León, ¿a quién anuncias?

León, ¿a quién anuncias?
Foto: AFP

Ya no hace falta conjugar en condicional. León XIV pisó suelo español, habló, y lo primero que pronunció ante el Rey, las autoridades y el cuerpo diplomático fue un agradecimiento a España por «su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo». A renglón seguido invitó «a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes» de la realidad social española, exhortó a «huir de estos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos», y pidió apreciar la complejidad. Deseó que la Unión Europea avance «no en oposición a otras potencias, sino como un don». Y entonces, casi como quien recuerda una formalidad, «que Dios bendiga España».

Hay que reconocer lo que también estuvo, porque el escamoteo solo se entiende si uno admite primero que no hubo secularización. La hubo de todo lo contrario. El discurso se abrió con Santiago y la continuidad apostólica desde Pentecostés, habló del «fecundo encuentro entre Jesucristo y vuestro pueblo», invocó la noche oscura de san Juan de la Cruz —cuyo año jubilar celebramos— y llegó a recitar aquello de «oh noche que guiaste»; trajo el castillo interior de Teresa, el discernimiento de Ignacio, la libertad religiosa, los mártires. Nadie podrá acusar al texto de haber dejado a Cristo en la sacristía. Está en la vidriera, espléndido, contemplativo, jubilar.

El problema es que no está en la única frase que el cuerpo diplomático y la Moncloa habían venido a escuchar. Porque el discurso tiene dos registros, y conviene no confundirlos. Hay un registro sublime, místico, reservado al alma: la noche dichosa, el alma que se libera de lo que presumía poseer. Y hay un registro operativo, el que desciende de esas alturas y se dirige a la ciudad concreta, a la nación, al Estado. En el primero comparece el Nombre. En el segundo, el que de verdad se traduce en titular y en política, comparecen otras palabras: multilateralismo, polarización, identitario, complejidad. Lo trascendente para la oración; el eslogan para el gobierno.

Y aquí está el punto, que no es de tono sino de estructura. León invitó «a todos» a abandonar las narrativas divisivas. La fórmula es formalmente universal y operativamente direccional. Porque en el castellano político de junio de 2026, «polarización» e «identitario» no son términos neutros: son, casi literalmente, el vocabulario con que el oficialismo nombra a sus adversarios. El que denuncia el aborto es el identitario. El que defiende la unidad de España es el polarizador. El católico que se opone a Sánchez es, en ese léxico, exactamente el fabricante de «fantasmas y enemigos». De modo que un «todos» gramaticalmente impecable aterriza, en la prensa de mañana, sobre una sola mitad del país. Y no es la mitad que gobierna.

La elección de los referentes históricos remacha el sentido. León invocó a Santiago para fundar la continuidad —el apóstol cuyo sepulcro hizo cristiana a España— y eligió Al-Ándalus para fijar el modelo: Córdoba y Toledo como «lugares de mediación», la escuela de traductores de Alfonso X, Averroes y Maimónides, los siglos de presencia islámica como paradigma de convivencia. El apóstol para el origen; los siglos del islam para la lección. Uno entiende la intención ecuménica. Pero que el sucesor de Pedro proponga la convivencia andalusí —tesis tan discutida por la historiografía como rentable para una determinada lectura ideológica— como cifra de lo que España debe a su pasado, mientras pasa de puntillas sobre la cruz que él mismo encarna y que llegó por Compostela, no es un descuido. Es un criterio.

Lo verdaderamente desolador es que ya teníamos el guion. La Tercera que el cardenal Cobo firmó esta misma mañana en ABC anunció el discurso con precisión de oráculo: el Papa, escribió, «no plantea una cuestión confesional, sino profundamente humana». León vino a darle la razón. La aclamación y el cumplimiento rimaron demasiado bien; cuando el coro conoce de antemano la antífona que el oficiante va a entonar, conviene sospechar de quién compuso la partitura.

La liturgia, que es más sabia que las terceras, solo conoce dos palabras para el que llega. *Benedictus qui venit in nomine Domini*: bendito el que viene en nombre del Señor. La Escritura puso siempre enfrente la otra, *maledictus*, y no como insulto sino como la sombra exacta de la primera: maldito el que viene en nombre de cualquier otro. No se maldice a la persona —faltaría más, ni cabe ni viene a cuento—; se constata el nombre bajo cuya advocación se ha entrado. Y lo que hoy entró por la puerta de las autoridades, en su parte dirigida al César y dicha en la lengua del César, parece haber venido en nombre del multilateralismo, de la reprobación de los «prejuicios identitarios» y de la no polarización. El Nombre quedó en la vidriera. La advocación operativa fue otra.

Queda el «parece», y queda el resto del viaje. El discurso de llegada es para el César, y habló en César; las homilías que vienen son para los fieles, y aún no se han pronunciado. Sabremos qué Papa vino por el vocabulario que sobreviva cuando los diplomáticos abandonen la sala. Pero conviene no engañarse sobre lo que hoy hemos visto: pedimos un sacerdote que viniera en nombre del Señor y nos han presentado, con sotana impecable y latín de san Juan de la Cruz, a un magnífico comisario de la cohesión. Ya habrá tiempo de conjugar el verbo en pasado. De momento, uno solo se atreve con la mitad de la antífona.

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