Sujétame el cubata

Sujétame el cubata

Hay imágenes que resumen una forma de entender la liturgia mejor que cien tratados. Las fotografías de Víctor Manuel Fernández, «Tucho», elevando la hostia mientras sostiene el cáliz con la misma mano, introduciendo sus dedos dentro del cáliz con la naturalidad con la que cualquiera sujetaría una copa en un botellón, escandaliza no solo por una cuestión de rúbricas, sino por una cuestión de sentido común católico.

Durante siglos, los sacerdotes fueron educados en una auténtica pedagogía de la reverencia. Tras la consagración, mantenían unidos el dedo pulgar y el índice en la elevación del cáliz para evitar que se perdiera la más mínima partícula de la Hostia. Purificaban cuidadosamente el cáliz para que ninguna gota de la Preciosísima Sangre quedara abandonada en sus paredes. Trataban los vasos sagrados con una delicadeza que hoy muchos consideran exagerada. Pero la Iglesia nunca pensó que fuera exagerada. Si realmente creemos que allí está el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ¿cómo podría ser excesiva la reverencia?

Mel Gibson comprendió perfectamente esta realidad en una de las escenas más conmovedoras de La Pasión de Cristo. Tras la flagelación, la Virgen y María Magdalena limpian cuidadosamente del suelo la sangre derramada por Nuestro Señor. Es una catequesis visual. La misma lógica que lleva a María a recoger la sangre de Cristo del pavimento, dijo Gibson, es la que debe llevar a los sacerdotes a purificar con esmero el cáliz después de la comunión, queriendo recordárselo en esta escena cinematográfica.

Por eso resulta tan chocante contemplar el principal vaso sagrado del altar sostenido de una forma tan descuidada por todo un cardenal Prefecto del Dicasterio para Doctrina de la Fe. Cualquier sacerdote mínimamente consciente de lo que tiene entre las manos procura transmitir exactamente lo contrario: estabilidad, seguridad, respeto y veneración.

Basta ver otras celebraciones del cardenal Fernández para comprobar que estamos ante una costumbre. Una costumbre que refleja una familiaridad excesiva con aquello que debería inspirar el máximo respeto.

Quizá algunos consideren que todo esto son detalles insignificantes. Pero la historia de la liturgia católica está construida precisamente sobre la convicción contraria: los detalles importan porque hablan de lo esencial.

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