León XIV reivindica ante las Cortes la vida, la libertad educativa y el bien común en la estela de Benedicto XVI

León XIV reivindica ante las Cortes la vida, la libertad educativa y el bien común en la estela de Benedicto XVI

El Papa enlazó con el magisterio de su predecesor al sostener que la dignidad de la persona precede al Estado y no puede quedar subordinada a la voluntad de las mayorías

León XIV se dirigió este lunes a los miembros de las Cortes Generales en el Congreso de los Diputados, en el primer discurso de su visita apostólica a España. Lo escucharon, entre otros, el presidente del Gobierno, la presidenta del Congreso, el presidente del Senado, el presidente del Tribunal Constitucional y la presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, junto a diputados y senadores. El Pontífice se presentó como Obispo de Roma y enmarcó su intervención en la cooperación mutua entre la Santa Sede y el Estado, recordando que la Iglesia respeta la autonomía de las realidades temporales y la distinción entre la comunidad eclesial y la política.

El núcleo del discurso fue una pregunta que el Papa situó en el centro de toda tarea legislativa: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construyen. Sobre ese eje, León XIV reafirmó el fundamento que la doctrina católica viene proponiendo a la vida pública: la dignidad inviolable de la persona, que —dijo— precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables ni a la voluntad de las mayorías de cada momento. Lo hizo citando expresamente el discurso de Benedicto XVI ante el Parlamento Federal alemán, en una continuidad de magisterio que recorrió toda la intervención.

De ese principio derivó la defensa de la vida. El Papa advirtió contra la cultura del descarte y sostuvo que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía. Añadió un criterio sobre la calidad moral de la ley: una norma no alcanza su grandeza por el mero hecho de haber sido aprobada en forma, sino cuando puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse. La fórmula reconoce la validez formal del derecho positivo, pero la subordina a una medida que la precede.

El segundo eje fue la libertad de educación. León XIV reivindicó el derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus convicciones morales, culturales y religiosas, apoyándose en su encíclica Magnifica humanitas y en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. En ese marco situó a la familia como ámbito donde las nuevas generaciones aprenden a reconocer la dignidad de cada persona y a transmitirse lo que llamó la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar, perdonar, servir y pertenecer.

El bien común articuló el tercer hilo. El Papa lo presentó como horizonte que no puede reducirse a la suma de intereses parciales y que obliga a custodiar especialmente a quienes atraviesan situaciones de fragilidad. A ese mismo registro pertenece la defensa de la libertad religiosa, que el Pontífice reclamó como derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de la persona, e incluyó una mención específica a la protección jurídica del secreto de confesión, amparado también —recordó— por normas internacionales.

El armazón del discurso fue netamente español. León XIV recorrió el Quijote —y la libertad como uno de los dones más preciosos que los cielos dieron a los hombres—, a Santa Teresa y a Unamuno, para detenerse en la Escuela de Salamanca y en Francisco de Vitoria. De aquella reflexión nacida a orillas del Tormes, dijo, surgió la intuición del totus orbis y el reconocimiento de la igual dignidad de todo ser humano como medida de las relaciones sociales, nacionales e internacionales. Esa herencia, afirmó, sigue viva en las Cortes cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo legal sea verdaderamente humano y que ninguna mayoría vulnere aquello que pertenece a todos.

El Pontífice extendió el mismo criterio a los desafíos contemporáneos. Recordó que la tecnología no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe y la utiliza, y reclamó discernimiento sobre el lugar de la persona en las decisiones sobre inteligencia artificial. En el plano internacional pidió valentía diplomática y respeto al derecho internacional, manifestó su preocupación por el regreso del rearme también en Europa y advirtió de que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca deben quedar descargadas en máquinas. Sobre el lenguaje público, invocó el deber de custodiar la palabra para «desarmar» el discurso y evitar que la discrepancia se convierta en descalificación del adversario.

También abordó la migración, que calificó de drama, planteándola como cuestión moral y jurídica que arranca de la igual dignidad de todos los seres humanos. Formuló una doble exigencia: acogida e integración, por un lado, y atención a las causas que fuerzan a partir, por otro, junto al derecho de las personas a permanecer en su propia tierra.

León XIV cerró pidiendo que España siga siendo tierra de encuentro, cultura y solidaridad, y unió la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo. Concluyó invocando la presencia maternal de la Virgen del Pilar sobre el Reino de España.

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