Lo que muchos no han entendido del primer discurso de León XIV en España

Por: David Alonso

Lo que muchos no han entendido del primer discurso de León XIV en España

A primera vista, el discurso parece impecable.

Habla de Santiago Apóstol. Habla de la tradición católica de España. Cita a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa y a San Ignacio de Loyola. Habla de la dignidad humana, de la paz, de la libertad religiosa y del valor de la fe.

Muchos católicos leerán esas páginas y concluirán que todo está en orden.

Pero precisamente ahí reside el problema.

Las grandes transformaciones dentro de la Iglesia no suelen producirse mediante negaciones explícitas de la fe. Casi nunca aparecen sacerdotes o obispos diciendo que ya no creen en Cristo o que el Evangelio es falso.

Las transformaciones profundas ocurren cuando cambia el centro.

Cuando las mismas palabras permanecen, pero dejan de ocupar el lugar principal.

Eso es exactamente lo que sucede en este discurso.

Porque la cuestión decisiva no es qué dice León XIV.

La cuestión es qué le preocupa.

Y basta leer el texto completo para descubrirlo.

La palabra pecado prácticamente desaparece.

La necesidad de conversión desaparece.

La misión evangelizadora apenas aparece.

La salvación eterna queda relegada.

En cambio, aparecen constantemente otras preocupaciones: la polarización, las identidades, el diálogo, la complejidad, la convivencia, el encuentro, el multilateralismo y la amistad social.

No es un detalle menor.

Es una cuestión de prioridades.

Imaginemos que un médico habla durante una hora sobre la decoración de un hospital y apenas menciona la enfermedad de sus pacientes.

Probablemente la decoración tenga cierta importancia.

Pero todos comprenderían que algo no encaja.

Pues algo parecido ocurre aquí.

España atraviesa una de las mayores crisis religiosas de su historia.

La práctica religiosa se desploma.

La natalidad se hunde.

La familia se debilita.

La legislación se aleja cada vez más de la moral cristiana.

Miles de jóvenes crecen sin conocer siquiera los elementos básicos de la fe.

Sin embargo, el gran peligro identificado por el Papa no es ninguno de esos.

El gran peligro parece ser la polarización.

Y aquí conviene detenerse.

Porque la polarización no es necesariamente un mal.

A veces es consecuencia de la existencia de un conflicto real.

La Iglesia primitiva polarizó el Imperio Romano.

Los mártires polarizaron a sus sociedades.

San Atanasio polarizó a los arrianos.

Santo Tomás Moro polarizó a Enrique VIII.

La propia predicación de Cristo produjo división.

No porque buscaran el enfrentamiento, sino porque la verdad genera inevitablemente una reacción.

Por eso resulta tan preocupante que la polarización aparezca casi como el gran pecado público de nuestro tiempo.

Porque entonces el objetivo deja de ser discernir quién tiene razón.

Y pasa a ser simplemente reducir el conflicto.

Pero reducir el conflicto no siempre equivale a defender la verdad.

Hay otro aspecto todavía más inquietante.

León XIV invita a huir de los «enfoques identitarios».

La frase puede parecer inocente.

No lo es.

Porque el cristianismo es una identidad.

La Iglesia es una identidad.

La Cristiandad fue una identidad.

Los mártires murieron precisamente porque se negaron a renunciar a una identidad.

Cuando una persona habla constantemente contra las identidades, acaba cuestionando también aquellas identidades que merecen ser preservadas.

Más llamativo aún resulta el elogio expreso al multilateralismo.

Detengámonos un momento.

Estamos hablando del primer gran discurso de un Papa en España.

Podría haber aprovechado para hablar de la reevangelización de Europa.

De la crisis demográfica.

De la apostasía del continente.

De la defensa de la vida.

De la persecución contra los cristianos.

Sin embargo, dedica palabras específicas de reconocimiento al compromiso español con el multilateralismo.

¿Por qué?

Porque revela cuál es el marco mental desde el que está observando la realidad.

No es el lenguaje de un misionero.

Es el lenguaje de la gobernanza internacional contemporánea.

Y eso aparece una y otra vez.

También cuando habla del Islam.

El Papa recuerda los espacios de convivencia y cooperación intelectual entre cristianos, musulmanes y judíos durante la Edad Media.

Todo eso ocurrió.

Pero la selección resulta extraordinariamente reveladora.

Porque desaparecen ocho siglos de resistencia cristiana.

Desaparece Covadonga.

Desaparece la Reconquista.

Desaparecen los mártires.

Desaparece el esfuerzo secular por recuperar una tierra que había sido conquistada por el Islam.

No es un error histórico.

Es una elección.

Y las elecciones revelan prioridades.

El discurso entero funciona así.

No niega la fe.

No niega a Cristo.

No niega la tradición católica.

Simplemente las coloca en un segundo plano.

El primer plano está ocupado por otras categorías.

La convivencia.

La mediación.

La complejidad.

La inclusión.

La gobernanza global.

La amistad social.

El resultado final es una inversión silenciosa del orden de prioridades.

La Iglesia deja de aparecer como la institución encargada de anunciar una verdad que salva.

Y empieza a aparecer como una gran mediadora moral destinada a facilitar el diálogo entre actores sociales.

Muchos lectores no percibirán inmediatamente este cambio porque el vocabulario religioso sigue presente.

Pero precisamente por eso es más peligroso.

Las herejías evidentes suelen fracasar.

Las sustituciones graduales suelen triunfar.

Y la pregunta que deja este discurso es tan sencilla como inquietante:

si desaparecieran todas las referencias religiosas del texto, ¿cuánto cambiaría realmente su mensaje central?

La respuesta quizá explique mejor que cualquier otra cosa por qué este discurso merece ser leído con enorme atención.

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