de León XIV al cerrar el consistorio

Con un discurso que va mucho más allá de un simple balance de los trabajos realizados durante los dos días de consistorio extraordinario, León XIV sintetizó las principales cuestiones debatidas durante las sesiones y dejó entrever las prioridades pastorales y de gobierno que pretende impulsar en los próximos años.

Lejos de presentar un catálogo de medidas concretas, el Pontífice propuso una lectura espiritual y eclesial de los desafíos actuales de la Iglesia y del mundo. La aplicación del Sínodo, la familia, la paz, la Doctrina Social de la Iglesia, el papel de los laicos, el acompañamiento a los jóvenes o la renovación del propio consistorio fueron algunos de los grandes ejes de un discurso que ayuda a comprender la dirección que León XIV quiere imprimir a su pontificado.

1. La aplicación del Sínodo entra en una nueva etapa

León XIV pidió a los cardenales implicarse personalmente en la aplicación del Sínodo en las Iglesias particulares.

«Os pido que lo acompañéis con convicción en las Iglesias a las que servís, favoreciendo una comprensión auténtica y animando a todos a participar en él: se trata de ayudar a nuestras Iglesias a crecer en un estilo cada vez más evangélico.»

El Papa explicó también cuál considera que es la verdadera cuestión de la sinodalidad.

«La cuestión de la sinodalidad no es, ante todo: «¿Quién tiene el poder de decidir?». La pregunta es más profunda: «¿Cómo custodiamos juntos el don que el Señor ha confiado a su Iglesia?».»

2. La sinodalidad no es un método de trabajo

El Pontífice quiso precisar qué entiende por sinodalidad.

«La sinodalidad no es un conjunto de reuniones ni un método de trabajo. Es un estilo espiritual.»

Y añadió:

«Nace del encuentro, crece en la escucha y madura en el discernimiento.»

3. La paz comienza en el corazón

Al reflexionar sobre las guerras y los conflictos, León XIV señaló dónde nace realmente la violencia.

«Antes de manifestarse en la historia, la guerra nace dentro de nosotros, cuando la sospecha ocupa el lugar de la confianza, el miedo sustituye a la esperanza y el otro es percibido como una amenaza.»

Frente a ello, recordó el camino cristiano hacia la reconciliación.

«De un corazón reconciliado pueden brotar palabras desarmadas, relaciones nuevas y una paz capaz de alcanzar también a los pueblos.»

4. Frente a la cultura del poder, una cultura de cooperación

El Papa advirtió que la raíz de los conflictos es más profunda que las tensiones entre Estados.

«La guerra no es solamente un conflicto entre Estados. Nace mucho antes, de una cultura del poder que atraviesa nuestra manera de pensar, de vivir las relaciones, de ejercer la autoridad, de utilizar la economía, la tecnología e incluso la religión.»

Como respuesta, propuso reconstruir una cultura distinta.

«La respuesta exige reconstruir una cultura de la cooperación y del diálogo, capaz de dar nueva fuerza también al multilateralismo, para que los pueblos aprendan de nuevo a buscar juntos el bien común de toda la familia humana.»

5. La familia sigue siendo una prioridad

León XIV volvió a poner a la familia en el centro de la vida social y eclesial.

«Allí donde la familia es sostenida y acompañada, crece una escuela de relaciones, de solidaridad y de esperanza; allí donde está herida o aislada, toda la sociedad sufre las consecuencias.»

Además, anunció un próximo encuentro para evaluar la recepción de Amoris laetitia.

«En octubre tendremos un encuentro con los jefes de las Iglesias orientales y los presidentes de las Conferencias Episcopales para evaluar los pasos dados después de Amoris laetitia.»

6. Los jóvenes interpelan a la Iglesia

El Papa manifestó su preocupación por el sufrimiento que viven muchos jóvenes.

«En sus preguntas, pero también en el sufrimiento que a veces los conduce hasta la desesperación —e incluso hasta la desesperación extrema de quitarse la vida—, habéis reconocido una de las heridas más profundas de nuestro tiempo.»

Al mismo tiempo, destacó el valor de su búsqueda.

«Su búsqueda de autenticidad, de relaciones verdaderas y de sentido nos recuerda que el Evangelio sigue respondiendo a las expectativas más profundas del corazón humano.»

7. La Doctrina Social debe ocupar un lugar central

León XIV defendió una mayor presencia de la Doctrina Social de la Iglesia en la vida de las comunidades.

«Habéis expresado el deseo de que se convierta cada vez más en un patrimonio vivo de nuestras comunidades, en un criterio ordinario para la formación de las conciencias y el discernimiento pastoral.»

Y recordó que esta no ofrece recetas prefabricadas.

«No ofrece soluciones prefabricadas, sino que educa a la Iglesia en una manera evangélica de habitar la realidad, interpretarla y orientar responsablemente la acción.»

8. Profundizar en la legítima defensa

El Pontífice recogió una de las propuestas surgidas durante el consistorio.

«Varios grupos subrayaron la conveniencia de seguir profundizando en el tema de la legítima defensa a la luz de las profundas transformaciones que se han producido en la naturaleza de los conflictos contemporáneos.»

Y añadió:

«Esta reflexión merece seguir desarrollándose con el necesario rigor teológico y pastoral.»

9. El consistorio no es un parlamento

León XIV quiso definir cuál debe ser la naturaleza de estas reuniones del Colegio Cardenalicio.

«No un parlamento, no un congreso en el que prevalezcan opiniones o intereses, sino una experiencia de comunión al servicio de la misión.»

Además, confirmó su intención de mantener este formato en el futuro.

«Deseo dar continuidad a este encuentro anual a partir del próximo año.»

10. Dios quiere la paz para todos los pueblos

El Papa concluyó su intervención con un llamamiento dirigido a toda la Iglesia y al mundo entero.

«Dios desea la paz para cada nación y para cada pueblo. Por eso no debemos resignarnos a la violencia.»

Y terminó con una invitación a comprometerse activamente con la reconciliación.

«La violencia no tendrá la última palabra. Dios sigue abriendo en la historia caminos de reconciliación y de paz. Tenemos la responsabilidad de recorrerlos con valentía y de ayudar al mundo a reconocerlos.»

Dejamos a continuación el discurso completo de León XIV:

Antes de entrar en la reflexión conclusiva, deseo expresar nuestra cercanía, la mía y la de todo el Colegio Cardenalicio, al pueblo de Venezuela, duramente golpeado por el violento terremoto de estos días. Aseguramos nuestra oración por las víctimas, por sus familias y por cuantos sufren las consecuencias de esta tragedia. Encomendamos también al Señor a todos los que están comprometidos en las labores de socorro y pedimos que no falte la solidaridad de las comunidades internacionales hacia esa querida Nación.

Queridos hermanos cardenales, llegamos ahora al final de estos días con un profundo sentimiento de gratitud. Os doy las gracias por la libertad, la fraternidad y el sentido eclesial con los que habéis participado en nuestros trabajos. Me llevo conmigo no solo el contenido de vuestras reflexiones, sino también la experiencia que las ha hecho posibles. Durante estos días hemos buscado juntos la voluntad del Señor, convencidos de que Cristo sigue actuando en su Iglesia: es Él quien nos precede, nos reúne, habla a través de los hermanos y nos guía en la misión. Todo nace de Él y todo vuelve a Él. Por eso, ver a cardenales procedentes de Iglesias, culturas y situaciones tan diversas escucharse mutuamente y buscar juntos lo que mejor sirve al Evangelio ha sido para mí un motivo de consuelo y de esperanza.

Comenzamos estos días dejándonos guiar por la imagen del buen samaritano: un hombre que se detiene ante el hermano herido, se deja conmover en lo más profundo de sus entrañas y se hace cargo de él. Quisiera ahora despedirnos con otro icono evangélico: el de los discípulos de Emaús. También ellos caminan marcados por la tristeza y la decepción, pero el Señor se hace compañero de camino, escucha sus preguntas, abre las Escrituras, hace arder su corazón y transforma su caminar. Me gusta pensar que también lo que hemos vivido en estos días tiene algo de esta experiencia: hemos caminado juntos, nos hemos escuchado mutuamente y, si hemos dejado espacio al Señor, Él ha vuelto a encender en nuestros corazones la esperanza y ahora nos envía de nuevo a nuestras Iglesias para reanudar el camino con una mirada renovada.

La reflexión conclusiva sobre el camino sinodal nos ha ayudado a releer lo que hemos vivido durante estos días. Me parece que la cuestión de la sinodalidad no es, ante todo: «¿Quién tiene el poder de decidir?». La pregunta es más profunda: «¿Cómo custodiamos juntos el don que el Señor ha confiado a su Iglesia?». Cuando esta pregunta se convierte en el centro de nuestro discernimiento, también las cuestiones de la autoridad, de la corresponsabilidad y de las decisiones encuentran su lugar adecuado, iluminadas por la misión y por la fidelidad común al Evangelio. Por eso, deseo confiaros una vez más el camino de aplicación del Sínodo. Os pido que lo acompañéis con convicción en las Iglesias a las que servís, favoreciendo una comprensión auténtica del mismo y animando a todos a participar en él: se trata de ayudar a nuestras Iglesias a crecer en un estilo cada vez más evangélico.

Permitidme insistir, como hemos escuchado al cardenal Grech: la sinodalidad no es un conjunto de reuniones ni un método de trabajo. Es un estilo espiritual. Nace del encuentro, crece en la escucha y madura en el discernimiento. La verdadera pregunta no es cuántas conversaciones seremos capaces de organizar, sino qué calidad evangélica tendrán nuestros encuentros. Cuando nos escuchamos con humildad y libertad, dejando espacio al Espíritu, nuestras conversaciones no se quedan en un intercambio de ideas, sino que se convierten en un lugar de conversión, en el que crecemos juntos en la fidelidad al Señor.

Repensando las conversaciones de estos días, me llevo ante todo la mirada con la que habéis contemplado el mundo en la primera sesión. Muchos de vosotros habéis relatado los sufrimientos provocados por las guerras, las violencias, las pobrezas y las muchas injusticias que marcan la vida de los pueblos. Sin embargo, no os habéis detenido a describirlas. Detrás de estos dramas habéis reconocido un sufrimiento aún más profundo: la soledad, la crisis de las relaciones, la pérdida de la esperanza, la dificultad para reconocerse mutuamente como hermanos y hermanas. Es una mirada que no aparta los ojos de las heridas del mundo, sino que busca sus raíces, reconociendo, a menudo escondidas en ellas, una renovada búsqueda de sentido, de autenticidad, de espiritualidad y de comunidad. Muchos buscan hoy esperanza y relaciones verdaderas.

Me ha impresionado, en particular, la manera en que habéis hablado de los jóvenes. En sus preguntas, pero también en el sufrimiento que a veces los conduce hasta la desesperación —e incluso hasta la desesperación extrema de quitarse la vida—, habéis reconocido una de las heridas más profundas de nuestro tiempo. Pero también habéis sabido reconocer en ello la acción del Espíritu. Su búsqueda de autenticidad, de relaciones verdaderas y de sentido nos recuerda que el Evangelio sigue respondiendo a las expectativas más profundas del corazón humano. Escucharles a ellos y a sus familias con humildad es también un camino por el que el Señor continúa convirtiendo a la Iglesia.

Muchos de vosotros habéis recordado también a la familia. Allí donde es sostenida y acompañada, crece una escuela de relaciones, de solidaridad y de esperanza; allí donde está herida o aislada, toda la sociedad sufre las consecuencias. En octubre tendremos un encuentro con los jefes de las Iglesias orientales y los presidentes de las Conferencias Episcopales para evaluar los pasos dados tras Amoris laetitia. Participarán también algunas familias que compartirán sus experiencias. Su presencia es esencial, pero espero que todos los que asistan se preparen escuchando de cerca y llevando consigo la experiencia de las familias de sus Iglesias.

Así habéis tratado de escuchar lo que las heridas del mundo revelan sobre el corazón del hombre. Es precisamente allí, en el corazón, donde también se decide la paz. Antes de manifestarse en la historia, la guerra nace dentro de nosotros, cuando la sospecha ocupa el lugar de la confianza, el miedo sustituye a la esperanza y el otro es percibido como una amenaza. Pero es en ese mismo corazón donde Cristo continúa encontrándonos, hablándonos y convirtiéndonos. De un corazón reconciliado pueden brotar palabras desarmadas, relaciones nuevas y una paz capaz de alcanzar también a los pueblos.

La segunda sesión nos llevó a dar un paso más. Me parece que habéis captado con gran claridad una de las intuiciones de la Magnifica humanitas: la guerra no es solamente un conflicto entre Estados. Nace mucho antes, de una cultura del poder que atraviesa nuestra manera de pensar, de vivir las relaciones, de ejercer la autoridad, de utilizar la economía, la tecnología e incluso la religión. Si esta es la raíz de la crisis, la respuesta exige reconstruir una cultura de la cooperación y del diálogo, capaz de dar nueva fuerza también al multilateralismo, para que los pueblos aprendan de nuevo a buscar juntos el bien común de toda la familia humana. En este camino, la contribución de los fieles laicos comprometidos en la vida pública es esencial: necesitan la cercanía y el apoyo de la comunidad eclesial para vivir la «caridad política» que habéis recordado. Esa misma cultura de la cooperación crece también mediante el diálogo ecuménico e interreligioso, que no atenúa nuestra identidad cristiana, sino que la hace capaz de servir, junto con los demás, al bien común y a la paz.

He encontrado particularmente valiosa la manera en que algunos de vosotros habéis abordado el tema de la respuesta no violenta frente a las múltiples formas de violencia. Se trata de una forma profundamente evangélica de habitar la historia, fruto de la contemplación del modo de actuar de Jesús. No consiste en renunciar al conflicto ni en adoptar una actitud pasiva, sino en elegir afrontarlo sin reproducir su lógica. No renuncia a la verdad ni calla ante el mal, pero rechaza defenderla mediante la violencia y convertir al otro en un enemigo: comienza desarmándose a sí misma. Así revela la lógica de la Pascua, en la que el amor se manifiesta más fuerte que el odio y el perdón rompe la espiral de la venganza. Esa es la fuerza del Crucificado resucitado: una fuerza que no destruye al enemigo, sino que hace posible volver a encontrar a un hermano.

Desde esta perspectiva, varios grupos subrayaron la conveniencia de seguir profundizando en el tema de la legítima defensa a la luz de las profundas transformaciones que se han producido en la naturaleza de los conflictos contemporáneos. Esta reflexión merece seguir desarrollándose con el necesario rigor teológico y pastoral.

He acogido también con particular interés vuestra insistencia en la Doctrina Social de la Iglesia. Habéis expresado el deseo de que se convierta cada vez más en un patrimonio vivo de nuestras comunidades, en un criterio ordinario para la formación de las conciencias y el discernimiento pastoral. No ofrece soluciones prefabricadas, sino que educa a la Iglesia en una manera evangélica de habitar la realidad, interpretarla y orientar responsablemente la acción.

También me ha llamado la atención otra convergencia. Muchos de vosotros habéis observado que hoy el bien común no es simplemente un objetivo que perseguir: es una realidad que debemos redescubrir juntos. Vivimos un tiempo en el que resulta difícil incluso reconocer qué es verdaderamente bueno para todos. Por eso, arraigada en Cristo, la Iglesia está llamada a custodiar espacios de encuentro, de escucha y de diálogo en los que pueda madurar una renovada cultura del bien común. Esto exige también un paciente trabajo educativo que ayude a reconocer la dignidad inviolable de toda persona y la responsabilidad que nos une unos a otros. En este camino, los pobres no son solamente destinatarios de nuestro cuidado, sino protagonistas de la esperanza que Dios sigue suscitando en la historia.

De muchas de vuestras reflexiones ha surgido con fuerza otra convicción. Mientras nos interrogábamos sobre las responsabilidades de la Iglesia en el mundo de hoy, habéis recordado continuamente la importancia del testimonio, de la cercanía, de la formación de las conciencias y de la construcción de comunidades fraternas y creíbles. Este testimonio nace del encuentro con Cristo, de su Palabra y de los Sacramentos, en los que el Señor sostiene a su pueblo y lo hace capaz de servir al mundo con la fuerza del Evangelio. La Iglesia está llamada a ser cada vez más aquello que proclama. Es sobre este fundamento donde también las necesarias reformas de las estructuras, de las instituciones y de los procesos pueden dar fruto.

Así, estos días fortalecen mi esperanza. No solo por lo que hemos compartido, sino por la manera en que lo hemos hecho. En un tiempo marcado por la polarización, también el modo en que la Iglesia escucha y dialoga forma parte de su anuncio. Si sabemos seguir buscando juntos la voluntad del Señor, dejándonos guiar por el Espíritu Santo, estoy seguro de que nuestra comunión será cada vez más fecunda para la misión de la Iglesia y para el servicio a toda la familia humana.

Creo que, poco a poco, estamos redescubriendo el significado más auténtico del Consistorio: la reunión del Colegio Cardenalicio en torno al Sucesor de Pedro para que, mediante la escucha recíproca y el discernimiento común, el Espíritu Santo ayude al Papa a guiar a la Iglesia. No un parlamento, ni un congreso en el que prevalezcan opiniones o intereses, sino una experiencia de comunión al servicio de la misión. Lo que aprendemos a vivir durante estos días no concierne solo al Colegio Cardenalicio. Es un estilo que estamos llamados a promover en toda la Iglesia, para que cada bautizado, según su propia vocación y responsabilidad, participe en la construcción de la civilización del amor y en el servicio al bien común. Como ya os he adelantado, deseo dar continuidad a este encuentro anual a partir del próximo año. Aún no he fijado la fecha: espero poder comunicárosla hacia finales de este año.

Este Consistorio ha sido un momento precioso, pero no debe quedar como una cita aislada. En toda la Iglesia deseamos promover espacios en los que el Pueblo de Dios pueda escucharse, orar, discernir y caminar unido. Esa es el alma del proceso de aplicación del Sínodo. Ese será también el espíritu del próximo encuentro dedicado a Amoris laetitia y de muchas otras iniciativas que el Señor nos pedirá vivir. Lo importante no es multiplicar los encuentros, sino aprender a vivir encuentros en los que, escuchándonos mutuamente, aprendamos juntos a escuchar al Señor.

Antes de concluir deseo acoger el llamamiento unánime que ha surgido de este Consistorio y hacerlo mío. Más aún, quisiera que lo hiciéramos juntos mediante estas palabras. Digámoslo a nuestros hermanos obispos, a las Iglesias confiadas a nuestro ministerio y a todos los pueblos de la tierra: Dios desea la paz para cada nación y para cada pueblo. Por eso no debemos resignarnos a la violencia. La violencia no tendrá la última palabra. Dios sigue abriendo en la historia caminos de reconciliación y de paz. Tenemos la responsabilidad de recorrerlos con valentía y de ayudar al mundo a reconocerlos.

Hermanos, os doy las gracias de corazón por vuestra contribución, así como a los relatores, los moderadores y a todos aquellos que, con generosidad y discreción, han hecho posibles estas jornadas de trabajo y de fraternidad. Gracias por ayudarme, una vez más, a reconocer la obra que Cristo sigue realizando en medio de su pueblo y en el mundo. Encomendemos los frutos de este Consistorio a la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia. Que ella nos enseñe a custodiar la unidad en la diversidad y a servir al Evangelio de la paz con humildad, valentía y esperanza. ¡Gracias!

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