Tras su visita al puerto de Arguineguín, donde mantuvo un encuentro con entidades dedicadas a la acogida de inmigrantes, el papa León XIV se trasladó este jueves al casco histórico de Las Palmas de Gran Canaria para reunirse con obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas y agentes de pastoral en la Catedral de Santa Ana.
Antes de llegar al templo, el Pontífice recorrió en papamóvil las calles del barrio de Vegueta, donde fue saludado por miles de personas congregadas a lo largo del recorrido. A continuación accedió a la Catedral de Santa Ana, principal templo de la diócesis de Canarias, donde fue recibido por el obispo de Canarias, monseñor José Mazuelos Pérez.
Mazuelos alerta sobre la secularización
En sus palabras de bienvenida, el obispo de Canarias agradeció la presencia del Santo Padre y destacó la importancia de la visita para la Iglesia local.
«Su presencia entre nosotros fortalece nuestra fe, confirma nuestra comunión con la Iglesia universal y renueva nuestra esperanza como pueblo de Dios que peregrina en estas tierras atlánticas», afirmó.
Durante su intervención, Mazuelos describió algunos de los principales desafíos pastorales que afronta la diócesis, entre ellos el avance de la secularización, el debilitamiento de la práctica sacramental y las dificultades para transmitir la fe en las familias, especialmente entre los jóvenes.
A pesar de ello, el prelado insistió en que esta situación representa también una llamada a reforzar la misión evangelizadora de la Iglesia y pidió al Papa que confirmara a los fieles canarios en la fe y la esperanza.
Un llamamiento a renovar el impulso misionero
Tras la proclamación del Evangelio, intervino el sacerdote claretiano Santiago Cerrato Cáceres, quien agradeció la visita del Pontífice y la definió como un estímulo para la Iglesia en Canarias.
El sacerdote se refirió a las dificultades que afrontan sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos en su labor pastoral y pidió al Santo Padre que rezara por la Iglesia local para que continúe desarrollando su misión evangelizadora.
Asimismo, destacó la colaboración existente entre las distintas realidades eclesiales de la diócesis y evocó la figura de san Antonio María Claret como modelo de celo misionero para el tiempo presente.
Una llamada a la unidad y a la caridad
En su discurso, León XIV invitó a los presentes a permanecer firmemente arraigados en Cristo, a fortalecer la comunión eclesial y a cultivar una espiritualidad centrada en la cruz y en la Eucaristía.
El Pontífice animó además a los fieles a seguir ofreciendo a los demás el amor recibido de Dios, especialmente a través de la acogida, la escucha, la cercanía y el cuidado de las personas más vulnerables.
A continuación, el discurso completo del Santo Padre:
Queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, seminaristas, hermanos y hermanas todos en Cristo Jesús:
Es una gran alegría para mí poder compartir este encuentro con ustedes. Gracias por la cálida bienvenida, por su presencia afable y sus testimonios, que son el reflejo de una Iglesia viva, en cuyo corazón resuenan «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren».
Vengo a estas islas como Padre y hermano en la fe: “con ustedes soy cristiano y para ustedes, Obispo”. Cada uno de nosotros ha recibido diversos dones y ministerios para la edificación del cuerpo de Cristo, como hemos escuchado en la lectura de la Carta a los Efesios. Y esta es la llamada del Señor que hoy vibra nuevamente en nuestros corazones y confirma nuestra vocación y misión: construir juntos la Iglesia cimentados en Cristo, la “piedra angular”, edificar en el bien, armonizar nuestras diferencias y trabajar unidos en favor de todos.
Quisiera que reflexionemos juntos sobre dos actitudes de nuestra vida cristiana que hemos de tener en cuenta para ser “arquitectos sabios” en la construcción de la civilización del amor.
Ustedes, canarios nativos o por adopción, Pueblo de Dios que peregrina en tierras rodeadas por el Atlántico, tienen el privilegio de gozar cada día de la presencia majestuosa del mar. Dicen que en los ojos de un isleño esa imagen —que tiene sabor a patria y a hogar— permanece grabada en sus pupilas de manera perenne, y que se echa mucho de menos al estar lejos, “tierra adentro”. Este sentimiento corresponde a una sana nostalgia de inmensidad, de cielo y de mar abiertos que se extienden en el horizonte, sin límites ni fronteras; y a un corazón sensible dispuesto a despedir con una lágrima a los que se van y a recibir con los brazos abiertos a los que llegan. En este sentido, el mar a veces puede ser también sinónimo de distancia y de separación, de desafío y de camino por recorrer.
A este propósito, nos dice san Agustín: «Si alguien divisara desde lejos su patria, pero un mar se interpusiera entre los dos: ve a dónde ir, pero ignora el camino. Así nos ocurre a nosotros: anhelamos alcanzar nuestra condición estable, […] pero está por medio el mar de este mundo […] para enseñarnos el camino, vino el mismo a quien queríamos ir. ¿Y qué hizo? Nos puso el leño con el que poder atravesar el mar. Nadie es capaz de pasar el mar de este mundo si no lo lleva la cruz de Cristo». Esta es la primera actitud que nos orienta para navegar en las aguas de la vida y llegar al destino, a la patria celestial: abrazar la cruz de Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, los santos experimentaron la nostalgia de Dios y, al tener que afrontar las tempestades de la existencia, supieron llevar a Jesús en sus barcas, confiaron en Él, abrazaron la cruz y calmaron así las olas de la incertidumbre y el temor.
Ejemplo de ello en estas benditas tierras, entre tantos otros, es el venerable Antonio Vicente González, sacerdote diocesano, también conocido como “el buen pastor canario”. Su vida, transfigurada por la gracia divina, nos estimula a cargar la cruz de Cristo y a seguirlo, siendo testigos fieles del Evangelio en este nuevo tiempo de la historia, no exento de turbulencias y contradicciones, para llegar así a la meta prometida.
La primera “pauta de navegación”, por tanto, es abrazar la cruz de Cristo; y ustedes lo hacen cotidianamente, por ejemplo, como cireneos, acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida. Les agradezco esta generosa labor de caridad y misericordia.
Quisiera destacar además otra actitud: cultivar una espiritualidad eucarística. Esto tiene relación con la antigua tradición que se conserva en esta hermosa catedral: la lluvia de pétalos de flores ante el Santísimo Sacramento que se realiza el día de la Ascensión, como signo de los bienes espirituales y celestiales que derrama el Señor al subir al cielo. Ese gesto de devoción de tantas generaciones a lo largo del tiempo posee un significado profundo: en nuestro peregrinar, la meta es el encuentro con Cristo; que es el centro de la vida cristiana, hacia quien se inclinan nuestras rodillas en adoración, en torno a quien nos reunimos formando un solo cuerpo y junto a quien nos ofrecemos como «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios».
Nos lo dice el Concilio: los fieles, «participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, […] muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios». Por tanto, cultivar una espiritualidad eucarística es ahondar en «una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor». Hagamos de nuestra vida una respuesta al deseo de Jesús: «Que todos sean uno […] para que el mundo crea».
Una forma concreta para manifestar esta espiritualidad de comunión es la solidaridad cristiana, porque la «unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega». Por eso, los animo a seguir ofreciendo a todos el amor que ustedes, a su vez, han recibido del Señor, amor que se hace alimento en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme».
Querida Iglesia que peregrina en Canarias, siguiendo la estela de santidad de tantos hombres y mujeres que los han precedido, que han ofrecido sus vidas en comunión con el sacrificio de Cristo en la cruz y en el altar, les animo a seguir adelante fuertemente arraigados en Él, para seguir navegando con valentía en este nuevo tiempo de la historia. Cuando encuentren dificultades, alcen la mirada, y pidan al Espíritu Santo la gracia de vivir unidos en la fe, la esperanza y la caridad, virtudes que «son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios».
Que la Bienaventurada Virgen María, Stella maris, nos oriente en nuestra travesía, nos ayude a “remar mar adentro” y así lleguemos al puerto seguro del encuentro definitivo con su Hijo Jesucristo.