El testamento espiritual del cardenal Camillo Ruini, una de las figuras más influyentes de la Iglesia italiana de las últimas décadas, ha sido publicado íntegramente por el portal italiano Messainlatino.it después de que el documento fuera citado por el papa León XIV durante su homilía en la Misa fúnebre.
El texto, fechado el 3 de junio de 2016, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, ofrece una amplia reflexión personal sobre la vida, el sacerdocio y el servicio episcopal del que fuera presidente de la Conferencia Episcopal Italiana y vicario del Papa para la diócesis de Roma durante más de dos décadas.
Gratitud por una vida al servicio de la Iglesia
A lo largo de su testamento, Ruini realiza un extenso examen de conciencia marcado por el agradecimiento a Dios por la fe recibida, la vocación sacerdotal y los años de ministerio. El cardenal recuerda con especial afecto a sus familiares, formadores y colaboradores más cercanos, así como a los numerosos sacerdotes y laicos con quienes compartió su servicio eclesial.
También dedica palabras de reconocimiento al Concilio Vaticano II, que afirma haber vivido «con alegría», al tiempo que reivindica su oposición a lo que considera las «derivas posconciliares» que surgieron en algunos ambientes eclesiales.
Ruini presenta además su nombramiento episcopal como una gracia inesperada que revitalizó su vocación y recuerda especialmente su estrecha colaboración con san Juan Pablo II durante más de veinte años.
El recuerdo de Juan Pablo II y Benedicto XVI
El cardenal describe a Juan Pablo II como una figura decisiva en su vida espiritual y pastoral. En su testamento afirma haber experimentado en él una manifestación concreta de la presencia de Dios, destacando su vida de oración, su fortaleza en la fe y su capacidad para amar y perdonar.
Asimismo, expresa su agradecimiento hacia Benedicto XVI, con quien colaboró durante los primeros años de su pontificado y por quien manifiesta un afecto que, según escribe, seguía manteniéndose vivo cuando redactó el documento.
Las palabras sobre el papa Francisco
Sobre el pontificado de Francisco, Ruini recuerda que recibió con alegría su elección en 2013 y que procuró apoyarlo desde el principio.
«También hoy me alegro y le agradezco su extraordinario impulso evangelizador», escribe el cardenal.
Sin embargo, a continuación reconoce una inquietud personal respecto a algunas decisiones y orientaciones eclesiales impulsadas durante ese pontificado.
«Debo confesar, sin embargo, que me encuentro en una situación de incomodidad, no ciertamente por motivos personales, sino porque me cuesta comprender algunas orientaciones que me parecen reabrir heridas que, después del Concilio, apenas habían sido cicatrizadas», señala en el documento.
Un examen de conciencia marcado por la humildad
El documento está atravesado por numerosas confesiones personales. Ruini reconoce la insuficiencia de su respuesta al amor de Dios, la debilidad de su vida espiritual y las tentaciones contra la fe que afirma haber experimentado a lo largo de su existencia.
También admite que en ocasiones actuó con excesiva dureza en el ejercicio de sus responsabilidades y pide perdón a quienes pudieron sentirse heridos por sus decisiones.
En uno de los pasajes más personales del texto, el cardenal reconoce que su fe, aunque constante desde la infancia, nunca alcanzó la profundidad que habría deseado para sostener plenamente una vida entregada a Dios y a los demás.
Prepararse para el encuentro definitivo con Dios
El testamento concluye con una meditación sobre la vejez, la pérdida progresiva de fuerzas y la preparación para la muerte. Ruini contempla esta etapa como una oportunidad providencial para disponerse al encuentro definitivo con Dios.
«Padre rico en misericordia, concédeme a mí y a todos mis hermanos en humanidad la gracia de la perseverancia final», escribe en las últimas líneas del documento.
La publicación íntegra de este testamento espiritual ofrece una mirada privilegiada al pensamiento y a la vida interior de uno de los protagonistas más relevantes del catolicismo italiano de las últimas décadas, cuyas reflexiones continúan suscitando interés dentro y fuera de la Iglesia.
Dejamos a continuación el testamento completo:
Testamento espiritual de Camillo Ruini
Acción de gracias y petición de arrepentimiento a Dios y a los hermanos.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Te doy gracias, Señor, por la larga vida que me has dado, por haberme hecho cristiano, por la llamada al sacerdocio y por mis muchos años como sacerdote y luego como obispo. Te doy gracias por haber sido y seguir siendo tan amado, por mis padres Francesco e Iolanda, por mi hermana Donata, por mis abuelos Idelberto y Maria y por mi tío Guido, con quienes viví: su afecto me dio fuerza y seguridad durante toda mi vida. Te doy gracias por la otra abuela, Emma, por los tíos Riccardo y Tina, por mi primo Carlo y su esposa Carla y por los demás familiares. Te doy gracias por ser amado y cuidado con tanta dedicación por mi fidelísima Pierina, amado y atendido con gran generosidad por mi secretario Don Mauro, ahora obispo de Tivoli, por Mara, que quiso permanecer a mi lado incluso después del final de mi mandato como Cardenal Vicario, por Don Nicola, Angela, Claudia de la CEI y muchos otros colaboradores míos. Y, en la vida doméstica, por Palmizia, Sergio y Raffaella.
Te doy gracias, Señor, por los amigos de Sassuolo, por mi párroco Mons. Zelindo Pelluti, por Don Dino Carretti, que me guio y acompañó en la acogida de la vocación sacerdotal. Te doy gracias por los años de formación en el Colegio Capranica y en la Universidad Gregoriana, por los superiores, profesores, compañeros y amigos que tuve, en particular los recordados Don Osvaldo Ronzon, Don Valerio Massucci, Don Nicola Battarelli y Don Nicolino Barra. Te doy gracias por mi servicio como sacerdote y profesor en Reggio Emilia, por mis obispos Beniamino Socche y sobre todo Gilberto Baroni, de quien tanto recibí y tanto aprendí, por los muchos sacerdotes y laicos, hombres y mujeres de varias generaciones, especialmente por aquellos que incluso ahora están más cerca de mí: de ellos recibí no menos de lo que traté de dar. Te doy gracias por el Concilio Vaticano II, por haberlo vivido y haber contribuido a hacerlo vivir con alegría en Reggio Emilia, y también por haberme dado la lucidez y la fuerza para oponerme a las desviaciones posconciliares.
Después, Señor, cuando cierto cansancio amenazaba con oprimir mi sacerdocio, tú tuviste piedad de mí y, con sorpresa y desconcierto, me llamaste al episcopado: fue una gracia tan grande como inmerecida, una renovación y un fortalecimiento de mi vocación. Desde entonces se multiplicaron quienes rezan por mí y según mis intenciones, supliendo la pobreza de mi oración. Desde entonces, en poco tiempo, me convertí en una figura pública, aunque siempre procuré seguir siendo una persona sencilla: en este sentido, seguir siendo el de antes.
Una gracia completamente especial fue para mí Juan Pablo II. Desde el comienzo de su ministerio vi realizarse en él aquello que percibía confusamente dentro de mí y que Pablo VI ya había señalado, entre muchas resistencias e incomprensiones. Nunca, sin embargo, habría imaginado convertirme en un colaborador directo suyo, como lo fui durante más de veinte años, desde el otoño de 1984, cuando se preparaba el Congreso de Loreto, hasta su muerte. En Juan Pablo II experimenté tu presencia, Señor; pude tocar con mis manos la unión en la oración, la inseparabilidad entre oración, vida y apostolado, el valor de la fe que guía la historia, la capacidad de amar y de perdonar. Por culpa mía, Señor, traté de seguir su ejemplo en aquello que correspondía a mi inclinación, pero mucho menos en aquello que habría remediado mis más graves carencias.
En concreto, durante los veintidós años de mi ministerio romano, en la CEI y en el Vicariato, espero, Señor, haber actuado no por intereses personales sino por los objetivos que me habían sido confiados y que compartía de todo corazón: así superé resistencias y hostilidades nada pequeñas, especialmente al principio, tanto en la CEI como en el Vicariato. Reconozco y confieso, sin embargo, que a veces actué con dureza de fondo, bajo formas generalmente —aunque no siempre— amables: por ello pido perdón al Señor y a todas las personas, vivas y difuntas, a quienes causé dolor. Pero debo darte gracias, Señor, por las personas con las que tuve la alegría de colaborar: en particular Mons. Giovanni Battista Re y Mons. Stanislao Dziwisz, los secretarios de la CEI Mons. Dionigi Tettamanzi, Mons. Ennio Antonelli y Mons. Giuseppe Betori, los vicegerentes de Roma Mons. Remigio Ragonesi, Mons. Cesare Nosiglia, Mons. Luigi Moretti, Annick Johnson, Dino Boffo, Sergio Belardinelli, Vittorio Sozzi, el recordado Mons. Giuseppe Cacciari, el cardenal Angelo Scola, pero también muchísimos otros, entre ellos los párrocos de Roma y los directores de las oficinas de la CEI y del Vicariato: con no pocos de ellos he mantenido un vínculo duradero.
Ahora llevo ocho años como emérito y te doy gracias, Señor, por haberme concedido todo este tiempo para prepararme para el encuentro supremo contigo, pero también te pido perdón por haber utilizado muy poco este tiempo con ese propósito. En verdad, hasta ahora he sido un emérito muy ocupado, por diversos encargos que he recibido y sobre todo porque me he dedicado a la pasión por el estudio que nació en mí durante la adolescencia y que después siempre me ha acompañado. Los temas que he elegido, Dios y la vida después de la muerte, por sí mismos disponen al encuentro contigo, y los dos libros en los que los he condensado pretenden ser una contribución, aunque mínima, a la evangelización. Sin embargo, en la práctica, el trabajo de escribir no ha favorecido la libertad de mi espíritu para la oración.
Pero las causas de esta escasa libertad son sobre todo mis pecados y la debilidad de mi respuesta al amor del Señor: estas cosas quisiera confesar, esperando no escandalizar a nadie, sino estimular a rezar por mí y a hacerlo mejor que yo. Confieso ante todo la pequeñez de mi fe. Desde pequeño tuve el don de la fe y recé mis oraciones; la fe me ha acompañado y sostenido siempre hasta hoy, particularmente al acoger la llamada al sacerdocio. A defender la fe me dediqué, ya desde mis años de estudiante de bachillerato, sin timidez ni miedo. Traté de profundizar mediante el estudio en sus contenidos y en sus razones, de proponerla y defenderla con pasión y convicción. A pesar de todo esto, sin embargo, en el secreto de mi corazón siempre fui tentado precisamente en la fe, aunque, por gracia de Dios, creo no haber cedido nunca a la tentación. Concretamente, mi fe era y sigue siendo insuficiente para sostener y animar una vida que debería estar totalmente dedicada a Dios y a los hermanos. Señor, ten piedad de mí y fortaléceme en la fe, en la última y decisiva etapa de mi camino terrenal.
Virgen María, nuestra dulce Madre, intercede para que el amor de Dios llene mi corazón y me conceda la verdadera libertad. «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hechos 20,35): esta palabra de Jesús ha sido para mí siempre casi una evidencia y una inclinación natural, vinculada también al hecho de que nunca me encontré en la necesidad. Así, gracias a la gran generosidad de mis padres y de mi hermana, durante todo el tiempo en que fui sacerdote en Reggio pude trabajar prácticamente gratis. Más tarde recibí mucho dinero, pero no incrementé los bienes de la familia, destinando lo superfluo a ayudar a personas en dificultad. También aquí, sin embargo, no puse en práctica la invitación del Señor a dejarlo todo para seguirlo y no renuncié a un nivel de vida sencillo pero cómodo.
Siempre he sido «papista» y doy gracias por ello al Señor y a mis formadores, en particular a los profesores de la Gregoriana. Después de Juan Pablo II, colaboré durante tres años con Benedicto XVI y le doy gracias de todo corazón, también por el afecto que todavía hoy me demuestra. Cuando fue elegido el papa Francisco me alegré y, en la medida de mis posibilidades, fui inmediatamente uno de sus partidarios. También hoy me alegro y le agradezco su extraordinario impulso evangelizador. Debo confesar, sin embargo, que me encuentro en una situación de incomodidad, ciertamente no por motivos personales, sino porque me cuesta comprender algunas orientaciones que me parecen reabrir heridas que, después del Concilio, apenas habían sido curadas. Pido humildemente al Señor que me convenza interiormente de que la Iglesia es suya y de que Él mismo cuida de ella, más allá de nuestras perspectivas humanas.
Señor, ayúdame a aceptar la pequeña cruz de mi decadencia, por ahora física, y la progresiva desaparición de mi papel: es la gracia que ahora me das para prepararme mejor al encuentro contigo.
Señor, solo tú sabes por qué me llamaste; tu amor es totalmente gratuito, inmerecido y creador. Haz que no lo rechace; perdóname también por haberlo eludido y defraudado ya demasiadas veces. Señor, Dios fiel, no te canses de amarme y de llamarme, de convertirme. Padre rico en misericordia, concede a mí y a todos mis hermanos en humanidad la gracia de la perseverancia final.
Roma, 3 de junio de 2016
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Camillo Card. Ruini