TRUBUNA. Cuando el escultismo católico, ya no es ni escultismo ni católico

Carta de un scout católico

TRUBUNA. Cuando el escultismo católico, ya no es ni escultismo ni católico

La noticia publicada el 30 de mayo en este medio sobre la decisión de la Asociación de Guías y Scouts Católicos Italianos (AGESCI) de eliminar la orientación sexual y la identidad de género como criterios de discernimiento para quienes ejercen responsabilidades educativas ha caído como una bomba en determinados sectores del mundo scout, en Europa y en España.

Y es que su gravedad merece una reflexión mucho más profunda que la mera crónica de un cambio organizativo. Lo que está en juego no es una cuestión administrativa o de formas de practicar escultismo (eso que hacen los scouts). Lo que está en juego es la propia naturaleza del escultismo en general y del escultismo católico muy en particular.

Porque el escultismo no nació como una simple actividad de ocio juvenil. Robert Baden-Powell creó un método pedagógico extraordinariamente eficaz para formar el carácter, despertar el sentido del deber, cultivar la responsabilidad personal y educar en las virtudes que hacen posible una vida adulta madura. Más de un siglo después, nadie puede negar la enorme aportación educativa de aquel proyecto nacido en Inglaterra.

Sin embargo, el verdadero salto cualitativo en el método scout llegó cuando el padre Jacques Sevin comprendió que aquel método podía convertirse en una formidable herramienta de evangelización. No se trataba de bautizar superficialmente unas actividades al aire libre ni de añadir unas oraciones al final de las reuniones. Se trataba de integrar la visión cristiana del hombre en toda la pedagogía scout.

El padre Sevin conoció personalmente a Baden-Powell y supo descubrir la enorme compatibilidad existente entre el método scout y la antropología cristiana. De esa fusión nació el escultismo católico moderno, que durante décadas formó generaciones de jóvenes en el amor a Dios, al prójimo, a la patria y al servicio.

Precisamente por eso resulta especialmente doloroso comprobar cómo muchas de las grandes asociaciones scouts que nacieron bajo inspiración católica y que fueron acogidas por las Conferencias Episcopales de sus respectivos países en los años 60, han ido alejándose progresivamente de sus raíces. El problema no es nuevo. Lleva décadas gestándose, en toda Europa y también en España.

Primero relativizaron la dimensión espiritual para olvidarla por completo después. Luego se sustituyó la formación del carácter por dinámicas de autoexpresión emocional. Más tarde se abandonó la exigencia educativa en nombre de una falsa inclusión. Y finalmente se ha terminado aceptando el lenguaje, las categorías antropológicas y los presupuestos ideológicos de la revolución cultural contemporánea.

¿Qué modelo humano propone hoy el escultismo católico?

La cuestión de fondo no es si determinadas personas pueden participar en una asociación scout. La cuestión es otra muy distinta: ¿qué modelo humano propone el escultismo católico a los niños y adolescentes a través de sus documentos fundamentales y sobre todo a través de los modelos de educadores que trabajan directamente con los niños y adolescentes?

Porque el método scout no es neutral. Nunca lo ha sido. Toda educación parte necesariamente de una determinada concepción del hombre. Y el escultismo católico solo puede llamarse así si tiene en cuenta plenamente la antropología cristiana y la misión educativa y evangelizadora de la Iglesia, ofrecida concretamente bajo las formas y métodos del escultismo.

Cuando estos fundamentos desaparecen, el método se vacía de contenido. Puede mantenerse el uniforme. Puede mantenerse el campamento. Puede mantenerse incluso la terminología tradicional. Pero la esencia educativa y católica ya no está allí.

Ninguna asociación scout excluye a nadie por sus tendencias sexuales. Lo que sí debe hacer toda asociación juvenil católica es cuidar que los referentes educativos que trabajan directamente con niños y adolescentes puedan ser referentes para ellos. Y es precisamente en este punto donde la decisión de AGESCI resulta especialmente grave.

Durante la infancia y la adolescencia los jóvenes buscan referencias. Los padres siguen siendo fundamentales, pero todos los educadores saben que llega una etapa en la que los adolescentes comienzan a mirar más allá del ámbito familiar para encontrar modelos que les ayuden a construir su propia identidad.

Por eso la Iglesia siempre ha considerado que quienes desempeñan funciones formativas con menores deben ofrecer no solamente competencias técnicas, sino también y sobre todo coherencia moral y claridad en su modo de vivir.

Resulta profundamente irresponsable que una organización que se presenta como católica y que lo está por su Conferencia Episcopal, renuncie explícitamente a valorar la adecuación antropológica y moral de quienes van a convertirse en referentes de niños y adolescentes. La cuestión no es la dignidad personal de nadie, que es innegable y debe ser respetada siempre. La cuestión es si una institución educativa católica puede comportarse como si la visión cristiana de la sexualidad fuese irrelevante para quienes ejercen responsabilidades formativas.

Porque cuando una asociación afirma que la orientación sexual o la identidad de género son cuestiones completamente indiferentes para el discernimiento educativo, está diciendo implícitamente que la antropología católica también es indiferente.

Y eso supone una ruptura frontal con la tradición educativa del escultismo católico.

No es casualidad que el nuevo documento aprobado por los scouts italianos incluya además programas de formación en identidad de género y orientación sexual y promueva la adopción de los nuevos lenguajes impuestos por la corrección política contemporánea.

Lo que hoy se presenta como inclusión termina mañana convirtiéndose en una profunda transformación de toda la propuesta educativa.

La alternativa de los Scouts de Europa

Afortunadamente, no todo el escultismo católico europeo ha recorrido ese camino.

La Unión Internacional de Guías y Scouts de Europa nació después de la Segunda Guerra Mundial para unir a las nuevas generaciones europeas mediante el método del escultismo católico del jesuita P. Sevin, en proceso de beatificación, reconocido ya por Benedicto XVI como Venerable. Los Scouts de Europa fueron reconocidos como Asociación Internacional Privada de Fieles de Derecho Pontificio por el papa san Juan Pablo II en 2003.

En España, la Asociación Española de Guías y Scouts de Europa, perteneciente a esta federación, está presente desde 1978 y fue reconocida por la Conferencia Episcopal Española como Asociación Privada de Fieles en el año 2007 y forma parte de esta federación internacional.

Su propuesta educativa sigue defendiendo sin complejos aquello que hizo grande al escultismo católico: la formación del carácter, el sentido de lo concreto, el servicio, la salud y la búsqueda de Dios mediante sus intuiciones originales: la educación diferenciada, la vida al aire libre, la exigencia personal, la liturgia cuidada, el trabajo con las manos, la vivencia coherente de la fe, etc.

Quizá por eso muchos padres vuelven hoy la mirada hacia esta asociación española. Porque intuyen que los jóvenes no necesitan más confusión. No necesitan más experimentos antropológicos. No necesitan más concesiones a las modas ideológicas. Necesitan educadores convencidos. Necesitan referentes sólidos. Necesitan verdad.

Volver a Baden-Powell, volver al padre Sevin, volver a Cristo

La verdadera pregunta que deberían hacerse hoy muchas asociaciones scouts europeas es sencilla: ¿quieren seguir siendo scouts católicos o convertirse en una organización juvenil más adaptada al espíritu del mundo?

Porque la historia demuestra que cada vez que una institución católica intenta hacerse aceptable para la cultura dominante termina perdiendo aquello que la hacía valiosa.

El escultismo católico no necesita reinventarse. Necesita volver a Baden-Powell, volver al Padre Sevin y con ello a Cristo.

Quienes permanezcan fieles seguirán formando generaciones de jóvenes libres, fuertes y santos. Quienes no lo hagan podrán conservar el uniforme, pero habrán perdido el alma y por tanto deberían perder también por completo el nombre para no confundir a nadie.

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