La plegaria en wolof

La plegaria en wolof

En la misa que el Papa celebrará el 11 de junio en el Estadio de Gran Canaria, una de las peticiones de la oración de los fieles se reza en wolof, y pide por los difuntos y los náufragos que perdieron la vida en las aguas del Atlántico. La petición es justa, y conviene decirlo sin matices: rezar por los ahogados de la ruta canaria es de las cosas más limpias que puede hacer una Iglesia. No hay nada que objetar al objeto de la plegaria. Todo lo que hay que objetar está en su lengua.

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El wolof no es una lengua de la Iglesia en España. No es cooficial en este país. No la entiende casi nadie de los más de cuarenta y seis mil inscritos que llenarán el estadio. Y —este es el punto que conviene no eludir— tampoco la rezan, en su mayoría, aquellos a quienes se supone que honra: el wolof es la lengua de Senegal, un país musulmán en más del noventa por ciento, de modo que el migrante wolófono medio de la ruta atlántica ni es católico ni está en esa misa. Una petición que ni los presentes comprenden ni los aludidos profesan no está dirigida a unos ni a otros. Está dirigida hacia fuera. A la cámara. Al titular. A la lectura que de todo esto se hará mañana.

Lo notable es que esto invierte la lógica misma por la que la Iglesia reza en lenguas vernáculas. El Concilio abrió la liturgia al idioma del pueblo que reza, no al idioma de un pueblo que no está rezando. La inculturación consiste en que la asamblea se reconozca en su lengua; aquí se ha elegido una lengua precisamente porque la asamblea no se reconoce en ella. El vernáculo deja de servir a la oración y pasa a servir al signo.

Y no hace falta deducirlo: lo enseña el propio libreto, por contraste. Tres días antes, en la Sagrada Familia, el Papa rezará en catalán. El catalán es cooficial, es inteligible para quien está allí, es la lengua de esa asamblea: inculturación de manual, irreprochable. En Gran Canaria, en cambio, ninguna de las tres cosas. El mismo documento que hace lo correcto en Barcelona hace algo muy distinto en Canarias, y la diferencia no es de tono: es de destinatario.

La secuencia remata la idea. La oración de Gran Canaria asciende del español al inglés, del inglés al francés, del francés al wolof. Empieza en lo universal y termina en el vernáculo exacto de una sola ruta migratoria. Esa progresión no es litúrgica: es editorial. Alguien la montó como se monta un plano, sabiendo que el último idioma es el que se subraya, el que la prensa citará, el que cierra la imagen.

De ahí que la palabra precisa no sea oración, sino rótulo. La súplica por los ahogados del Atlántico es sincera; su puesta en wolof es escenografía. Se reza en una lengua que nadie en el estadio puede seguir para que, fuera del estadio, todos entiendan exactamente lo que se quiere decir. La liturgia se ha convertido en mensaje, y el mensaje no va dirigido a Dios, que entiende todas las lenguas y no necesita que se le elija ninguna, sino a los hombres, que entienden de gestos y a quienes se les ha ofrecido uno bien calculado.

Recen por los muertos del mar. Háganlo en todas las lenguas, o en una sola, o en la única que de verdad nunca sobra en una iglesia, que es el latín. Pero que no nos cuenten que la elección del wolof fue una decisión pastoral. Fue una decisión de comunicación. Y una misa no es una rueda de prensa, por mucho que algunos hayan dejado de notar la diferencia.

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