Maimónides y Averroes desmienten las falacias de León XIV 

Maimónides y Averroes desmienten las falacias de León XIV 

León XIV pisó España y, antes incluso de hablar a los fieles, dio a sus autoridades una lección de historia. Sostuvo que «no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad», y como prueba ofreció al-Ándalus: la larga presencia del islam, dijo, no fue solo confrontación, sino un «espacio de contacto, conversación y diálogo sobre el sentido de la verdad entre cristianos, musulmanes y judíos». Citó la escuela de traductores de Alfonso X, evocó Córdoba y Toledo como «lugares de mediación entre lenguas, religiones y saberes», y nombró a dos garantes ilustres de esa concordia: Averroes y Maimónides. La tesis es bella. Tiene el pequeño inconveniente de que los dos testigos que el Papa convocó declaran contra él.

Empecemos por Maimónides, porque su caso es el que cierra la discusión. Nació en Córdoba, sí, en la Córdoba que el discurso ensalza. Y de esa Córdoba huyó. Cuando los almohades tomaron la ciudad a mediados del siglo XII, abolieron el estatuto que toleraba a los judíos y les pusieron delante tres puertas: el Corán, el exilio o la espada. La familia del mayor pensador judío de la Edad Media eligió la segunda, vagó por el norte de África y acabó muriendo él en Egipto, lejos de la tierra que un Papa invoca ocho siglos después como modelo de convivencia. Presentar a Maimónides como fruto de la tolerancia andalusí es como presentar a un náufrago como prueba de la bondad del mar. No fue su beneficiario: fue su víctima, y por eso sobrevivió para ser célebre.

Averroes corre idéntica suerte de argumento. El cordobés que Europa leyó para reencontrarse con Aristóteles terminó sus días en desgracia: el mismo poder almohade que el discurso adorna lo desterró y mandó condenar sus libros de filosofía. El segundo testigo de la concordia fue, como el primero, perseguido por la sociedad que se nos propone imitar. Uno entiende que en el cabasario de la visita alguien apuntara dos nombres prestigiosos sin reparar en sus biografías. Pero la erudición consiste precisamente en eso: en saber que las dos lumbreras de al-Ándalus brillaron a pesar de al-Ándalus, y que ambas acabaron, una en el exilio y otra en la hoguera de sus propias obras.

El tercer dato hunde la metáfora entera, y está en la propia boca del Papa. La escuela de traductores que cita es la de Alfonso X. Alfonso X era rey de Castilla y reinó en el siglo XIII. Toledo, donde aquella escuela floreció, llevaba para entonces casi dos siglos reconquistada: la había tomado Alfonso VI en 1085. De modo que el celebrado «encuentro de las tres religiones» en Toledo no es un logro de la presencia islámica, sino un logro de la España cristiana, financiado por reyes cristianos, en una ciudad arrancada al islam por las armas. El Papa atribuye a la convivencia andalusí la gloria de la Reconquista. Es como atribuir la cosecha al incendio que la precedió. Si Toledo tradujo a tres voces fue porque antes una corona cristiana conquistó la ciudad y luego protegió a quienes vivían en ella; el dato que el discurso ofrece como prueba de su tesis es, leído con un calendario delante, su refutación.

Conviene ser justo, porque la honradez es más demoledora que la caricatura. Hubo transmisión real: por al-Ándalus y por la Toledo cristiana entró en Europa buena parte del saber griego y árabe, y eso es un hecho que ningún sectarismo debería negar. Hubo también, en el cenit del califato, una tolerancia mayor que la de muchos reinos coetáneos. Negarlo sería sustituir un mito por otro. Pero «tolerancia» no es «convivencia entre iguales», y ahí está el escamoteo. Aquella sociedad no dialogaba «sobre el sentido de la verdad» en pie de igualdad: estaba jurídicamente escalonada por la religión. El cristiano y el judío eran dimmíes, protegidos de segunda que pagaban un impuesto por respirar su fe y vivían bajo restricciones que ningún catequista de la diversidad recuerda hoy. Y cuando el escalón se rompía —los mártires de Córdoba degollados en el siglo IX, las persecuciones almorávides y almohades— la palabra «mediación» se quedaba muy corta. Llamar a eso modelo es quedarse con la vidriera y olvidar la mazmorra.

Queda la falacia mayor, la que sostiene a todas las demás: que la historia de España enseña el encuentro y no el enfrentamiento. Es exactamente al revés, y lo sabe cualquiera que no confunda el deseo con el dato. España, la nación a la que el Papa hablaba, no nació de una tertulia interconfesional: nació de ochocientos años de Reconquista. El idioma en que se pronunció el discurso, la corona que lo escuchaba, los reinos que después evangelizaron medio mundo, el Siglo de Oro entero, son hijos de una confrontación, no de una concordia. No es que el enfrentamiento sea bueno —no lo es—; es que decirle a España que su grandeza brotó de la convivencia es decirle que su historia fue lo contrario de lo que fue. Y el remate del despiste es que el discurso invocó, para fundar esa continuidad, al apóstol Santiago: el mismo cuyo culto vertebró la Reconquista, el patrón que la tradición pinta a caballo y espada en mano. Se convoca al santo de la batalla para predicar que España debe olvidar la batalla. La incoherencia no es un detalle: es la estructura.

Nadie pide que un Papa haga apología de las cruzadas ni que reparta agravios. Se le pide algo más modesto: que si va a dar una clase de historia, no suspenda él el examen. Citó a dos sabios para probar la concordia, y los dos habían huido de ella. Eligió una ciudad para coronar su tesis, y esa ciudad era cristiana desde hacía dos siglos. Llamó testigos de la convivencia, y todos, al subir al estrado, declararon contra el relato. Uno, desde el exilio. Otro, desde las cenizas de sus libros. Y un país entero, desde el simple hecho de existir todavía.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando