La lengua que nadie defiende

La lengua que nadie defiende

El misal que la Santa Sede hizo público este lunes para la visita de León XIV a Barcelona ha encendido la indignación del catalanismo eclesial y civil por una razón que conviene decir desde la primera línea: la indignación apunta al idioma equivocado. La protesta sostiene que el castellano arrincona al catalán en la misa del 10 de junio en la Sagrada Familia. Lo que el guion litúrgico documenta, en cambio, es que la lengua desalajada de la celebración no es el catalán sino el latín, esto es, la única que no pertenece a ninguna de las dos patrias en litigio y la única que la Iglesia llama suya.

Los hechos, primero. El templo de Gaudí se consagró en 2010 con Benedicto XVI, y aquella misa repartió las lenguas con una arquitectura reconocible: catalán en buena parte de la homilía y en gestos del rito de dedicación, castellano en otra porción, y latín en el corazón eucarístico —el Canon romano, el Padrenuestro cantado, el Ángelus final con el que se cerró la jornada—. Dieciséis años después, la celebración es más breve, ya no hay rito de dedicación porque el templo está dedicado, y el equilibrio se ha desplazado. Según el cómputo difundido por el portal Catalunya Religió —catalanista y, por tanto, nada sospechoso de minimizar el agravio—, el catalán queda en torno al veinte por ciento, el castellano supera el setenta y el latín se vuelve anecdótico. La bendición de la torre de Jesucristo, momento culminante de la misa y motivo confeso del viaje, será íntegramente en castellano. Donde hace dieciséis años sonó el Ángelus en latín, este 10 de junio sonará una bendición en la lengua de Cervantes.

Hasta aquí el relato que ha cuajado. El matiz que casi nadie ha querido subrayar lo aporta el propio Catalunya Religió y desarma la tesis del expolio: las grandes plegarias de 2010 no se rezaron en catalán, sino en latín, conforme al Canon romano. El misal de ahora prevé que la práctica totalidad de esos textos pase al castellano. Y el Padrenuestro, que en 2010 se cantó en latín, en 2026 se cantará en catalán. Léase despacio, porque la consecuencia es incómoda para los dos bandos: el catalán no ha perdido terreno frente al castellano en el núcleo de la misa; lo ha ganado. Quien ha sido expulsado del centro de la liturgia, sin que lo llore ninguna entidad, ninguna fundación ni ningún tertuliano, es el latín. El idioma propio de la Iglesia universal, el que precisamente no toma partido en la querella identitaria catalana, se ha quedado sin abogado defensor en un país donde todos los demás idiomas tienen el suyo.

Conviene, en todo caso, atender a quién protesta, porque el censo de la indignación es ilustrativo. El primer reproche es interno y tiene fundamento documental: la organización de la visita había vendido lo contrario de lo que el misal recoge. El padre Enric Puig, coordinador de la visita apostólica en Cataluña, había asegurado que la cuestión de la lengua estaba «resuelta» y llegó a afirmar que el Santo Padre hablaría en catalán. El texto publicado por Roma desmiente esa expectativa: León XIV pronunciará en catalán las palabras iniciales del rito —la señal de la cruz y el saludo— y a partir de ahí se expresará en castellano. La distancia entre lo prometido en rueda de prensa y lo impreso en el misal es el dato más sólido del episodio, y el que con más razón irrita a los firmantes catalanes del proyecto.

De ahí en adelante, el coro de quejas se ordena por familias. La eclesial-catalanista, agrupada en buena medida en la Red de Entidades Cristianas, habla de retroceso y de desarraigo. Carles Armengol, director de la Fundación Joan Carrera, califica de sorprendente que el resultado no se corresponda con los mensajes de la organización barcelonesa y concluye que se camina hacia atrás. Joan Maluquer, de la Liga Espiritual de la Madre de Dios de Montserrat, lamenta la incapacidad del arzobispado de Barcelona para defender la lengua y diagnostica una Iglesia desarraigada en la capital. Mosén Cinto Busquet, párroco del Maresme, lo formula con una resignación reveladora: el Papa hará lo que la organización le haya pautado, y nada le habría costado bendecir en catalán. La segunda familia es la secular, que se incorpora con entusiasmo previsible: Pilar Rahola resume el tono con un «menosprecian nuestro idioma en nuestro propio país». Y la tercera, simétrica, es la del nacionalismo español de signo contrario, que celebra el misal como una victoria y describe a los quejosos como una coalición de separatistas, masones e izquierda radical empeñada en boicotear al Papa.

El cuadro completo tiene algo de comedia de equivocaciones. Tres tribus distintas leen el mismo documento litúrgico como si fuera una papeleta electoral, y cada una proclama haber ganado o perdido según el cómputo de palabras en su lengua. Nadie discute la sustancia teológica de la misa; se discute su reparto idiomático como quien reparte escaños. La liturgia, que por definición es el lugar donde la Iglesia habla con Dios y no consigo misma, ha quedado convertida en un acta de soberanía lingüística que cada parte firma o impugna.

El director de Catalunya Religió, Jordi Llisterri, ofrece la explicación más sobria y probablemente la más certera: el desplazamiento se debe a que en 2010 el reparto se trabajó entre el arzobispado de Barcelona y la Santa Sede, mientras que ahora la organización pasa en buena parte por comisiones de Madrid. Su veredicto —que alguien no ha sido nada preciso— vale tanto para el catalán como para el latín. La burocracia de una visita papal que recorre Canarias, Madrid y Cataluña entre el 6 y el 12 de junio ha homogeneizado la lengua hacia el castellano por la vía administrativa, no por una decisión doctrinal sobre el catalán. Es la pereza de los formularios, no el designio de los obispos, lo que mejor explica el misal.

Queda la ironía histórica, que en este caso no es retórica sino factual. La misa del 10 de junio coincide con el centenario de la muerte de Gaudí, catalanista confeso a quien la Policía de Primo de Rivera detuvo en 1924 por negarse a hablar en castellano camino de misa. León XIV lo proclamará «arquitecto de Dios» en una celebración en la que su lengua ocupará un quinto del tiempo. La paradoja es real y dará titulares. Pero no debería tapar la otra, más grave para quien mire la liturgia como liturgia: en el templo más alto de la cristiandad, levantado piedra a piedra como una catequesis en vertical, la lengua que la Iglesia eligió hace siglos para entenderse por encima de fronteras y banderas se ha quedado sin nadie que la reclame. El catalán tiene plataformas; el castellano tiene Estado; el latín solo tenía a la Iglesia, y la Iglesia, ocupada en arbitrar entre las dos patrias, lo ha dejado a la puerta del templo.

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