Mons. Schneider: la raíz del conflicto entre Roma y la FSSPX está en las ambigüedades del Vaticano II

Mons. Schneider: la raíz del conflicto entre Roma y la FSSPX está en las ambigüedades del Vaticano II

La posible consagración de nuevos obispos por parte de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha mantenido vivo el debate desde que se anunció esa decisión sobre la relación entre Roma y la obra fundada por Mons. Marcel Lefebvre. En este contexto, la periodista Diane Montagna ha publicado un extenso artículo del obispo Athanasius Schneider en el que el prelado sostiene que el verdadero problema no es principalmente jurídico, sino doctrinal y litúrgico.

A continuación, ofrecemos la traducción íntegra de este texto, en el que Mons. Schneider analiza las tensiones surgidas tras el Concilio Vaticano II, la situación actual de la FSSPX y las posibles vías de solución al conflicto.

La cuestión central relativa a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

Por el obispo Athanasius Schneider

Las cuestiones y problemas relacionados con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) han sido objeto de un debate en gran medida estéril durante más de cincuenta años y han culminado ahora en las anunciadas consagraciones episcopales, que todavía no han sido aprobadas por la Santa Sede. La discusión ha estado alimentada por la emoción —a menudo, literalmente cum ira et studio— y con frecuencia es llevada a cabo por personas que carecen de familiaridad directa con los documentos pertinentes o de experiencia personal con la FSSPX. En muchos casos, su conocimiento es superficial y está moldeado por juicios preconcebidos. Como resultado, el debate suele parecer un diálogo de sordos, en el que los mismos argumentos se repiten indefinidamente sin ningún progreso significativo.

Además, el debate elude en gran medida la cuestión central planteada por la FSSPX. Este fracaso se debe a un error metodológico fundamental y a la falta de una justificación basada en hechos respecto de las ambigüedades doctrinales y litúrgicas objetivas que se encuentran en el corazón de la controversia. En esencia, el conflicto gira en torno a la cuestión de la verdad.

1. El Vaticano II en el contexto de los otros veinte concilios ecuménicos

El primer error consiste en tratar un concilio pastoral —en este caso, el Concilio Vaticano II— como si fuera enteramente dogmático, y presuponer que todas sus afirmaciones deben considerarse propuestas de manera definitiva y vinculantes para todos los católicos. Quienes actúan así pasan por alto que el propio Pablo VI afirmó: «Hay quienes preguntan qué autoridad, qué calificación teológica quiso dar el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó emitir definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del Magisterio eclesiástico. La respuesta es conocida por quien recuerde la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, repetida el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, este evitó pronunciar, de manera extraordinaria, dogmas dotados de la nota de infalibilidad» (Audiencia General, 12 de enero de 1966). Esto se aplica también a las dos constituciones «dogmáticas» del Concilio, Dei Verbum y Lumen gentium, ya que el adjetivo «dogmático» posee un significado más amplio y no se limita a los dogmas entendidos como enseñanzas dotadas de infalibilidad.

Entre los otros veinte concilios ecuménicos se encuentran numerosas declaraciones y documentos pastorales o disciplinarios que hoy ya no son aplicables (por ejemplo, el decreto del IV Concilio de Letrán que establece: «Si un señor temporal descuida limpiar su territorio de la inmundicia herética, quedará sujeto al vínculo de la excomunión»), así como afirmaciones doctrinales no definitivas (por ejemplo, sobre la materia y la forma del sacramento del Orden Sagrado en el Concilio de Florencia) que posteriormente fueron corregidas por el Magisterio de la Iglesia. No se puede absolutizar cada forma histórica concreta de gobierno eclesial, pues hacerlo eliminaría la necesaria distinción entre, por un lado, las verdades inmutables y permanentes de la fe (Depositum Fidei) y, por otro, los diversos modos mediante los cuales esas verdades son transmitidas (por ejemplo, una declaración pastoral, una afirmación doctrinal no definitiva o una definición ex cathedra), cada uno de los cuales posee un grado diferente de autoridad y fuerza vinculante.

Hoy, sin embargo, para estar en plena comunión con la Santa Sede, es necesario aceptar aquellas afirmaciones y enseñanzas del Vaticano II que son pastorales y ciertamente no definitivas en cuanto a su naturaleza magisterial. Esto plantea una pregunta importante: ¿por qué la aceptación incondicional de los textos del Vaticano II se presenta como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede, mientras que no existe un requisito comparable respecto de las enseñanzas pastorales, disciplinarias o no definitivas de los veinte concilios ecuménicos anteriores?

Entre las enseñanzas no definitivas del Vaticano II hay varias —particularmente las relativas a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso y la colegialidad— cuyas formulaciones son ambiguas y difíciles de conciliar con doctrinas enseñadas de manera constante por el Magisterio desde la época de los Padres de la Iglesia hasta el período inmediatamente anterior al Concilio.

Existe también la cuestión de las deficiencias rituales y doctrinales del Novus Ordo Missae. Tales preocupaciones ya no pueden ser descartadas sin más, como demuestra, por ejemplo, el testimonio del archimandrita Boniface Luykx en su libro A Wider View of Vatican II: Memories and Analysis of a Council Consultor (Angelico Press, Brooklyn, NY, 2025). Los defectos del Novus Ordo Missae siguen siendo objeto de seria discusión y no pueden simplemente pasarse por alto. Sin embargo, la Santa Sede está pidiendo a la FSSPX que acepte no solo la validez, sino también la legitimidad y bondad de la reforma litúrgica contenida en el Novus Ordo Missae.

2. Dos excesos modernos en la vida de la Iglesia: legalismo y papocentrismo

La resolución de la cuestión de la FSSPX se ve obstaculizada no solo por una renuencia a afrontar con honestidad intelectual las cuestiones doctrinales subyacentes y a reconocer la existencia de ambigüedades doctrinales que requieren corrección, sino también por una mentalidad poco saludable que se ha desarrollado en la Iglesia durante los últimos siglos: concretamente, la primacía del legalismo o positivismo jurídico, junto con un excesivo papocentrismo que se aproxima a una cuasi divinización tanto del cargo como de la persona del Papa.

Estos excesos modernos distorsionan y restringen la vida de la Iglesia al subordinar la primacía de la pureza y claridad de la fe y de la liturgia a las exigencias del legalismo y del papocentrismo, un fenómeno ajeno a los Padres de la Iglesia y a la gran Tradición. En esta forma exagerada de papocentrismo, el Papa y su magisterio, incluso cuando no son estrictamente dogmáticos o definitivos, tienden a ser tratados como poseedores de un carácter absoluto y cuasi divino. El clima eclesial ha estado a menudo marcado, al menos implícitamente, por supuestos que se aproximan a tales actitudes.

La mayoría de los comentaristas de la actual controversia en torno a las consagraciones episcopales de la FSSPX permanecen, a menudo sin darse cuenta, influidos por los excesos de legalismo y de papocentrismo exagerado que caracterizan gran parte de la vida eclesial contemporánea. La ley según la cual las consagraciones episcopales realizadas sin autorización papal —o contra la voluntad expresada por el Papa— constituyen un acto cismático era desconocida en la época de los Padres de la Iglesia. De hecho, esta ley solo entró en vigor durante el segundo milenio. El canon 1387 del Código de Derecho Canónico de 1983, que prohíbe la consagración de un obispo sin mandato pontificio, está clasificado entre los «Delitos contra los sacramentos», y no entre los «Delitos contra la fe y la unidad de la Iglesia», donde se sanciona el cisma (can. 1364). Si la consagración episcopal sin mandato pontificio fuera intrínsecamente cismática, estaría ubicada entre los delitos «contra la unidad de la Iglesia». El canon correspondiente en el Código de 1917 estaba igualmente incluido entre los «Delitos en la administración y recepción de las órdenes y otros sacramentos» (Título XVI), y no entre los «Delitos contra la fe y la unidad de la Iglesia» (Título XI).

3. El estado extraordinario de crisis, e incluso de emergencia, en la Iglesia

Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica ha experimentado un clima de ambigüedad general, vaguedad e incertidumbre respecto de importantes doctrinas como la unicidad de Cristo Redentor, la unicidad de la Iglesia Católica, la estructura monárquica de origen divino de la Iglesia (tanto en el nivel universal como en el local) y el carácter sacrificial de la Santa Misa. Es manifiestamente evidente que quienes han ejercido el poder administrativo en la Santa Sede durante las últimas décadas, y continúan ejerciéndolo hoy, exigen a la FSSPX como conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede la aceptación del clima de facto de ambigüedad doctrinal y litúrgica y de relativismo, que ha alcanzado su punto culminante con el actual y extremadamente confuso proceso sinodal en toda la Iglesia.

Desde el Concilio, con algunas de las mencionadas enseñanzas ambiguas, se ha puesto en marcha un proceso destinado a establecer, con la autoridad del Romano Pontífice, una llamada «Iglesia del Vaticano II» o «Iglesia conciliar». Esta tendencia, que en nuestros días adopta el nuevo nombre de «Iglesia sinodal», pretende básicamente convertirse en una religión relativista adaptada al mundo. Los intentos de disfrazar esta nueva tendencia hacia una forma ambigua, relativista y mundana de la Iglesia Católica mediante una hermenéutica de la continuidad son deshonestos y poco convincentes.

4. El dilema de conciencia de la FSSPX

La Santa Sede exige a la FSSPX que acepte doctrinas formuladas de manera ambigua y no definitivas como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede y para recibir una regularización canónica. Entre ellas se encuentran las enseñanzas relativas a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso (incluyendo, por ejemplo, la afirmación de Lumen Gentium 16 de que los musulmanes, junto con los católicos, «adoran al Dios único y misericordioso»), la colegialidad episcopal (entendida de una manera que disminuye la estructura monárquica de origen divino de la Iglesia) y las reformas litúrgicas asociadas al Novus Ordo Missae. La Santa Sede también exige a la FSSPX que reconozca formalmente las declaraciones y enseñanzas de los Papas posconciliares que pertenecen al llamado magisterio auténtico y cotidiano. Entre ellas se incluyen, por ejemplo, ciertas afirmaciones de Amoris Laetitia que socavan gravemente e incluso contradicen la Revelación divina; el permiso formal del papa Francisco para que las personas divorciadas y vueltas a casar reciban la Sagrada Comunión; y la declaración sobre las bendiciones a parejas del mismo sexo, Fiducia Supplicans.

Si se examina con honestidad intelectual la extraordinaria crisis que ha afectado a la Iglesia desde el Concilio —junto con las ambigüedades y el relativismo doctrinal, litúrgico y pastoral que la han acompañado—, entonces la existencia y actividad de la FSSPX pueden considerarse, desde una perspectiva de largo plazo y a la luz de los dos mil años de historia de la Iglesia, como una obra de la providencia divina y como una fuente de ayuda para la Iglesia durante una crisis de una magnitud sin precedentes.

Al leer los recientes documentos emitidos por el Superior General de la FSSPX, el padre Davide Pagliarani, particularmente la Declaración de Fe Católica y su Mensaje a la Fraternidad y a sus fieles (adjuntos más abajo), no puede dejar de advertirse un espíritu profundamente católico, impregnado de una verdadera fe en el primado papal y de una devoción filial hacia la persona del Sumo Pontífice.

El problema al que se enfrenta la FSSPX no es difícil de comprender. La Santa Sede exige que la FSSPX acepte, sin objeciones sustanciales, ciertas enseñanzas objetivamente ambiguas y no definitivas del Concilio Vaticano II, afirmaciones ambiguas del magisterio papal posconciliar y defectos doctrinales y rituales objetivos del Novus Ordo. Sin embargo, Dios nunca ha exigido la aceptación de doctrinas que sean poco claras o formuladas ambiguamente, y a lo largo de su historia la Iglesia siempre ha actuado en consecuencia.

La FSSPX considera que una de las razones esenciales de su existencia es llamar, con parresía, a un retorno a la claridad absoluta y a la pureza doctrinal que la Iglesia siempre ha buscado preservar a lo largo de los siglos. En el pasado, los Romanos Pontífices soportaron persecuciones, martirios e incluso cismas antes que tolerar la más mínima ambigüedad en la expresión de la fe. Entre los ejemplos más notables se encuentran el rechazo del término ambiguo homoiousios; el rechazo del Henotikon, que, aunque no era formalmente herético, socavaba la claridad de la doctrina cristológica y facilitaba la difusión del monofisismo; y el rechazo de las formulaciones cristológicas ambiguas del papa Honorio I (+638). Varios Papas condenaron póstumamente a Honorio I, no por herejía, sino por ambigüedad doctrinal y por haber favorecido la difusión de la herejía. La unidad no es, en sí misma, el criterio último de la verdad. La historia de la Iglesia conoce numerosas situaciones en las que existieron tensiones entre la tradición y el ejercicio efectivo de la autoridad eclesiástica.

El simple hecho de que ciertas enseñanzas del Concilio Vaticano II, junto con la reforma litúrgica, hayan dado lugar —y sigan dando lugar, tanto en teoría como en la práctica— a un debilitamiento de la claridad doctrinal obliga al Papa, siguiendo el ejemplo de muchos de sus heroicos predecesores, a aclarar y, cuando sea necesario, corregir estas enseñanzas. Esto debería hacerse con una renovada precisión y claridad doctrinales, de tal manera que no quede espacio alguno para interpretaciones ambiguas o erróneas. A este respecto, sigue siendo más actual que nunca el siguiente principio, que durante mucho tiempo guio a los Romanos Pontífices: «La ambigüedad nunca puede ser tolerada en un Sínodo (Concilio), cuya principal gloria consiste, ante todo, en enseñar la verdad con claridad y excluir todo peligro de error» (Pío VI, Auctorem fidei).

La tragedia de la situación actual es que la Santa Sede exige a la FSSPX que acepte el estado existente de ambigüedad doctrinal y litúrgica como una conditio sine qua non para la plena comunión y la regularización canónica. Durante la controversia monotelita, cuando el papa Honorio I adoptó una posición ambigua, el santo patriarca Sofronio de Jerusalén envió a Roma a su sufragáneo, Esteban, obispo de Dora, instruyéndole para que acudiera a la Sede Apostólica, donde se encuentran los fundamentos de la doctrina ortodoxa, y no cesara de orar y suplicar hasta que quienes ejercían la autoridad examinaran y condenaran el nuevo error. El obispo Esteban permaneció en Roma durante diez años, perseverando en esta misión hasta presenciar la condena de la herejía por parte del papa Martín I en el Concilio Lateranense de 649. En cierto sentido, la FSSPX está desempeñando hoy una función similar, instando sin descanso a la Santa Sede a poner fin a la situación de ambigüedad e incertidumbre doctrinal y litúrgica. La FSSPX ha declarado repetidamente que no tiene otra intención que formar a las almas confiadas a su cuidado pastoral como buenos cristianos e hijos e hijas auténticos de la Iglesia Romana. En última instancia, se debería estar agradecido a la FSSPX por este papel; los futuros Papas ciertamente lo estarán.

5. La solución pastoral del Papa al problema de la FSSPX

La Santa Sede debería considerar debidamente la Declaración de Fe Católica y el Mensaje a los fieles emitidos por el Superior General de la FSSPX, y reconocer estos documentos y actos como suficientes y capaces de satisfacer las condiciones mínimas para la comunión eclesial. Una excomunión en el momento presente abriría una nueva herida en el Cuerpo Místico de Cristo, innecesaria y evitable.

A la luz de estos documentos y actos de la FSSPX, el Papa, con su corazón paterno, podría hacer una excepción y permitir las consagraciones episcopales mediante un gesto pastoral verdaderamente generoso. Al imponer una excomunión a los obispos consagrantes y consagrados, el Sumo Pontífice estaría castigando implícitamente también a los fieles de la FSSPX —una parte de su rebaño— que sinceramente lo aman y lo reconocen, pero que, debido a lo que perciben como un auténtico dilema de conciencia, no ven otra alternativa que continuar siendo asistidos pastoralmente por la FSSPX, para cuya existencia el episcopado sigue siendo indispensable, especialmente para la administración de los sacramentos del Orden Sagrado y de la Confirmación.

Por lo tanto, únicamente por el bien de las almas y el bien de la Iglesia, la FSSPX pide que el Sumo Pontífice muestre comprensión, dadas las circunstancias actuales, respecto de su necesidad de contar con obispos y permita las consagraciones episcopales. Lamentablemente, pese a lo que considera un dilema de conciencia objetivo, la FSSPX es caracterizada en gran medida como cismática y orgullosa.

Con un espíritu de magnanimidad, el Sumo Pontífice, como verdadero padre, podría tender un puente hacia la FSSPX, esta porción de su rebaño, y permitir las consagraciones episcopales de manera excepcional para fomentar un clima en el que, mediante una mayor confianza mutua, pueda encontrarse de forma paciente y gradual una solución a las cuestiones doctrinales y a las correspondientes disposiciones jurídicas. La Iglesia sinodal de nuestros días debería ser capaz de una amplitud pastoral y una generosidad semejantes. A la luz de las numerosas declaraciones e iniciativas ecuménicas generosas de las últimas décadas, debería asimismo demostrar su capacidad para abordar un problema eclesial serio mediante el diálogo, la paciencia y la comprensión dentro de la propia Iglesia Católica.

Recientemente, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, afirmó que, respecto a las desviaciones de los obispos alemanes, la Santa Sede no desea que las divisiones desemboquen en medidas punitivas, subrayando que los problemas dentro de la Iglesia deben resolverse pacíficamente siempre que sea posible. ¿Por qué no habría de aplicarse este mismo enfoque también a la FSSPX, que no niega ningún dogma, reconoce el primado del Papa, reza por él y profesa una devoción filial hacia su persona, mientras conserva únicamente aquello que la Iglesia creyó y celebró universalmente hasta el Concilio? Al mismo tiempo, el Camino Sinodal Alemán ha promovido claras desviaciones doctrinales que fomentan de facto herejías e incluso posiciones blasfemas. ¿Por qué, entonces, se enfatiza la reconciliación y el diálogo paciente en un caso, pero no en el otro?

Si este año el Papa pronunciara una excomunión, un nuevo anatema, contra los obispos consagrantes y consagrados, ello pasaría a la historia de la Iglesia como un error de excesiva severidad pastoral. Las futuras generaciones y los futuros Papas llegarían a lamentarlo. ¿Por qué habría de hacer hoy el Papa aquello que las generaciones futuras podrían lamentar mañana? ¿No deberíamos aprender de la historia? ¿No está llamado el Papa, como Sumo Pontífice, ante todo a ser un constructor de puentes?

Anexos:

  1. Entrevista con el Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 5 de febrero de 2026:
    https://fsspx.news/en/news/interview-superior-general-priestly-society-saint-pius-x-57064
  2. Mensaje a los fieles y amigos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 7 de marzo de 2026:
    https://fsspx.org/en/news/episcopal-consecrations-what-fr-pagliarani-told-members-society-saint-pius-x-59250
  3. Declaración de Fe Católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el P. Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, del 14 de mayo de 2026:
    https://sspx.org/sites/default/files/documents/2026-05-14_declaration_of_catholic_faith_en.pdf

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