Escribo esto antes, a propósito. Antes de que León XIV pise España en junio, antes de que pronuncie sobre la inmigración el discurso que pronunciará, y antes de que ese discurso produzca el efecto que producirá. Lo escribo antes porque lo que viene puede preverse con la misma certeza con que se prevé la sombra conociendo el cuerpo y la luz, y porque quiero que conste, fechado, que el efecto no será un accidente lamentable sobrevenido a unas palabras bienintencionadas, sino el resultado exacto de haberlas dicho donde se dirán, cuando se dirán y callando lo que se callará. No es profecía. Es geometría.
Dirá cosas que ningún católico podrá contestar. Que el Estado tiene derecho a ordenar sus fronteras. Que el drama nace en los países de origen y en lo que el Norte no hace por el Sur. Que quien llega es un hombre y merece el respeto debido a su dignidad. Tres proposiciones impecables, las tres de manual, las tres pronunciadas ya en el avión de regreso de África el pasado abril. Y precisamente porque son impecables conviene mirarlas con cuidado, pues hay verdades que enseñan en una sala y condenan en otra sin haber cambiado una coma: lo que cambia no es la verdad, es quién está sentado oyéndola.
Aristóteles describió el artificio hace veintitrés siglos al definir el entimema, el silogismo retórico cuya fuerza no está en lo que el orador dice sino en la premisa que calla y que el oyente, diligente, completa por su cuenta. Cuando el Papa recuerda que al migrante «hay que tratarlo como ser humano y no peor que a los animales», enuncia una verdad y abre, en el mismo gesto, un hueco. El hueco reclama una premisa tácita: que hay alguien dispuesto a tratarlo peor que a una bestia. Sobre el Atlántico, ante la prensa del mundo, esa premisa flota sin domicilio. Pero los periodistas no preguntaban por el mundo. Preguntaban por España, por Canarias, por la polarización migratoria —dijeron— «también entre los católicos». La pregunta venía ya con el tablero pintado. Y el español que escuche no tendrá que esforzarse para ponerle rostro al monstruo presupuesto: se lo darán hecho.
El mecanismo tiene genealogía evangélica y conviene no eludirla. Es la arquitectura de la oración del fariseo —»Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres» (Lc 18)—, que en un solo movimiento sitúa al que habla del lado de la virtud y arroja al que calla del lado del vicio. Invocar la dignidad del migrante en sede polarizada hace exactamente eso: coloca al que la invoca en el bando de la dignidad —operación gratuita, pues nadie la disputa— y deja, sin nombrarlo, al disidente en el bando del que trataría a un hombre peor que a un animal. La proposición es caritativa; su rendimiento, no. Lo que Péguy reprochó al kantismo vale aquí con crueldad milimétrica: tiene las manos limpias, pero no tiene manos. La invocación no devuelve ni acoge a nadie, no resuelve un solo expediente, no arbitra la disyuntiva real entre repatriar y regularizar; pero ensucia, eso sí, al que ose plantearla.
Y aquí es donde la piedad mal entendida intentará salvar al Pontífice por el camino más corto, que es el de suponerlo ingenuo: dijo una verdad bella, y si una facción la cobra en su provecho, suya será la culpa, no de quien la dijo. Absolución cómoda. También imposible. Porque para concedérsela habría que imaginar a León XIV ignorante de tres cosas que nadie en su solio ignora. Que la pregunta no era sobre el mundo, sino sobre España y su pleito. Que viaja en junio justamente al país donde ese pleito arde. Y que el principio de la dignidad, en ese campo, no lo discute nadie, de modo que repetirlo no añade un gramo de información y solo redistribuye culpa. Tres ignorancias que, sumadas, no retratan a un pastor distraído, sino a un hombre ajeno al oficio que ejerce. Y como al trono de Pedro no se asciende por despiste, la hipótesis de la inocencia se desmorona sola. Queda la otra.
La refuerza lo que la vieja retórica llamaba el argumento del silencio. Quien temiese el mal uso de su frase tenía a mano la frase que lo conjuraba, y le costaba una subordinada: que la dignidad del hombre no decide su permanencia, que reconocer a la persona no es reconocerle el derecho a quedarse, que entre la devolución humana y la acogida sin orden cabe un mundo entero. No la dijo. Pudo desarmar el equívoco con doce palabras y prefirió no gastarlas. La premisa que habría neutralizado el efecto es, mírese bien, la única que falta en un discurso que dijo todo lo demás. Un silencio tan exacto no es un olvido. Es un plano.
No hablo de malicia, que es palabra gruesa y además se confiesa. Hablo de cálculo, que es más fino y se reza. El efecto —absolver a una orilla del tablero, manchar a la otra con una crueldad que no ha propuesto— no será el percance que el orador deplore luego desde el cielo de su buena fe. Será, con toda la probabilidad que la inteligencia del personaje impone, lo que se buscó al elegir esta sala, esta víspera y este país, y al reservar el silencio puntual que deja la verdad caída en manos de quienes ya saben qué hacer con ella. Nadie, conviene decirlo, pide ahogar a nadie en el mar; no lo pide ninguna voz pública en España. Ese es el primor del recurso: fabricar un adversario que no existe para que el que sí existe quede, por vecindad, embadurnado de su monstruosidad inventada.
De modo que León XIV será irreprochable en cada palabra que pronuncie. Lo será, sobre todo, en la que no pronuncie. Y los que salgan de esa misa convencidos de que el Cielo ha fallado a su favor habrán sido absueltos, sí, pero por un tribunal que no era el de Dios, sino el del que sabía con precisión de artillero dónde iba a caer la piedra cuando la soltó. Lo escribo ahora, antes, para que cuando ocurra nadie pueda llamarlo sorpresa. Ni paranoia. Solo memoria anticipada de una mecánica que el propio interesado conoce mejor que yo.