El Papa a los obispos italianos: «El Señor no nos pide que midamos la fecundidad de la Iglesia según criterios de número, visibilidad o influencia»

El Papa a los obispos italianos: «El Señor no nos pide que midamos la fecundidad de la Iglesia según criterios de número, visibilidad o influencia»

El papa León XIV clausuró este jueves la 82ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI) con un amplio discurso centrado en la evangelización, la transmisión de la fe y los desafíos pastorales que afronta la Iglesia en una sociedad cada vez más secularizada. Ante los obispos italianos, el Pontífice reclamó una Iglesia menos preocupada por conservar estructuras y más centrada en anunciar a Cristo con claridad y autenticidad.

Durante su intervención en el Aula Nueva del Sínodo, el Papa reconoció las dificultades que atraviesan muchas comunidades cristianas, marcadas por el cansancio, la fragmentación social y la dificultad de transmitir la fe a las nuevas generaciones. Sin embargo, pidió a los obispos no caer en una mirada pesimista ni limitarse a analizar estadísticas negativas.

Dejamos a continuación las palabras completas de León XIV:

Queridos hermanos en el episcopado, ¡buenos días!

Gracias, Eminencia, por las palabras que me ha dirigido. Un cordial saludo a cuantos han sido elegidos para desempeñar un servicio en la Conferencia Episcopal, en particular al Vicepresidente, y a cada uno de vosotros. Por medio de vosotros, deseo expresar mi afecto a todas las Iglesias que están en Italia, a los presbíteros, a los diáconos, a las personas consagradas, a las familias, a los catequistas, a los educadores, a los jóvenes, a los ancianos, a los pobres, a los enfermos, a cuantos viven la fe en la sencillez de la vida cotidiana y a cuantos, quizá sin saberlo, llevan en el corazón una sed de Dios.

Es lo que tenemos la gracia de constatar de diversas maneras, también en un tiempo como el nuestro, marcado por la complejidad. Lo he experimentado directamente en mis recientes visitas a Pompeya, Nápoles y Acerra. Muchos signos nos hablan de cansancio, de fragmentación, de soledad. En nuestras comunidades podemos percibir a veces la dificultad de transmitir la fe, la dificultad de implicar a las nuevas generaciones. Pero el Evangelio nos despierta. Jesús, mirando a las multitudes, no ve un problema que resolver, ve una mies, ve el campo de Dios: «La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). Sembrador incansable, Dios sale cada día al mundo y esparce generosamente en los corazones el deseo del infinito, de una vida plena, de una salvación que libera. Sí, gracias a Dios, la mies es mucha. Nuestra primera tarea es esta: hacer nuestra la mirada del Señor. No lamentarnos solamente de los terrenos endurecidos ni detenernos simplemente en los datos estadísticos, sino saber ver, con los ojos del Resucitado, la cosecha que Dios mismo nos prepara.

Queridísimos hermanos, que el Espíritu Santo nos conceda corazones ardientes del impulso de Cristo; y suscite numerosos y santos obreros para trabajar con nosotros.

Entonces, con esta mirada, la prioridad es el Evangelio: nos lo dice san Francisco de Asís, a ochocientos años de su tránsito al Cielo; nos lo recuerdan la <em>Evangelii nuntiandi</em> de san Pablo VI y la <em>Evangelii gaudium</em> del papa Francisco. Porque es del Evangelio de donde nace la fe, como encuentro vivo con Cristo, muerto y resucitado, presente en su Iglesia. Hoy, en el contexto en el que estamos llamados a actuar, confrontándonos con otras perspectivas de vida y con desafíos antropológicos inéditos, volver a poner el Evangelio en el centro es el don que da entusiasmo a nuestra vida de obispos y la urgencia que nos impulsa.

Estamos, por tanto, llamados a preguntarnos: ¿qué rostro de Dios dejamos transparentar en la predicación, en la catequesis, en la liturgia, en la caridad, en la vida de nuestras comunidades? ¿De qué modo favorecemos el encuentro con Cristo y qué significa hoy, para nosotros y para nuestras Iglesias, iniciar a otros en la vida cristiana? Son preguntas que, como pastores, debemos hacernos siempre, sin darlas nunca por supuestas.

He aquí, pues, la renovada atención a la iniciación cristiana, que no puede ser pensada solo como preparación para los Sacramentos. Ella es el “seno” en el que una comunidad engendra a la fe e introduce en la vida pascual, en la comunión con el Señor, en la fraternidad eclesial. Se trata de redescubrir el Bautismo como realidad viva y existencial; y «no es posible comprender plenamente el Bautismo si no es dentro de la Iniciación Cristiana, es decir, del itinerario a través del cual el Señor, mediante el ministerio de la Iglesia y el don del Espíritu, nos introduce en la fe pascual y nos inserta en la comunión trinitaria y eclesial» (Documento final de la XVI Asamblea del Sínodo de los Obispos, 24). Es un subrayado muy importante este de la más reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos, porque sitúa el camino que se abre con el Bautismo dentro de una Iglesia que cree, celebra, acompaña y engendra. Una Iglesia que, mientras se alegra con asombro ante los catecúmenos jóvenes y adultos, es luego capaz de sostener su perseverancia después del impulso inicial.

La fe se transmite y crece allí donde hay comunidades vivas y acogedoras, capaces de orar y de escuchar; comunidades en las que la Palabra de Dios no permanece en los márgenes, sino que ilumina las decisiones; donde la Eucaristía es verdaderamente fuente y culmen; donde los pobres no son destinatarios externos de un servicio, sino hermanos y hermanas en los que el Señor nos habla; donde los jóvenes son rostros y voces e historias con las que dialogar; donde las familias no son dejadas solas y las heridas no son ocultadas, sino llevadas ante el Señor con humildad; donde la fe se convierte en compromiso efectivo en la sociedad, en la política, en la cultura.

Precisamente por esto, nosotros, los obispos, estamos llamados a una escucha profunda: escuchar la Palabra de Dios, escuchar al Pueblo de Dios y, por tanto, escuchar los signos de los tiempos, escuchar también aquello que pone en cuestión nuestras costumbres pastorales. Donde la escucha es verdadera, la comunidad no se encierra en sí misma, sino que se convierte en lugar de discernimiento y de misión y, para ello, sabe renovarse.

Este es el sentido del Camino sinodal que habéis llevado a término y que, como habéis subrayado, ahora debe convertirse en estilo permanente. El Concilio Vaticano II nos recordó que agradó a Dios santificar y salvar a los hombres no separadamente y sin vínculo alguno entre ellos, sino constituyéndolos en un pueblo que lo reconociera en la verdad y lo sirviera en la santidad (cf. Const. dogm. <em>Lumen gentium</em>, 9). Iglesia sinodal es aquella en la que cada uno, según la propia vocación, puede ofrecer el don recibido del Espíritu para la edificación común. La participación, por tanto, no es una concesión: es una exigencia de la comunión y de la misión y, por ello, debe convertirse en método, responsabilidad, verificación, en la implicación de los diversos carismas y ministerios y en el respeto de la tarea propia del obispo. El Documento de síntesis del Camino sinodal de las Iglesias en Italia recuerda el valor de los organismos de participación, como lugares en los que el discernimiento de las comunidades puede tomar cuerpo. No basta, sin embargo, con que estos instrumentos existan; es necesario verificar que funcionen realmente.

En este proceso, las diversas estructuras de la CEI están llamadas a seguir desempeñando su servicio de comunión, coordinación, discernimiento y apoyo a las Iglesias que están en Italia. Precisamente porque tiene este papel, la organización de la Conferencia Episcopal debe modelarse a la luz de las exigencias de la misión y de las cambiantes condiciones históricas. No se trata de imitar esquemas organizativos externos ni de reducirlo todo a eficiencia administrativa, sino de preguntarse qué fisonomía ayuda hoy a los pastores y a las Iglesias locales a anunciar mejor el Evangelio, a caminar juntos, a hacer posible una participación efectiva, ordenada y fecunda. Cuando se vive en el Espíritu, esta verificación no debilita la comunión, sino que la purifica.

Queridos hermanos, el Señor no nos pide medir la fecundidad de la Iglesia con los criterios del número, de la visibilidad o de la influencia. «Cuando miramos con los ojos de Dios, descubrimos que Él ha elegido el camino de la pequeñez para descender en medio de nosotros. […] Esta lógica de la pequeñez es la verdadera fuerza de la Iglesia. Ella, en efecto, no reside en sus recursos ni en sus estructuras, ni los frutos de su misión derivan del consenso numérico, del poder económico o de la relevancia social. La Iglesia, por el contrario, vive de la luz del Cordero y, reunida en torno a Él, es impulsada por los caminos del mundo por la potencia del Espíritu Santo» (Discurso en el Encuentro de oración, Estambul, 28 de noviembre de 2025).

¡Tengamos el valor de lo esencial! El valor de comunidades menos preocupadas por conservarlo todo y más libres para anunciar a Cristo. El valor de una catequesis que sea camino de iniciación y formación permanente en la vida cristiana. El valor de parroquias acogedoras y misioneras, en las que las familias se reencuentren y se renueven con la savia del Evangelio. El valor de organismos de participación vivos. El valor de escuchar a los jóvenes sin domesticar sus preguntas. El valor de dejarnos evangelizar por los pobres. El valor de una estructura nacional cada vez más al servicio de la comunión misionera de las Iglesias en Italia. Un pueblo es engendrado por madres y padres en la fe, por comunidades que saben decir, con la vida antes incluso que con las palabras: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Italia necesita este testimonio.

Confío vuestro camino a la Virgen María, Madre de la Iglesia. Ella acogió el don, custodió la Palabra, caminó con los discípulos, esperó al Espíritu en el Cenáculo. Que os ayude a estar «arraigados y edificados en Él, firmes en la fe» (Col 2,7), a custodiar lo esencial, a engendrar en la fe, a caminar con el Pueblo de Dios, a reconocer la voz del Señor que todavía llama, consuela y envía.

Os acompaño con mi bendición. ¡Gracias!

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