Por Anthony Esolen
El Departamento de Defensa causó revuelo recientemente debido a la decisión de eliminar a los mormones de la categoría de “cristianos”, con el fin de distinguir más claramente entre los capellanes y el personal militar respecto a quién podría asistirlos mejor en materia de fe y costumbres. La etiqueta parece estar pensada como un marcador genérico, ya que el departamento procedió a separar también a católicos, luteranos y pentecostales de dicha categoría, otorgando a cada uno un estatus distinto.
La decisión causó un alboroto y muchos sentimientos heridos entre los mormones, quienes insisten en que son cristianos y que consideran a Jesús como su Señor y Salvador. Estoy dispuesto a dar crédito a su seriedad, aunque lo que su iglesia enseña sobre el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, los ángeles y otros planetas me parece una selva de misticismo y utopismo estadounidense del siglo XIX.
Es como si la sensibilidad religiosa del norte de los Estados Unidos se hubiera topado con una bifurcación en el camino, y los unitarios hubieran ido en una dirección, hacia el intercambio de la fe por el mejoramiento social, la convencionalidad y vagos sentimientos internos; mientras que Joseph Smith fue en la otra, hacia la creación de mitos y la construcción de una sociedad desde sus cimientos. Cuál de ellos prevaleció parece obvio. ¿Dónde está el Coro del Tabernáculo Unitario?
La verdadera pregunta para los católicos no es si los mormones son cristianos, sino si todos nosotros, los católicos, somos católicos, o cristianos, en realidad. ¿Cuál es el estándar mínimo que divide lo cristiano de lo no cristiano?
Debe hallarse en la respuesta a la pregunta: “¿Quién es Cristo?”.
Tenemos esa pregunta respondida para nosotros en la Escritura. “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, dice Pedro. (Mateo 16, 16) “Él es la imagen del Dios invisible”, dice Pablo. (Colosenses 1, 15) Él es el Verbo, que en el principio estaba con Dios, y que es Dios, dice Juan. (Juan 1, 1)
Solo como tal puede Él ser nuestro Salvador, en lugar de un hombre meramente grande a quien debamos emular; aunque durante mucho tiempo, los unitarios y sus primos los cuáqueros desearon ardientemente en sus corazones honrar a Cristo como Señor, a pesar de que sus doctrinas lo habían degradado. Y ahora, según parece, ya ni se molestan por ello. Jesús bien podría ser Buda, o Buda ser Jesús.
Vaya uno a saber qué respuestas se pueden obtener de los católicos cuya asistencia a Misa es irregular. Sin duda variarán de una nación a otra. Me gustaría mucho creer que en Italia, la tierra de mis antepasados, el Hijo de Dios no ha sido despojado de Su trono junto al Padre, unido a Él en el seno del Espíritu Santo desde toda la eternidad. Pero quizás esté subestimando la corrosión que se instala con el credo del progreso humanitario y tecnológico, el cual debe relegar incluso a Jesús a una simple etapa del camino.
Supongamos que vamos más allá y, entre los católicos que están de acuerdo en que Jesús es el Hijo de Dios, coeterno con el Padre, les preguntamos sobre su presencia plena y real en la Eucaristía.
Según me cuentan, Martín Lutero, frustrado con el antivisualismo sacramental de Ulrico Zuinglio, sacó un cuchillo de su bolsillo y talló las palabras Hoc est corpus meum en la mesa donde estaban sentados, preguntándole: “¿Cuál de estas palabras no entendés?”.
¿Es el católico estadounidense menos sacramental que Lutero? O más bien, ¿en qué iglesias encontrará uno a tales católicos que no abracen esta enseñanza con pleno asentimiento y alegría? O bien no prestan atención a lo que dicen, o bien lo rodean de reservas, o bien lo dicen con una conciencia inquieta cuando rezan: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo”.
Un elemento central de toda la enseñanza católica sobre la vida social del hombre es el matrimonio, inscrito en la naturaleza corporal del hombre y de la mujer, instituido por Dios en el principio antes de la Caída, confirmado por Jesús y elevado a la dignidad de sacramento indisoluble. Sin el matrimonio y la familia, no hay una sociedad real a la cual aplicar las enseñanzas sociales, del mismo modo que la medicina no es aplicable a un cuerpo hecho pedazos.
Lo que vemos en su lugar entre nosotros es un espectro, un simulacro de lo social. Saqueen todos los bienes de los ricos y distribúyanlos por todas partes, y aun así no tendrán una sociedad, no cuando los hijos son pocos, los matrimonios son frágiles y el pueblo no es un pueblo sino un agregado, unido por ningún culto común, y ya ni siquiera por una cultura común; nada más que lo que los medios de comunicación de masas tengan para ofrecer.
Y sin embargo, nos encontramos con católicos que se enorgullecen de rechazar las enseñanzas de la Iglesia que se aplican al matrimonio y a la vida familiar, utilizando sus enseñanzas económicas y políticas como cobertura, lo cual es como entregar desodorante y maquillaje a alguien que agoniza por gangrena.
Yo no juzgo a ninguna alma aquí. Qué tan cerca pueda estar un mormón individual de Cristo, no lo puedo saber. Solo Dios puede saberlo. Lo mismo vale para el católico que es un cúmulo de confusión intelectual e incluso moral. Podría decir, a juzgar por sus creencias, que es un mal católico, o que no es católico en absoluto, tal vez ni siquiera cristiano.
Pero no es una novedad en el mundo que pueda haber malos cristianos y paganos virtuosos, en la medida en que las cosas aparecen ante nuestros ojos. El peligro no radica en cómo nos miran los demás, sino en cómo nos miramos a nosotros mismos, ya que la capacidad del hombre para el autoengaño es ilimitada.
Si nadie debería decir: “Soy un buen católico porque creo en todo lo que la Iglesia enseña”, entonces mucho menos debería alguien decir: “Soy un buen católico aunque no crea en todo lo que la Iglesia enseña”. Mucho menos: “Soy un buen católico porque no creo en lo que la Iglesia enseña por ahora”, presumiendo saber lo que ella va a enseñar en su lugar, como si pudiera contradecirse a sí misma sin destruir su esencia misma y su derecho a enseñar cualquier cosa.
Ahí, y no en lo que hizo el Departamento de Defensa, radica el verdadero problema.
Sobre el autor
Anthony Esolen es conferenciante, traductor y escritor. Entre sus libros se encuentran Out of the Ashes: Rebuilding American Culture, Nostalgia: Going Home in a Homeless World y, más recientemente, The Hundredfold: Songs for the Lord. Es profesor distinguido en el Thales College. No deje de visitar su nuevo sitio web, Word and Song.