¿A qué hay que adherirse para ser católico? Las dudas que deja el canutazo del Papa

¿A qué hay que adherirse para ser católico? Las dudas que deja el canutazo del Papa

León XIV ha dicho en un canutazo, camino del coche y casi de pasada, que la Fraternidad San Pío X estaría fuera de la comunión eclesial porque «se niega a aceptar algunos elementos fundamentales de la Iglesia, empezando por varios puntos del Concilio Vaticano II». Y como yo no soy de la Fraternidad, sino un mal católico que querría morir dentro de la Iglesia, las palabras del Papa me generan una duda preocupante: ¿qué tengo exactamente que creer para que no me pase a mí?

Porque «varios puntos del Concilio» es una frontera que debería estar bien delimitada. La Iglesia distingue entre dogmas, doctrinas definitivas y enseñanzas del magisterio auténtico. Si existe toda una arquitectura doctrinal destinada a precisar qué exige cada enseñanza, parece razonable pedir que se utilice precisamente cuando se habla de permanecer dentro o fuera de la comunión eclesial.

Por eso pregunto: ¿debo creer en Lumen gentium del mismo modo que creo en la divinidad de Cristo? ¿Debo creer en Dignitatis humanae con el mismo asentimiento con que creo en la Inmaculada Concepción? ¿Pertenece la libertad religiosa al depósito revelado o pertenece a una formulación prudencial aplicada a circunstancias históricas concretas? Y si la respuesta es la primera, ¿en qué momento fue definida como verdad revelada por Dios y propuesta como tal por la Iglesia?

Más aún: ¿debo adherirme únicamente al texto conciliar o también a una interpretación concreta del texto? Porque la experiencia de los últimos sesenta años parece indicar que la controversia no gira tanto en torno a las palabras escritas cuanto en torno a la lectura que debe hacerse de ellas. Si es obligatorio aceptar una determinada hermenéutica, entonces sería útil saber cuál es, quién la define y con qué grado de autoridad obliga.

Benedicto XVI consideró necesario dedicar un célebre discurso a explicar la llamada «hermenéutica de la continuidad». Pero si un documento requiere una teoría interpretativa completa para demostrar que no contradice formulaciones anteriores del magisterio, resulta difícil sostener al mismo tiempo que su significado es tan evidente que puede emplearse como criterio inmediato para determinar quién permanece plenamente dentro de la comunión de la Iglesia.

Lo mismo cabe preguntarse respecto de la liturgia. ¿Es obligatorio considerar la reforma litúrgica posterior al Concilio como la expresión más perfecta alcanzada por la Iglesia en su historia? ¿Debo creer que las nuevas plegarias eucarísticas de Bugnini constituyen una mejora respecto del Canon Romano recibido durante siglos? ¿Debo sostener que el ofertorio introducido tras la reforma expresa de manera más plena la teología de la Misa que las fórmulas tradicionales? ¿Es una cuestión de fe o una cuestión susceptible de legítima discusión?

La tradición católica siempre ha comprendido que el Credo y los dogmas definían la fe. Sin embargo, en la práctica contemporánea parece imponerse la lógica de considerar el Vaticano II no simplemente como un concilio ecuménico que debe ser recibido según la naturaleza propia de sus enseñanzas, sino como una especie de metacriterio o superdogma capaz de determinar retrospectivamente toda la ortodoxia católica.

No pregunto qué debo pensar para ser considerado progresista o conservador, ni qué interpretación prefieren determinados teólogos o determinados pontificados. Pregunto algo mucho más elemental: ¿qué debo creer exactamente para seguir siendo católico?, ¿a qué se refiere el Papa exactamente con esos «elementos fundamentales de la Iglesia» expresados en el Concilio Vaticano II sobre los que debemos asentir obligatoriamente para estar en comunión?

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