Alzar la mirada

Alzar la mirada
Cardenal José Cobo | Foto: El Plural

A la entrevista que el cardenal Cobo concedió a La Nación en vísperas de la visita del Papa solo le falta una banda cruzada sobre la sotana y una frase final pidiendo la paz mundial. Está todo lo demás: el deseo de sacar lo mejor de cada uno, la gratitud genérica, el horizonte luminoso, la mirada que se eleva. Uno termina de leerla y no sabe si ha escuchado a un arzobispo, a una finalista de Miss España o al director de campaña de una fundación que vive de subvenciones. Y aquí está el problema, porque hay una diferencia capital entre los tres oficios, y es que solo a uno de ellos le hemos confiado las almas.

Conviene decirlo sin adornos: lo doloroso no es que Cobo diga cosas falsas. Es que no dice nada. La entrevista es una sucesión de proposiciones que no pueden ser desmentidas porque no afirman. Que el Papa «saca lo mejor de nosotros». Que hay que «alzar la mirada». Que la Iglesia tiene la virtud de «elevar miradas». Que conviene «dar las gracias a los políticos». Ningún enemigo del cristianismo firmaría lo contrario; ningún ateo perdería el sueño. Es el lenguaje exacto que un consultor de comunicación entregaría a un cliente que necesita aparecer en prensa sin comprometerse con absolutamente nada. Y un obispo no está para no comprometerse. Está, precisamente, para lo contrario.

El momento más revelador llega cuando la periodista —que hace su trabajo— le recuerda que el Papa hablará en el Congreso en plena descomposición del Gobierno, salpicado por escándalos de corrupción. La pregunta nombra el contexto con claridad. La respuesta lo hace desaparecer. Cobo contesta que hay que «dar las gracias a los políticos» porque «hay buenos políticos» y «gente que está dando la vida por la política con mayúscula». Uno relee la pregunta y la respuesta tres veces buscando el punto de contacto, y no lo hay. Se le ofrece la corrupción y devuelve gratitud. Se le ofrece el escándalo y ofrece horizonte. No es que esquive el tema: es que ha entrenado un dialecto en el que el tema no existe. Es la pragmática de quien ha decidido que su función pública consiste en no rozar nunca a nadie.

Luego está la dignidad, que es donde el folleto se pone solemne. Cobo advierte de que «los derechos humanos empiezan a ser restringidos» y de que «la democracia empieza a ser limada desde muchas aristas». Suena grave. Suena valiente. Y no significa nada, porque no hay sujeto. ¿Quién lima? ¿Desde dónde? ¿Restringidos por quién, contra quién, en qué ley concreta, en qué votación, en qué frontera? El «desde muchas aristas» es una obra maestra de la indeterminación: una alarma omnidireccional que cada lector orienta hacia su adversario favorito y que no obliga al cardenal a sostener un solo nombre propio. Es la dignidad como decorado, no como doctrina. Y un obispo que ha leído Dignitas infinita sabe perfectamente que la dignidad no es un estado de ánimo que invocar en las ruedas de prensa, sino una afirmación incómoda con consecuencias que reparten disgustos a izquierda y derecha. Esas consecuencias no aparecen. Aparece la palabra, planchada y perfumada, lista para el acto.

Donde sí baja al suelo es en la inmigración, y resulta instructivo. Ahí, de repente, hay concreción: la Iglesia «acompañó» la propuesta de regularización del Gobierno, distingue entre el migrante ya integrado y «el tema de los flujos», y delega la cuestión de las fronteras en «la postura desde Bruselas». Es decir: cuando hay que respaldar una política concreta del Ejecutivo, el cardenal encuentra de golpe las palabras precisas que le faltaban para hablar de la corrupción de ese mismo Ejecutivo. La niebla se levanta justo donde conviene que se levante. No es ingenuidad. Es selección.

Y aquí es donde uno deja la ironía y se queda con el cansancio. Porque la pregunta de fondo no es por qué Cobo habla así —habla así porque le funciona, porque le abre puertas, porque el aplauso institucional es más cálido que la fidelidad—, sino por qué tenemos que aguantarlo nosotros. Los que seguimos yendo a misa. Los que sostenemos económicamente una estructura que cada vez se parece más a una oenegé con incienso. Los que esperábamos de un sucesor de los apóstoles algo más que la sabiduría emocional de un coach. Se nos pide entusiasmo —Cobo lo repite, confía en el «entusiasmo por el Papa», que «nos va un poco en la cultura»— y se nos da a cambio una homilía permanente sobre lo bonito que es mirar hacia arriba. Alzamos la mirada, eminencia. Lo hacemos cada domingo. El problema es lo que encontramos cuando la bajamos.

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