Lo mejor que ha dejado el viaje de León XIV a España no ocurrió en el Congreso de los Diputados ni en ninguna de las tribunas donde se le esperaba con libreta y titular preparado. Ocurrió el miércoles en la iglesia de San Agustín, en el Raval de Barcelona, cuando un niño de seis años llamado Renzo le preguntó al Papa si hay que perdonar siempre. Y el Papa, en lugar de despachar el trámite con una ternura fotogénica, hizo teología. Perdonar siempre, sí, setenta veces siete; pero hay que entender qué es perdonar. No es decir que el mal estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño, ni olvidar a la fuerza como si nada hubiera pasado. «Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón». Y añadió que Jesús nos lo pide porque es el único modo de experimentar la paz de Dios y sanar las heridas del alma; que al perdonar imitamos al Crucificado, que perdonó a sus verdugos; y que nuestra disposición a perdonar es condición del perdón que recibimos de Dios.
Eso es predicación católica. Distingue, corrige los equívocos sentimentales que rodean al perdón, lo ancla en el Evangelio y termina en lo decisivo: tu salvación está en juego. Cualquier bautizado que escuchara esas frases salió de allí con una tarea. Todos tenemos a alguien a quien no hemos perdonado, y todos sabemos quién es. El Papa, respondiendo a un niño, interpeló a cada alma presente, y a las ausentes.
El problema es que ese momento ha sido la excepción. Hagamos la cuenta con frialdad: veintidós alocuciones en seis días, entre discursos, homilías y saludos, ante parlamentarios, autoridades, cuerpo diplomático, obispos, mundo de la cultura, entidades sociales. Y de ese caudal, ¿cuánto se dirigía al católico corriente, al que paga el viaje con su colecta y sostiene la Iglesia con su fe? Una parte mínima. El resto hablaba de migración, de paz, de polarización, de dignidad humana como fundamento del ordenamiento jurídico, de la cultura del descarte. Discursos correctos unos y otros desafortunados, algunos notables, todos destinados a interlocutores que no estaban en los bancos: «Europa», «la comunidad internacional», los gobiernos, los medios que al día siguiente extraerían su frase. El fiel asistía como espectador a una conversación entre el Papa y los poderes de este mundo.
Y aquí vuelve la pregunta que ningún organizador del viaje querría escuchar: ¿qué puede hacer un católico de Zamora, o de Móstoles, o de Telde, para impedir que el Atlántico se llene de muertos? No negocia con Frontex, no legisla en Bruselas, no desmantela mafias en Nuakchot. Su radio de acción real mide unos pocos kilómetros y contiene una mujer, unos hijos, una madre anciana, un compañero insufrible, un camarero, un confesonario y un sagrario. Cuando se le exhorta a no permanecer indiferente ante el drama migratorio, se le encarga, en el mejor de los casos, un estado de ánimo: indignación difusa, solidaridad declarativa, la sensación confortable de estar del lado bueno por el módico precio de asentir. Nadie le ha nombrado su pecado, el suyo, el concreto, el que él sabe.
Que nadie tergiverse la tesis: no es que esos temas no importen. Importan, y la doctrina social de la Iglesia los ilumina. Pero justamente porque importan admiten mil matices —jurídicos, prudenciales, de soberanía y de caridad ordenada— que el género proclama no puede contener. Reducirlos a una fórmula que suscribiría sin pestañear cualquier eurodiputado, cualquier presentador y cualquier ONG con cargo a subvención, o cualquier miss, es decir, en términos sobrenaturales, casi nada. No porque sea falso o no, sino porque es poca cosa para un vicario de Cristo. El sucesor de Pedro dispone de un arsenal que ningún político posee —pecado, gracia, juicio, vida eterna— y renunciar a él para competir en el mercado de los lugares comunes morales es un mal negocio incluso en términos de eficacia: para análisis geopolítico el mundo ya tiene firmas mejores, y tanto.
Los antiguos llamaban novísimos a las cuatro cosas últimas: muerte, juicio, infierno y gloria. Generaciones de españoles fueron evangelizadas con esa gramática, que tenía un defecto, dicen, y una virtud indiscutible: se dirigía a cada alma por su nombre. Tú morirás, tú serás juzgado, tú puedes condenarte, tú estás llamado a la gloria. Nadie podía delegar su juicio particular en la comunidad internacional. Hoy esa predicación ha desaparecido del púlpito con tal limpieza que su sola mención suena a arqueología, sustituida por escatologías horizontales —el clima, el pacto migratorio, el futuro del planeta— donde la salvación y la condena son siempre colectivas, siempre políticas y siempre responsabilidad de otros. Lo del Raval demuestra que el registro antiguo sigue disponible y sigue funcionando: bastó un niño preguntando por el perdón para que el Papa hablara de la paz de Dios, de las heridas del alma y de la condición de nuestro propio perdón. Es decir, de los novísimos por su puerta de servicio.
¿Qué puede hacer, entonces, el católico de Zamora por los muertos del Atlántico? Puede rezar por ellos, que no es poco. Y puede convertirse hoy: perdonar al hermano con el que no se habla desde la herencia, visitar a la abuela que se apaga en una residencia, tratar con paciencia al camarero, no gritar a su mujer, confesarse, pasar por delante del Santísimo y entrar, enseñar a rezar a sus hijos, ofrecer sufragios por sus muertos. No está en su mano resolver los dramas del mundo; está en su mano volver a Dios esta tarde. El Papa se lo dijo a un niño de seis años en el barrio más pobre de Barcelona, y fue lo más grande que dijo en toda la semana. Si la pastoral de las grandes causas no parte de esa conversión concreta, podrá seguir cosechando aplausos y titulares. Pero sonará a lo que suena: a eslogan.