El obispo de Pemba, Mons. António Juliasse Ferreira Sandramo, ha advertido de que los grupos yihadistas que operan en la provincia de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique, buscan instaurar un califato islámico en la región. La denuncia llega en medio de una guerra que ya ha dejado más de 6.300 muertos, más de un millón de desplazados y una creciente persecución contra las comunidades cristianas.
En declaraciones recogidas por la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), el prelado afirmó que los terroristas ya no ocultan sus objetivos. «Las señales están ahí. Hablan abiertamente de un califato. Cuando encuentran personas, cuando secuestran víctimas, eso es lo que dicen: que están trabajando para un califato», aseguró.
La violencia ha golpeado con especial dureza a la Iglesia católica. Según datos de ACN, más de 300 católicos han sido asesinados desde el inicio de la insurgencia en 2017, muchos de ellos mediante decapitación, mientras que al menos 117 iglesias y edificios eclesiales han sido destruidos.
«Hablan abiertamente de un califato»
Lo que comenzó como una serie de ataques contra objetivos militares y gubernamentales ha derivado progresivamente en una campaña de violencia que afecta cada vez más a la población civil y a las comunidades cristianas.
Mons. Juliasse sostiene que el discurso de los grupos armados deja cada vez menos dudas sobre sus intenciones.
«Cuando secuestran personas o entran en contacto con las poblaciones locales hablan de la creación de un califato», explicó el obispo, que dirige una de las diócesis más castigadas por la violencia.
Más de 300 católicos asesinados y 117 iglesias destruidas
La persecución contra los cristianos se ha convertido en uno de los aspectos más dramáticos del conflicto.
Entre los edificios destruidos figura la histórica iglesia de la misión de San Luis de Montfort, perteneciente a la diócesis de Pemba. El templo, construido en 1946, fue incendiado y reducido a cenizas a finales de abril.
La destrucción de iglesias, escuelas, centros pastorales y otras infraestructuras eclesiales ha obligado a numerosas comunidades a abandonar sus lugares de culto y reorganizar su vida religiosa en condiciones extremadamente precarias.
Mientras tanto, cientos de miles de personas continúan desplazadas dentro del país, muchas de ellas dependientes de la ayuda humanitaria para sobrevivir.
La convivencia religiosa empieza a resquebrajarse
Además de la violencia física, el obispo advierte de una creciente fractura social entre comunidades que durante décadas convivieron pacíficamente.
«Lo que me preocupa es el discurso de odio que acompaña toda esta violencia», afirmó.
Mons. Juliasse recordó que en numerosos pueblos de Cabo Delgado era habitual que cristianos y musulmanes participaran en funerales y celebraciones familiares de unos y otros. Sin embargo, esa convivencia comienza ahora a verse amenazada por la radicalización y la desconfianza.
«La religión era uno de los elementos que facilitaban la convivencia, pero ahora empieza a convertirse en un factor de división», lamentó.
«El silencio siempre es peligroso»
El obispo también criticó la escasa atención que recibe la tragedia de Cabo Delgado tanto dentro como fuera de Mozambique.
«El silencio puede interpretarse como prudencia, pero también como falta de interés», advirtió.
A su juicio, la sociedad mozambiqueña necesita afrontar abiertamente las causas del conflicto y debatir soluciones duraderas antes de que la situación se deteriore aún más.
«Necesitamos hablar de lo que está ocurriendo, orientar a la población y afrontar juntos este problema como nación», señaló.
Los obispos reclaman diálogo para alcanzar la paz
Aunque la amenaza yihadista continúa activa, la Iglesia mozambiqueña considera que la solución no puede limitarse exclusivamente a la respuesta militar.
Mons. Juliasse recordó que los obispos del país publicaron recientemente una carta pastoral en la que denunciaban la situación y proponían caminos alternativos para alcanzar la paz.
«No creo que la opción militar sea la única solución. Mozambique conoce también el camino del diálogo», afirmó.
El prelado destacó que muchos de los combatientes son ciudadanos mozambiqueños y sostuvo que cualquier solución duradera deberá abordar las causas profundas que han alimentado el conflicto.
Pese a casi nueve años de guerra, el obispo quiso transmitir un mensaje de esperanza a los fieles. «Es una situación que nos causa un gran dolor, pero no debemos perder la esperanza», concluyó.
La crisis de Cabo Delgado sigue siendo una de las guerras menos conocidas del mundo, pero sus consecuencias continúan golpeando cada día a miles de familias y a una Iglesia que, pese a la persecución y la destrucción, mantiene viva su presencia en una de las regiones más castigadas de África por el terrorismo islamista.