¿Una visita pastoral o una gala de la España oficial?

¿Una visita pastoral o una gala de la España oficial?

A medida que se conocen nuevos detalles de la visita de León XIV a España, resulta cada vez más difícil ignorar esa sensación incómoda de estar asistiendo a la preparación de un gran acontecimiento institucional, mediático y cultural en el que la dimensión específicamente religiosa queda relegada a un segundo plano. No porque el Papa haya dejado de ser el Sucesor de Pedro, sino porque quienes organizan, presentan y enmarcan los actos parecen empeñados en convertir su presencia en un evento transversal apto para todos los públicos, cuidadosamente integrado en los códigos de la España oficial.

La elección de los periodistas Carlos Franganillo y Lara Siscar para conducir el encuentro que reunirá al Pontífice con representantes de la cultura, la educación, la empresa y el deporte no tendría mayor relevancia si se tratara de una decisión aislada. Sin embargo, se suma a una larga lista de nombres que dibujan una dirección muy concreta. Junto a ellos aparecerán Antonio Banderas, Rozalén, Sara Baras, Carolina Marín, Teresa Perales, los líderes de UGT y CCOO, representantes de la patronal y diversas figuras habituales del ecosistema mediático e institucional español. El resultado no parece tanto una visita pastoral como una gran escenificación de consenso social en torno a la figura del Papa.

Nadie discute que el Pontífice deba dialogar con el mundo de la cultura, de la empresa, del deporte o de la política. De hecho, la Iglesia siempre ha buscado estar presente allí donde se desarrolla la vida de los hombres. Lo llamativo es que, cuando se observa el conjunto de la programación y de los perfiles seleccionados para protagonizar los actos más visibles, emerge una imagen muy determinada de España: la España televisiva, institucional y culturalmente homologada, la misma que suele ocupar los platós, los grandes foros y los espacios de representación pública.

El problema no es la presencia de estos nombres. El problema es la ausencia de otros. Cuesta encontrar en el escaparate principal de la visita referencias visibles a las realidades que sostienen cotidianamente la vida de la Iglesia: familias, movimientos apostólicos, asociaciones provida, comunidades religiosas, educadores católicos o tantas iniciativas evangelizadoras que trabajan silenciosamente lejos de los focos. Da la impresión de que, para presentar al Papa ante la sociedad española, se ha considerado más importante rodearlo de celebridades reconocibles que mostrar el rostro concreto del catolicismo vivo.

Esta tendencia no puede separarse del contexto político en el que se produce la visita. Desde hace años, el Gobierno de Pedro Sánchez ha demostrado una notable capacidad para integrar en su relato institucional símbolos y figuras que, en principio, no forman parte de su propio proyecto ideológico. La Corona, las Fuerzas Armadas o determinadas tradiciones religiosas han sido utilizadas en distintos momentos como elementos de legitimación y normalización pública. La figura del Papa posee un valor aún mayor: representa una autoridad moral global cuya imagen transmite respetabilidad, moderación y prestigio internacional.

Y es que es evidente que algunos sectores políticos, mediáticos y culturales no están viendo en León XIV una oportunidad extraordinaria para proyectar una imagen de armonía que difícilmente se corresponde con la realidad. Porque mientras se preparan grandes escenarios de diálogo y entendimiento, siguen plenamente vigentes políticas que chocan frontalmente con principios fundamentales de la doctrina católica en cuestiones como la vida, la familia, la educación o la concepción misma de la persona humana.

La cuestión no es si el Papa debe encontrarse con representantes de la sociedad civil. La cuestión es qué mensaje se transmite cuando una visita apostólica termina envuelta en una estética que recuerda más a un festival o a una ceremonia de prestigio institucional que a una llamada a la conversión, a la verdad y al encuentro con Cristo. Existe una diferencia sustancial entre dialogar con el mundo y dejarse absorber por sus categorías.

La Iglesia no necesita convertir cada visita papal en un espectáculo para demostrar su relevancia. Tampoco necesita la validación de los platós ni de las élites culturales para justificar su presencia en la sociedad. Su fuerza ha residido siempre en algo mucho más profundo: la capacidad de anunciar el Evangelio incluso cuando resulta incómodo para los poderosos, para los medios y para las modas dominantes.

Cuando León XIV llegue a España, millones de católicos no esperarán una gala. Esperarán escuchar la voz del Sucesor de Pedro. Y sería una lástima que, entre tantos focos, presentadores, celebridades y escenografías cuidadosamente diseñadas, esa fuera precisamente la voz que menos se escuchara.

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