Ha ocurrido este noviembre. En la última reunión de los obispos italianos, su presidente, el cardenal Matteo Zuppi, manifestó algo para muchos chocante. Aseveró, rotundo, que “la Cristiandad ha terminado”. La sorpresa, sin embargo, no debería resultar tan contundente: el propio papa Francisco lo vino repitiendo desde 2014, cuando afirmó que “no estamos en la Cristiandad, ya no”.
Para quienes confunden Cristiandad con cristianismo, como si las dos palabras significaran lo mismo, este tipo de declaraciones resonarán un tanto apocalípticas: ¿acaso están los más altos representantes de la Iglesia católica anunciando el final de su propia religión? ¿Acaso estamos contemplando hoy, en vivo, la figura que Nietzsche nos describió en los últimos compases de su Así habló Zaratustra: la figura del “último papa”, un pontífice que anunciaría la muerte de Dios?
La sorpresa (y los temores ante esa conclusión nietzscheana) se atemperan un tanto si uno continúa escuchando a Zuppi: “La Cristiandad se ha terminado… pero el cristianismo no”, matizó el cardenal. Y esta misma idea es, sin duda, la que alentaba al papa Francisco siempre que expresó afirmaciones semejantes. Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre Cristiandad y cristianismo como para que tan altos prelados establezcan la citada dicotomía entre una que termina y el otro que, sin embargo, no?
Por decirlo con rapidez, pensemos en el cristianismo como una fe religiosa: la creencia en Jesús como Hijo de Dios, con sus enseñanzas, sus sacramentos, sus comunidades de creyentes. La Cristiandad, en cambio, sería más bien el nombre de una civilización: aquella en que los principios cristianos marcan no solo la vida privada de algunos individuos, sino las leyes, las instituciones, el arte, la cultura de toda una sociedad. El cristianismo puede darse perfectamente sin Cristiandad: así lo hizo durante sus tres primeros siglos, y aún hoy lo hace doquier constituye una religión minoritaria. A su vez, en la Cristiandad —en una civilización marcada por el cristianismo— pueden de seguro vivir individuos que no sean cristianos, que no tengan la fe cristiana —judíos, budistas, ateos, agnósticos—; pero todos ellos viven en una sociedad donde es la inspiración cristiana la que organiza la convivencia.
Ahora bien, según Zuppi, el papa Francisco y tantos otros, hoy día Occidente ya no es una sociedad de ese tipo. La filósofa Chantal Delsol lo explicó en su libro El final de la cristiandad (2021): basta mirar a la legislación de casi todos los países occidentales —donde avanza el aborto, la eutanasia, las leyes trans,…— para que resulte ridículo seguir pensando que vivimos en “una civilización marcada por los principios cristianos”. Ha empezado entre nosotros una nueva era: la era poscristiana. ¿Cuáles han de ser las consecuencias que los cristianos extraigan ante ello?
Tres respuestas ante el fin de la Cristiandad
Aquí podríamos decir que las respuestas se dividen en tres grandes grupos.
El primer grupo es el de aquellos cristianos que se alegran del fin de la cristiandad, porque este nos hará más “auténticos” en nuestra fe. Son cristianos que saben que, para ese objetivo, contarán con sus colegios privados, sus parroquias, sus grupos eclesiales, donde podrán vivir esa “autenticidad”. Se trata de un cristianismo burgués, que en el fondo se alegra de no tener que apechugar con las molestias que tiene siempre eso de implantar en una sociedad (cristiana) los principios (cristianos): es mucho más sencillo conformarse con implantarlos en tu familia o tu urbanización.
Al segundo grupo pertenecen cristianos que también celebran el fin de la Cristiandad, pero por motivos muy diferentes a los recién descritos burgueses. Estamos pensando ahora en los cristianos progresistas, incluso wokistas. Para ellos, la vieja civilización cristiana (la de Constantino, los Reyes Católicos, tantos siglos de Europa) siempre les produjo vergüenza: ¡era tan autoritaria, tan patriarcal, tan propia de señores! Qué alivio poder por fin librarnos de ella, qué alegría su final, y qué grato es poder optar ahora por una nueva civilización más “inclusiva”, más “tolerante”, donde lo cristiano sea apenas una preferencia personal, como coleccionar sellos o practicar yoga; aunque los principios comunes tengan un cierto sabor cristiano, amoroso, “blandito”: empatía, tolerancia, no discriminación… (Permítaseme apuntar, siquiera entre paréntesis, que el problema, claro, es lo que esta nueva civilización woke también impone, tras sus cariñosas palabras: sus dogmas sobre el sexo, sobre el aborto, sobre el lenguaje políticamente correcto. Solo que a estos cristianos wokistas esta imposición les resulta mucho más simpática que la antigua).
Por último, existe un tercer grupo: el de aquellos que no nos alegramos, ni mucho menos, del fin de la Cristiandad. Y no porque añoremos alguna vieja civilización cristiana y perfecta —cosa que seguramente jamás haya existido—; sino porque sabemos que una civilización inspirada en principios cristianos, por imperfecta que sea, resulta bien preferible a las alternativas. Tanto a las internas (una nueva civilización wokista) como a las que nos llegan de fuera (una civilización islámica).
Pero, además, consideramos que reconstruir el maltrecho (pero no del todo derrumbado) edificio de la Cristiandad es lo mejor que podemos hacer para cobijar ahí el cristianismo.
Por qué la Cristiandad sigue siendo necesaria
¿Por qué? En primer lugar, porque la Cristiandad no ha sido un estorbo para el cristianismo, como piensa el grupo de cristianos “progresistas”, sino que ha sido en realidad su mayor protección. Durante diecisiete siglos ha garantizado que nacieran niños en hogares cristianos, que se educaran en escuelas donde se enseñaba el Evangelio, que se festejaran fiestas que giraban en torno a lo cristiano, que crecieran en sociedades donde las iglesias no eran clandestinas, sino una opción al alcance de todos. La transmisión de la fe de generación en generación no ocurre en el vacío: a ella ayuda un entorno que resuene a Cristo. Ya lo decía el cardenal Jean Daniélou en un debate que sobre estos asuntos sostuvo con Jean-Pierre Jossua hará sesenta años: los principales beneficiados en una civilización cristiana, donde lo cristiano esté fácilmente al alcance de todos, son los pobres; esto es, aquellos que no tienen tiempo, ni recursos, ni acceso para ponerse a buscarlo por su cuenta.
El segundo motivo por el que muchos somos partidarios de una civilización, y no solo una fe, cristiana es quizá más claro: el cristianismo nunca fue solo un conjunto de creencias privadas sobre el más allá. Desde el principio tuvo implicaciones radicales sobre cómo debe organizarse ya este mundo: la dignidad de cada ser humano, la verdad objetiva por encima de los caprichos del poder, la necesidad del perdón. Y todo eso se fue implantando al prohibir Constantino el infanticidio, las crucifixiones, los juegos de gladiadores. En suma, todo eso fue pasando de la fe de un grupito parroquial (o de una catacumba) a las leyes, a las costumbres, a las (nuevas) festividades. Fue pasando al espacio público. A una civilización. A lo que configura vidas y les da un sentido de vivir.
Por eso, si renunciara a la Cristiandad, como quieren burgueses y wokistas, el cristianismo no volvería ni más puro ni más auténtico. Se volvería más irrelevante y menos fiel a su vocación.
Por eso algunos seguimos creyendo que la batalla por la Cristiandad no ha terminado. Pues sabemos que, cuando termine de verdad, el cristianismo descubrirá cuánto la necesitaba.
Reconstruir las ruinas
Y, por eso, aunque cada vez queden menos restos de una civilización cristiana a nuestro alrededor —y, por consiguiente, entendamos a Zuppi, a Francisco o a Delsol cuando declaran ya finiquitada—, estamos empero dispuestos a reconstruirla no solo en nuestras parroquias, en nuestros colegios privados o en nuestros grupos de yoga; sino también en nuestras leyes, en nuestras creaciones culturales, en nuestras señas de identidad. La antigua ciudad cristiana que habitábamos ha quedado en buena parte derruida, sí; pero aún nos quedan piedras, planos y ánimos de contribuir a su restauración. ¿No fue también esa la palabra, restauratio (Hispaniae), la que usaron nuestros antepasados cuando otra civilización parecía haber invadido la península ibérica entera? Nuestra situación no es más desasosegante que lo que pudieron sentir ellos.
Y ellos lo lograron.
Publicado originalmente en la revista de la Real Cofradía del Silencio y Santa Cruz de Oviedo.