“Antes de que el Edén existiese hubo una guerra, una rebelión que dejó consecuencias que no podemos olvidar. El príncipe de los ángeles se rebeló contra Dios y la batalla no ha terminado. Dios tiene un enemigo y nosotros también. El hombre ha nacido en un mundo en guerra”.
Antonio José Gómez Mir, Nosotros. Palestra ascética para hombres (2025).
Nosotros. Palestra ascética para hombres (2025) es un libro que nace, en la parroquia de Sant Jordi de Vallcarca de Barcelona, del compromiso personalísimo del Padre Antonio José Gómez Mir para con una pastoral catequética muy concreta… Este sacerdote catalán se dio cuenta de la necesidad de responder a un largo proceso de infantilización y feminización del varón acaecido en las últimas décadas no sólo en el ámbito social en general, sino también en el seno de la Iglesia. Así, “Nosotros nació con la vocación de dar respuesta a esta desorientación del hombre católico en el mundo moderno y en la Iglesia”.
La orfandad provocada por la ausencia de modelos de “hombre” virtuoso (héroe, caballero, mártir, monje, padre) ha venido generando un cristianismo débil, pusilánime y emasculador que hace que, en palabras del autor, “no nos resulte difícil imaginar a unas viejecitas rezando el rosario, pero ya nuestra imaginación no concibe al caballero cristiano”.
Es “un libro de espiritualidad y ascética católica para hombres” que se va fraguando al calor de la palabra viva, siempre incandescente, esto es, a través de una serie de conferencias y catequesis para jóvenes, que están disponibles en el formidable canal de YouTube del Padre: Stat Crux. Y digo “al calor”, a conciencia, porque queda claro, a lo largo del libro, que el hombre está compuesto de un material de cierta ductilidad (al menos en dos sentidos: la virtud y el vicio). La fe será acrisolada al sol, al igual que las virtudes serán acrisoladas en una forja de la voluntad que exige de la concurrencia del Hombre (en su relación con el “otro”) y, sobre todo, de la Gracia. De ahí que, invocando el pasaje de Proverbios 27, 17 nos diga Gómez Mir: “El hierro con el hierro se afila; el hombre, en el roce con su prójimo”.
Palestra significa “escuela de lucha” y “la lucha ascética es la base para vivir esta llamada a una concepción fuerte de la fe cristiana”. El objetivo es, en el contexto de un hiperconsumismo esquizoide y un nihilismo rampante, “virilizar nuestra vida con la ascética para vencer el afeminamiento de una voluntad enferma”.
Investidos de una dignidad concreta…
Según la tradición veterotestamentaria, nuestra dignidad está ya inscrita en nuestra propia naturaleza: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó. Después los bendijo Dios con estas palabras: ‘Sed fecundos y multiplicaos’” (Gn 1, 27-28). Hemos sido creados hombre y mujer por el Creador “a imagen suya”, por ende, debe haber una coherencia interna del ser creado.
Al igual que María, imagen perfecta de la feminidad, es “la esclava del Señor”, la Iglesia es la esposa de Jesucristo. Asimismo, José, arquetipo bíblico de virilidad, actuó sin prácticamente mediar palabra. En él se da esa precondición de todo hombre para seguir a Jesucristo: “se necesita ser un verdadero hombre para servir a Cristo”, dice Gómez Mir. Y para ello es necesario romper los afectos desordenados e idolatrías, es decir, despojarse del hombre viejo.
Por desgracia, “la desorientación antropológica que caracteriza la sociedad y la cultura actual ha contribuido a la desestructuración tanto de la familia como de la sociedad, evidenciándose en una tendencia a cancelar las diferencias inherentes entre el hombre y la mujer”. Ya saben eso de Ernst Jünger: “Lo peligroso no es el hombre inculto, sino el hombre deformado por la cultura”. Una cultura de la indiferenciación. Frente a esta existe una “verdad de ser hombres”. Una coherencia perfecta entre el ser hombre y la fuente misma del Ser, a saber, Dios. Nosotros se propone “recuperar la antropología cristiana, que contempla la sexualidad como un elemento fundamental de la personalidad, constituyendo una manifestación única de ser, de sentir, de expresar y de vivir el amor humano”.
Es por esto por lo que nuestras ensoñaciones prometeicas de superar la condición humana sólo podrían, en el mejor de los casos, abocarnos a la locura o, lo que es lo mismo, a la pérdida de cordura… Como es bien sabido, cordura proviene del latín cordis (corazón). Aristóteles defendía filosóficamente una teoría llamada “cardio-centrismo”. Para él, la phronesis (a diferencia de la noción abstracta de episteme) es la virtud de la prudencia que reside en el corazón y que debe dirigir la acción humana. Hoy, no obstante, vivimos fuera de quicio, fuera de toda cordura, nos rebelamos contra lo más íntimo de nuestro ser, aquello que nos inviste de una dignidad concreta, intransferible e inescindible.
Y en un mundo en que experimentamos la “crisis de la virilidad” fruto de la cerrazón y la hybris, Nosotros apuesta por un itinerario de virilidad en Cristo, “una virilidad que es verdadera virtud cristiana”, ya que, como dice San Pablo: “Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente y esforzaos. Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (1 Cor 16, 13-14).
El abrazar nuestro ser más íntimo debe llevarnos al correcto discernimiento de nuestra vocación (imbricada en nuestro sexo biológico): “Es Dios –nos dice el Padre Gómez Mir– quien nos dice qué quiere de nosotros (…). Uno no elige su identidad, su ser quien es. Le viene dada por Dios (…). Hemos de entender vocación como dirección, como sentido de una meta. Y luego también hemos de entender la misión como significado del día a día (…). La vocación llena de sentido nuestra vida y permite asumirla como misión personalísima. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan, de pronto, su verdadero sitio”.
Cristo: Ecce Homo
Ahora bien, el problema de la aparente “incomparecencia” del Hombre (con mayúscula) en la historia de la humanidad es un problema que nos ha acompañado desde la Antigüedad clásica…
Se cuenta que Diógenes de Sinope, pensador griego del siglo IV a. C. y exponente de la corriente filosófica cínica, vivió gran parte de su vida en la opulenta Atenas en condiciones extremadamente austeras (hasta el punto de dormir en una tinaja; de ahí lo del Síndrome de Diógenes) y empleó el aguijón de la provocación para criticar la hipocresía de la sociedad ateniense. En ese contexto, surge la célebre anécdota de la lámpara: Diógenes recorría las calles de la ciudad a plena luz del día diciendo: “Busco a un hombre”… Evidentemente, la frase no aludía a la búsqueda literal de un azaroso “alguien” sin más, sino a la dificultad de encontrar un ser humano verdaderamente recto, honesto y virtuoso. Tendríamos que esperar cuatrocientos años al Jesús de Nazaret, presentado por Poncio Pilato ante la “masa enfurecida”, para llegar a ese hombre que anhelaba encontrar Diógenes: Ecce Homo, he aquí el Hombre…
Ese hombre de carne y hueso, persona de la imagen trinitaria del Dios cristiano, fue, es y será siempre, en tanto que la historia humana no puede sino ser Cristocéntrica, el modelo de virtus por antonomasia, el “justo”. La cristiandad, como el colorido jardín de las delicias de El Bosco, ha dado frutos de todas las formas y colores, Dios se ha valido de hombres corrientes que, sin embargo, han hecho de lo corriente algo extraordinario al vaciarse de sí e inflamarse del amor Dei: San Esteban, San Jorge de Capadocia, San Antonio Abad, Constantino el Grande, Carlomagno, San Bernardo de Claraval, Rodrigo Díaz de Vivar el Cid, San Ignacio de Loyola, etc. Sea como fuere, el libro Nosotros, plantea una pregunta y una respuesta que simultáneamente nos interpelan: “¿Cuál era el modelo de hombre en la sociedad tradicional? El modelo era el guerrero, era el mártir, era el monje, era el héroe, era el caballero (…). La Iglesia, en el último siglo, ha hecho daño también a esa masculinidad”. Es la obra de Dios en el hombre la que eleva su naturaleza caída mediante la Gracia.
Ahora bien, en relación con esto último, si se me permite hacer una crítica constructiva al libro, diría que el Padre Gómez Mir se apoya excesivamente en referencias contemporáneas al intentar “actualizar” el magisterio (Dorothy Sayers, C. S. Lewis, John Senior, John Eldredge, Thoreau, Robert Redeker, R. R. Reno, Viktor Frankl), perdiendo así la oportunidad de profundizar en las citadas grandes figuras de la cristiandad. Prueba de ello es que, incluso en su capítulo “Héroes y santos, arquetipos para educar”, incurre en cierto “actualismo” al citar más a Heidegger, Nietzsche, Tocqueville, Huizinga, Chesterton, Scheler y Redeker, que las Sagradas Escrituras, los Padres, el magisterio de la Iglesia y, en definitiva, la fecundísima Tradición católica stricto sensu.
Sin embargo, hay una cesura irreversible en la intrahistoria humana entre el Cristo del Nuevo Testamento y la Antigüedad clásica. En la Antigüedad mediterránea el modelo de hombre virtuoso era Aquiles, el “héroe”. La fortaleza pagana hecha carne, el hombre que ansía la eternidad en tanto que proyección de sí. A raíz del Nuevo Testamento, “Jesús es el nuevo modelo de hombre. Ya no lo es Aquiles. ¿Por qué? Porque Jesús es aquel que alcanza la plenitud dando su vida por amor. Él es el nuevo modelo de la masculinidad, no una masculinidad que se busca a sí misma y su gloria como Aquiles, sino que busca la gloria de Dios, la voluntad de Dios”.
Por ello, el Padre Raniero Cantalamessa, en su predicación del Viernes Santo del 2 de abril de 2010 pudo decir, siguiendo a René Girard, lo siguiente: “Jesucristo desenmascara y rompe el mecanismo del chivo expiatorio que sacraliza la violencia, haciéndose Él la víctima inocente de toda la violencia. Cristo no vino con la sangre de otro, sino con la suya propia. No puso sus propios pecados en los hombros de los demás –hombres o animales– sino que puso los pecados de los demás sobre sus propios hombros (…). En Cristo es Dios quien se hace víctima (…). Ya no es el hombre el que ofrece sacrificios a Dios, sino Dios quien se ‘sacrifica’ por el hombre (…). El sacrificio de Cristo contiene un mensaje formidable para el mundo de hoy. Grita al mundo que la violencia es un residuo arcaico (…). En casi todos los mitos antiguos la víctima es el vencido y el verdugo el vencedor. Jesús cambió el signo de la victoria. Ha inaugurado un nuevo tipo de victoria (…). Vitor quia victima, vencedor porque víctima, así define Agustín al Jesús de la cruz. El valor moderno de la defensa de las víctimas, de los débiles y de la vida amenazada nació sobre el terreno del cristianismo, es un fruto tardío de la revolución llevada a cabo por Cristo”.
El Espíritu que trae Jesucristo al mundo, que manifiesta el amor de Dios hacia el hombre en su debilidad, en sus pecados, en su podredumbre, es el que nos abre a la posibilidad de ser otro Cristo. Sólo sintiéndonos amados en nuestra pobreza, podemos ser vehículo de este amor. Jesucristo, es la víctima propiciatoria de la iniquidad del género humano y, en tanto que cristianos, estamos llamados a imitarle, es decir, a la santidad.
Es por ello por lo que el Padre Gómez Mir no se cansa de repetir una misma idea: “La opción más violenta para un hombre, la más heterodoxa para el mundo moderno, es ser católico”, algo que tiene resonancias, apócrifas o no, de Michel Foucault (aunque en un sentido radicalmente distinto): “Hay que ser un héroe para enfrentarse con la moralidad de la época”.
Ecce Ego: la pulsión tanática del hombre cerrado en el “yo”
Otra de las ideas recurrentes del libro es el cómo “la nada nadea” (Das Nichts nichtet), en expresión de Martin Heidegger, cuando el hombre se busca a sí mismo. Gómez Mir echa mano de la sugerente cita de John Senior, según la cual: “Debemos trabajar muy duro para restaurar, primero en nosotros mismos y luego por influencia en otros, lo opuesto a esa búsqueda furiosa del placer que culmina en el deseo real del horror y el placer de la muerte”.
Y es que no estamos descubriendo el fuego si decimos que vivimos envueltos en una cultura tanática, en tanto que hedonista. Nuestro autor nos ofrece una fotografía precisa del mundo actual: “El mundo postmoderno nos ofrece un modelo de hombre individualista y egoísta, el hombre de la sociedad liberal, que es estrictamente un productor y un consumidor, y a veces ni siquiera un productor, porque a nuestra sociedad le basta con que seamos consumidores (…). En el libro del Éxodo vemos a los israelitas esclavizados, como imagen de este hombre postmoderno esclavizado”. Esta afirmación del “yo”, Ecce Ego, es la imagen invertida del Cristo como cordero de Dios.
La experiencia de la insatisfacción infinita de los goces de la carne y el uso indebido de una libertad rebajada a libertinaje nos arroja a esa atrayente y oscura Nada que desemboca en la ausencia absoluta de sentido. La cultura de la muerte es la cara tenebrosa de esa búsqueda del placer desaforado que nos acecha continuamente (descentrado de ese centro de la cordura): aborto y eutanasia, OnlyFans e industria pornográfica, transición de género y farmacologización, lo gore y el espectáculo, estetización de la violencia y terrorismo, etc.
El filósofo italiano Diego Fusaro –autor al que aprecio personalmente–, en su ensayo El nuevo orden erótico. Elogio del amor y de la familia (2022), se ha detenido recientemente en esto al hablar de un “hedonismo mortal” que se consumó fatídicamente con el Mayo del 68.
A propósito de la película Saló, o los 120 días de Sodoma (1975), de su compatriota Pier Paolo Pasolini, Fusaro da cuenta del estrecho vínculo entre la búsqueda del placer autorreferencial y el nihilismo: “El goce ilimitado y autorreferencial, ahora sin límite ni medida, domina incontrolado en todo nuestro horizonte, se traduce puntualmente en Todestrieb, ‘pulsión de muerte’. La villa en la que se desarrolla la historia de Pasolini, articulada en círculos que recuerdan a la geografía del Infierno de Dante, se convierte para las víctimas, en el lugar de la experimentación en carne viva de la estrategia de una perversión desenfrenada: el goce llevado hasta sus consecuencias extremas se transforma, sin solución de continuidad, en la muerte. El placer hiperhedonista, como fin en sí mismo (…), se convierte en un macabro ritual mortal, en una práctica nihilista que lejos de emancipar a los amantes, los disuelve en la nada. Torturas sádicas, humillaciones de todo tipo, prácticas coprofágicas, el asesinato como fin en sí mismo y otras barbaridades se suceden en la villa de Saló (…). Para promover la apoteosis del plusgoce sin aplazamientos y autorreferencial, la civilización del consumo debe, al mismo tiempo, ‘darle muerte’ a las figuras del amor auténticamente relacional y donativo. En una escena, una muchacha, sumergida en una bañera de excrementos grita desesperada –retomando el pasaje evangélico de san Marcos– ‘Dios mío, Dios mío. ¿Por qué nos has abandonado?’. La globocracia de la omnimercantilización del mundo sumerge a toda la humanidad en la mugre”.
Inmersos en un desolador escenario como este, en el que dostoyevskienamente si Dios no existe, todo está permitido, en un mundo en el que hemos constatado –por la vía de los hechos– que el placer sin límites degenera en fascinación por lo oscuro, lo violento o lo destructivo, ¿cómo no perder la esperanza? ¿cómo creer hoy día en un camino de ascensión e imitación de Cristo? ¿cómo estar prestos a la batalla?
El Padre Gómez Mir nos ofrece cuatro verdades perennes fundamentales:
- Hemos sido creados para alabar, servir y hacer la voluntad de Dios.
- Partimos del hecho de que somos seres caídos por el pecado original.
- Estamos llamados a protagonizar un combate que llamamos la lucha ascética.
- Hay un auxilio sobrenatural para dominar a ese hombre viejo y para transformarlo en un hombre nuevo que es la gracia que Jesucristo, nuestro señor, nos ganó muriendo en la cruz y resucitando.
Lucha ascética: el campo de batalla del combate escatológico
Entramos en el núcleo del libro… El combate escatológico, que no es un combate ahistórico entre las huestes demoníacas rebeldes y las huestes de Dios; que tampoco es un combate entre fuerzas eternas e increadas del Bien y el Mal como polos de una tensión cósmica (como creían los maniqueos); y que tampoco es un combate que se dará única y exclusivamente en el fin de los tiempos; sino que se trata de un combate que se está librando cada día en nuestro interior, en cada pensamiento, en cada decisión, en cada acto. “El hombre ha nacido en un mundo en guerra”.
¡Qué caprichoso es el destino! ¿verdad? Un sacerdote, párroco de la Iglesia de Sant Jordi, exhortándonos al combate… Y lo hace a partir de la tríada Job-San Pablo-San Ignacio de Loyola.
i) Mediante Job, constata que la vida del hombre es combate: “Job se preguntó retóricamente: ‘¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra?”;
ii) mediante la meditación de las “dos banderas” de San Ignacio de Loyola, delimita los protagonistas del combate: “San Ignacio nos dice que Cristo llama y que nos quiere a todos bajo su bandera. Lucifer, al contrario, nos quiere bajo la suya. ¿Bajo qué bandera estamos militando? (…). Los dos campos que se enfrentan, dice San Ignacio, son Jerusalén y Babilonia”;
iii) mediante la Epístola a los Efesios de San Pablo, precisa quién es el enemigo real y el cómo y con qué armas es preciso combatirle:
“Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra los hombres de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire (…). Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos”.
Más claro el agua… Verdad, justicia, prontitud, fe, salvación y espíritu, “siempre en oración y súplica”. Si la batalla fuera tan sólo contra la carne, no necesitaríamos ni a Dios ni al Espíritu Santo, ni oración o súplica algunas; no seríamos católicos nos bastaría con ser estoicos (mortificación del cuerpo, ayuno, abstinencia). Reconocer que el enemigo verdadero son los “espíritus malignos” es reconocer tanto nuestra pequeñez y fragilidad como la necesidad de auxilio, porque, como se esmera en destacar el Padre Gómez Mir en su libro: “No somos voluntaristas. Somos cristianos. El hombre sin gracia de Cristo no puede alcanzar este dominio. Podría alcanzar un dominio moral relativo (…). Los medios son la oración, la lectura de la Palabra de Dios, el auxilio frecuente de los sacramentos y la mortificación”.
Precisamente, este acto de auto-reconocimiento de pequeñez, el pedir auxilio (en oración y súplica) para combatir en nosotros esos “espíritus malignos” que quieren someternos y subyugarnos con su embriagadora luz, y el hacer uso de las “armas de Dios”, exige que nos pongamos en marcha. Y es el Espíritu que actúa en y con nosotros. ¿Dónde salir, pues, a su encuentro, se preguntarán? En la Palabra de Dios y en el cuerpo y la sangre de Cristo que cada domingo se abren como una semilla en nuestros corazones (aquellos donde reside la cordura y el sentido de misión): “En misa nos ponemos en pie para escuchar la palabra de Dios. Este ponernos en pie es como el gesto propio de una milicia que está a la espera de escuchar la palabra de aquel que es su capitán, como diría san Ignacio de Loyola, para salir al combate”.
Escrito el domingo de Pentecostés, mayo de 2026.
