La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, firmada el 15 de mayo y publicada el 25, incorpora el término «género» en su desarrollo sobre la justicia social. En el parágrafo 79, al describir las heridas que la justicia reparadora debe sanar, el texto enumera «guerras, colonialismo, discriminaciones raciales o de género, violencia contra pueblos enteros y explotación». Es el dato y conviene fijarlo antes que cualquier lectura: la palabra está en el documento oficial castellano publicado por la Santa Sede.
79. La idea de “justicia social” ayuda a reconocer que las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente. San Juan Pablo II habló en este sentido de estructuras de pecado [108] que se oponen a la voluntad de Dios y requieren un esfuerzo de conversión personal y social. En esta perspectiva, la justicia no concierne sólo a la distribución equitativa de los bienes o a la corrección de las injusticias presentes, sino que asume también una dimensión reparadora. Ella mira a recomponer los vínculos rotos y a reintegrar al que ha sido excluido, teniendo en cuenta las heridas provocadas por las injusticias: guerras, colonialismo, discriminaciones raciales o de género, violencia contra pueblos enteros y explotación. Esto puede significar restituir dignidad y voz a quienes han sido ignorados, favorecer procesos de sanación de la memoria colectiva, combatir leyes y prácticas discriminatorias, y sostener concretamente a quienes cargan aún con las consecuencias de agravios sufridos en el pasado.
Su relevancia no está en lo que el parágrafo dice de más, sino en lo que el vocabulario introduce. La distinción entre «sexo» y «género» no es una sinonimia neutra: es la operación fundacional de las teorías de género, que separan la condición sexuada —dada, biológica— de una categoría cultural y autoatribuida. Fuera de ese marco teórico no existe un «género» independiente del sexo. La antropología de la Iglesia se ha construido sobre la premisa opuesta: «varón y mujer los creó», la diferencia sexual como don recibido y no como constructo. Al hablar de «discriminaciones de género» donde el lenguaje magisterial precedente decía «sexo» o «mujeres», Magnifica humanitas incorpora la categoría que ese mismo magisterio había tratado como ideológica.
El contraste con los textos anteriores es preciso. En Amoris laetitia (2016, n. 56), el Papa Francisco empleó la voz «gender», pero entrecomillada y como nombre de aquello que rechazaba: «una ideología, genéricamente llamada gender, que niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer». El término entraba en el texto en cuarentena, como sujeto de la condena, no como concepto asumido. En 2024, la Declaración Dignitas infinita del Dicasterio para la Doctrina de la Fe condenó expresamente la «teoría del género» (nn. 55-59) y, al enumerar las violaciones de la dignidad, tituló el apartado correspondiente «violencia contra las mujeres», no «violencia de género». Teniendo el sustantivo a mano, eligió deliberadamente la fórmula no marcada.
El detalle institucional refuerza la observación: el cardenal Víctor Manuel Fernández, que firmó Dignitas infinita, fue uno de los ponentes en la presentación de Magnifica humanitas. El mismo dicasterio, en dos años, ofrece dos elecciones léxicas opuestas: el deslinde cuidadoso de 2024 y la incorporación sin matices de 2026.
Defensores del texto objetarán que «de género» debe leerse en su acepción coloquial y jurídica —discriminación contra la mujer—, y que la encíclica afirma en otros pasajes que varón y mujer son imagen de Dios (n. 50) y que ambos poseen igual dignidad (n. 57), además de oponerse al transhumanismo y reafirmar el valor del límite y del cuerpo. La objeción es real en el plano de la intención. No altera, sin embargo, el plano del concepto: una vez que el término entra en un texto de este rango sin la cláusula que la Iglesia se había tomado el trabajo de adosarle durante una década, queda disponible para ser citado como ratificación magisterial de un vocabulario que el propio magisterio había acotado.
La encíclica llega además en vísperas de la visita de León XIV a España (6 al 12 de junio), un país donde «género» es lenguaje estatutario. El término, antes reservado para nombrar y condenar, figura ahora en un texto pontificio como descriptor asumido. Es la primera vez que ocurre en un documento de esta categoría.