La histórica intervención de León XIV ante las Cortes Generales ha sorprendido gratamente a quienes lo escuchamos —quizá no a todos—, pues sus palabras no se limitaron a una reflexión institucional sobre la convivencia democrática, sino que a lo largo de un discurso de fuerte contenido antropológico y moral, el Pontífice abordó algunas de las cuestiones más sensibles del debate público —y agenda política— español.
Desde la defensa de la vida hasta la libertad educativa, el papel de la familia, el sigilo sacramental o la lucha contra las mafias que trafican con migrantes, aquí recogemos cinco de las afirmaciones más contundentes pronunciadas por el Santo Padre ante diputados y senadores.
1. La defensa de la vida «desde su concepción hasta su ocaso natural»
Frente a un gobierno que ha legislado a favor del aborto y la eutanasia, León XIV abordó directamente la cuestión de la dignidad de la vida humana y advirtió contra la llamada «cultura del descarte».
El Papa formuló una defensa explícita de la vida desde la concepción hasta la muerte natural:
«Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia.
Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.»
2. La familia como fundamento de la sociedad
En un país con una tasa de natalidad extremadamente baja, donde el número de máscotas supera el de niños, el Pontífice dedicó también una parte de su intervención a reivindicar el papel de la familia como institución básica para la transmisión de valores y la estabilidad social.
León XIV recordó que ninguna estructura puede sustituir plenamente la función formativa del hogar:
«Reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones.
La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer»
3. El derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos
Otro de los momentos destacados del discurso fue la defensa de la libertad educativa y del papel de los padres en la formación de sus hijos.
Ante las Cortes Generales, León XIV recordó que la educación no puede desvincularse de las convicciones de las familias:
«Las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea (defensa del bien común). En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación.
Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas»
(cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4)
4. Un llamamiento contra las mafias que trafican con migrantes
Al abordar la cuestión migratoria, León XIV pidió evitar enfoques exclusivamente económicos o estadísticos y puso el foco en el sufrimiento de las personas atrapadas por las redes criminales.
«La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática».
(cf. Magnifica humanitas, 81).
Además, el Papa denunció expresamente la actuación de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de la desesperación de quienes buscan un futuro mejor:
«En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral».
5. La defensa del sigilo sacramental
Frente a una concepción puramente individualista, el Pontífice defendió una idea de libertad vinculada a la verdad, al bien y a la responsabilidad personal:
«La libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida»
(cf. Dignitatis humanae, 1)
Asimismo, León XIV se refirió al sigilo sacramental de la confesión, presentándolo como una consecuencia directa de la libertad religiosa y de la protección jurídica de la conciencia:
«La legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.
En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3)».
El hilo conductor: la dignidad inviolable de toda persona
Aunque el discurso abordó asuntos muy diversos, existe una idea que recorre toda la intervención de León XIV y que sirve de fundamento a todas las demás.
El Papa recordó que la dignidad humana no depende de decisiones políticas, consensos cambiantes o mayorías circunstanciales:
«Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento».
(cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011)
Desde la defensa de la vida hasta la protección de la familia, la libertad educativa, la atención a los migrantes o la libertad religiosa, León XIV presentó ante las Cortes Generales una visión de la política centrada en la persona humana como fundamento último de toda convivencia verdaderamente justa.