Por el P. Paul D. Scalia
Felipe Neri tenía la costumbre de levantarse tarde en la noche o en las primeras horas de la mañana para abrirse paso a través de la durmiente ciudad de Roma, fuera de los muros de la ciudad, hacia la Basílica de San Sebastián. Allí descendía bajo la iglesia, a las antiguas catacumbas, donde los primeros cristianos de Roma se reunían para la Misa, donde dormían tantos mártires. En ese lugar sagrado pasaba el tiempo en oración.
En una de esas ocasiones, el Apóstol de Roma fue a aquellas catacumbas en la vigilia de Pentecostés. Mientras rezaba, el Espíritu Santo se le apareció como un globo de fuego que entró por su boca y se asentó en su corazón. Sintió que su corazón se expandía. A partir de ese momento, como testificarían más tarde las personas, brotó de su corazón un calor misterioso pero perceptible, de hecho, un fuego. Después de su muerte, la autopsia reveló que dos costillas se habían roto para formar un arco, a fin de dar cabida al corazón agrandado.
Resulta oportuno que la fiesta de San Felipe Neri (el 26 de mayo, este martes) caiga a menudo tan cerca de Pentecostés. Porque su experiencia en las catacumbas es una gran lección sobre cómo debemos recibir al Espíritu en este día. Como ocurre con cada milagro, su encuentro con el Espíritu Santo revela de una manera extraordinaria lo que debería ser ordinario para todo católico. Y, para que no pensemos que la experiencia de San Felipe fue extraña, debemos recordar que rezamos a menudo por lo mismo: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
A saber, ardor de estómago y costillas rotas.
Primero, el ardor de estómago. Que el Espíritu se asiente en el corazón —el centro del amor— nos dice mucho sobre Quién es Él y qué hace. El Espíritu Santo es el Amor de Dios. Eso no es solo un dicho piadoso, sino una profunda verdad teológica. Tampoco el Espíritu Santo es solo el amor que proviene de Dios. Él es el amor de Dios; es decir, el amor dentro de Dios, entre el Padre y el Hijo, el amor que existe desde toda la eternidad. Él es la Persona a Quien San Juan Pablo II llamó el «Don-Amor increado».
Como la Persona que es el Amor, el Espíritu se nos da para que podamos amar. Porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado». (Romanos 5, 5) Todos Sus dones y gracias se nos otorgan para que podamos ser perfeccionados en el amor. Todos Sus frutos son, en última instancia, los efectos del amor. El Espíritu Santo obra la santidad, que es la perfección en el amor.
Además, la imagen del fuego revela cómo esta Persona lleva a cabo Su obra de amor dentro de nosotros. El Espíritu Santo es como el fuego, un amor que purifica, ilumina y llena de energía. Él purifica nuestros corazones de los amores menores que nos retienen. Ilumina nuestros corazones para conocer a Dios, para conocernos a nosotros mismos y para saber cómo amar. Nos da el poder de amar a los demás con el propio amor de Dios.
Para quienes lo rodeaban, el calor que irradiaba del corazón de San Felipe manifestaba el amor de Dios en su interior. Una vez más, este acontecimiento extraordinario revela lo que debería ser normativo. Nuestra unión con el Espíritu debería producir en nosotros un calor que se irradie a los demás mediante nuestras palabras y acciones. De hecho, lo que más asombra no es que el calor del Espíritu se manifestara a través de San Felipe Neri, sino que no sea tan evidente en nosotros.
Segundo, las costillas rotas. Ahora bien, cabe señalar que esta lesión no impidió la vida de Felipe. Llevó una vida apostólica muy activa durante cincuenta años después del incidente. Obviamente, hubo cierto dolor implicado en este don del Espíritu. Pero deberíamos pensar en ello como la «violencia dulce» del Espíritu de la que habla San Francisco de Sales. O como una corrección saludable, tal como le pedimos al Espíritu en la Secuencia de hoy: «Dobla el corazón y la voluntad indómitos».
En resumen, para recibir al Espíritu, algo en nuestro interior debe ceder. Por lo general, queremos meter a Dios a la fuerza en nuestras vidas, hacer que trabaje para nosotros. Pero el Espíritu no encaja en nuestras vidas mundanas. Él no está, por así decirlo, diseñado para eso. Más bien, como un viento impetuoso que trae aire fresco pero que a veces también trastoca las cosas, Él disloca aspectos de nuestras vidas para que haya más espacio para que Él actúe.
El punto es que no hay nada conveniente ni cómodo —en el sentido del mundo— respecto al Espíritu. Él viene, no para continuar con nuestras vidas tal como son, sino para vivir dentro de nosotros y reproducir la vida de Cristo en nuestro interior. Eso requiere un cambio de nuestra parte. De hecho, incluso el consuelo que Él trae supera la comprensión del mundo, no encaja en la estimación que el mundo tiene del confort. La vida según el Espíritu requiere la voluntad incondicional de cambiar.
Nuestro Señor nos dice que el Padre «no da el Espíritu con medida». (Juan 3, 34) En verdad, Él no es tacaño. Pero nosotros sí lo somos. Colocamos barreras y obstáculos al aumento de Su amor dentro de nosotros. O queremos Sus dones de gracia para nuestros proyectos personales, no para crecer en Él.
Para que esta fiesta y este don del Espíritu sean eficaces, debemos permitirle que nos queme y nos disloque. Que purifique nuestros corazones con Su fuego de amor y que los mueva hacia donde Él necesita que estén.
Sobre el autor
El P. Paul Scalia es sacerdote de la Diócesis de Arlington, VA, donde se desempeña como Vicario Episcopal para el Clero y Párroco de Saint James en Falls Church. Es autor de That Nothing May Be Lost: Reflections on Catholic Doctrine and Devotion y editor de Sermons in Times of Crisis: Twelve Homilies to Stir Your Soul.