¿Y si los curas españoles llenan los confesionarios en la visita del Papa?

¿Y si los curas españoles llenan los confesionarios en la visita del Papa?

Madrid, Barcelona y Canarias se preparan para recibir a miles de jóvenes, peregrinos y curiosos con motivo de los actos vinculados a la visita del Papa. Se anuncian puntos de escucha, espacios de acogida, programas culturales y dispositivos de información para orientar a quienes participen en las distintas actividades. Todo ello puede ser razonable y necesario en un encuentro multitudinario. Pero llama la atención una ausencia que no debería pasar inadvertida: la confesión.

No sabemos si todavía se está a tiempo de corregirlo, pero debería hacerse. Porque si la Iglesia cree de verdad lo que enseña; si cree realmente en la gracia, en el pecado, en la necesidad de reconciliarse con Dios y en la salvación eterna, entonces el sacramento de la penitencia no puede ocupar un rincón secundario del programa ni convertirse en una actividad casi invisible. Debe estar en el centro.

En algunas ediciones de la Jornada Mundial de la Juventud esto se entendió perfectamente. Muchos recuerdan aquellas imágenes de sacerdotes confesando durante horas, en parques, plazas o espacios habilitados para ello, mientras miles de jóvenes acudían al sacramento. Aquello tenía un sentido profundamente católico. Aquello mostraba a una Iglesia que creía que las almas importan y que entendía que el mayor bien que puede ofrecerse a una persona no es una experiencia colectiva, ni un folleto informativo, ni un gesto de acompañamiento genérico, sino la recuperación de la gracia.

Porque la cuestión, en el fondo, es muy sencilla. Si tenemos fe, creemos que el hombre necesita estar en gracia. No solo para comulgar dignamente, sino para vivir cristianamente y para salvarse. Y si eso es verdad, entonces resulta inevitable preguntarse por qué tantos grandes encuentros católicos parecen organizados como eventos religiosos en los que todo está previsto salvo precisamente aquello que conduce de forma más directa a la conversión.

Se multiplican los escenarios, las actividades paralelas, los puntos logísticos, los dispositivos de asistencia y las celebraciones masivas, a menudo de dudoso gusto litúrgico, mientras apenas se percibe una preocupación visible por facilitar de manera amplia, clara y constante el acceso al sacramento de la penitencia. Y, sin embargo, pocos servicios serían más importantes durante esos días que una red de parroquias abiertas, sacerdotes disponibles y lugares bien señalizados donde cualquiera pudiera confesarse.

No se trata de oponer unas cosas a otras. Nadie discute la necesidad de organización, seguridad, información o acogida. Pero sí conviene recordar el orden de importancia. La Iglesia no existe para producir grandes eventos ni para organizar experiencias emocionales masivas. La Iglesia existe para salvar almas. Y un encuentro con el Papa solo tendrá verdadero sentido cristiano si sirve para acercar a las personas a Dios, a los sacramentos y a la conversión.

Por eso sería una oportunidad perdida que Madrid se llenase de actividades, programas, escenarios y puntos de información mientras la confesión quedase relegada a un elemento marginal. Sería, además, una señal preocupante de esa incomodidad contemporánea con todo lo que recuerda que el pecado existe, que la gracia existe y que la salvación eterna no es una metáfora.

Pero quizá todavía se esté a tiempo de reaccionar. Y aquí surge una propuesta concreta dirigida a los párrocos madrileños. ¿Y si durante esos días se ampliaran de forma extraordinaria los horarios de confesión? ¿Y si determinadas parroquias del centro permanecieran abiertas hasta la madrugada, o incluso durante las veinticuatro horas, con sacerdotes disponibles para administrar el sacramento? ¿Y si Madrid ofreciera a los peregrinos no solo acogida logística, sino la posibilidad real de reconciliarse con Dios en cualquier momento?

Sería probablemente uno de los frutos espirituales más importantes de toda la visita. Mucho más profundo y duradero que muchas actividades pasajeras. Ver iglesias abiertas, luces encendidas, confesionarios ocupados y sacerdotes atendiendo almas sería una imagen auténticamente católica y una respuesta coherente con lo que la Iglesia cree.

Y desde luego, iniciativas así merecerían ser difundidas al máximo. Si alguna parroquia, rectorado o comunidad decide dar ese paso, aquí estaremos para ayudar a comunicarlo, apoyarlo y darle toda la visibilidad posible. Porque pocas cosas serían hoy más contraculturales —y más necesarias— que volver a poner la confesión en el centro.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando