El diablo y los «temas emergentes»

El diablo y los «temas emergentes»
The Fall of the Rebel Angels by Pieter Bruegel the Elder, 1562 [Royal Museum of Fine Arts Belgium, Brussels]

Por Robert Royal

A menudo se ha dicho, aunque tal vez no lo suficiente en los últimos tiempos, que el diablo puede citar la Escritura para sus propios fines. Si el Maligno está actuando en muchos de los enfoques actuales de la Escritura —en los departamentos universitarios y en algunos círculos eclesiales— es una cuestión que es mejor dejar a las verdaderas autoridades e incluso a los exorcistas. Pero no cabe duda de que quienes redactaron el Informe final del Grupo de estudio número 9: Criterios teológicos y metodologías sinodales para el discernimiento compartido de temas doctrinales, pastorales y éticos emergentes, aparecido la semana pasada, incurrieron en un abuso sistemático de la Escritura.

Es de admitir que no están solos. Buena parte de la erudición bíblica actual parece la labor de un abogado que busca resquicios legales en favor de los habituales temas «emergentes»: los colectivos LGBT, la ordenación de mujeres y las concesiones suicidas a los «paradigmas» posmodernos.

Una larga línea de doctores, mártires, confesores, santos, maestros espirituales, hombres y mujeres santos, católicos de a pie y papas —por no hablar de los Apóstoles y los primeros Padres de la Iglesia— ni siquiera habrían admitido que tales temas fueran «controvertidos», que era el área original que el grupo de estudio debía considerar. Mucho menos que fueran «emergentes».

La homosexualidad, las sacerdotisas y los «paradigmas» heterodoxos eran bastante comunes en el mundo pagano durante los primeros siglos cristianos. Nada de eso «emergió» en la vida de la Iglesia en aquel momento. Todo ello era descartable de plano para los seguidores de «el Camino».

Esto hace que la forma tan descabellada en que el reciente informe maneja la Escritura y la tradición resulte obviamente absurda, fruto de un deseo torpemente «contextualizado» de producir un resultado predeterminado, concuerde o no con la revelación cristiana o incluso con la realidad verificable.

El informe pretende creer que existen precedentes en la Escritura para cambiar creencias previas, al modo en que los Apóstoles decidieron que los conversos gentiles quedaban exentos de algunos preceptos de la ley judía:

Partiendo del relato de las experiencias vividas por los Apóstoles —en particular Pedro y Pablo con Bernabé, en su ministerio de anuncio a los gentiles— releídas e iluminadas a la luz de la Palabra de Dios, el proceso de diálogo conduce a un discernimiento comunitario progresivo y detallado de la cuestión. La decisión tomada sinodalmente («hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hch 15, 28) expresa la creciente conciencia de la Iglesia de una relación más madura con sus raíces judías: pues en esta relación aprende a discernir, interpretando bajo la guía del Espíritu, la experiencia que está viviendo, lo que tiene un significado permanente y encuentra su cumplimiento en Jesús y lo que, por el contrario, tiene solo un valor provisional.

Ah, sí, más madura. Como lo somos nosotros. Esto suena plausible a menos que se examine más de cerca la afirmación y el modo en que está siendo manipulada —el mot juste— para un fin muy diferente.

A los conversos gentiles se les dijo: «Que os abstengáis de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de lo estrangulado y de la fornicación». (15, 29) Por tanto, de la idolatría potencial y de la πορνεια —que cualquier léxico griego os dirá que significa no solo prostitución, sino fornicación e impureza—.

Se diga lo que se diga que significa, el pasaje no permite lo que tanto la tradición judía como la práctica de la Iglesia primitiva entendían que Dios había prohibido: el tipo de relaciones entre personas del mismo sexo que el grupo de estudio desea que «emerjan» ahora. Se podría pensar que, en 2000 años de existencia cristiana, ya habrían «emergido» hace mucho tiempo. Pero no fue así. Y, en cualquier evaluación honesta, tampoco pueden emerger ahora.

Detrás de todo esto se esconde otro juego de manos, a saber, la apelación a la «experiencia vivida» como guía para afrontar los debates actuales. En cierto sentido, por supuesto, la experiencia vivida es un componente importante de cualquier vida individual. Pero también lo es la «experiencia vivida» acumulada de nuestra tradición; de lo contrario, todos estaríamos simplemente inventando las cosas —a nuestra conveniencia— sobre la marcha.

La cristiandad primitiva aprendió notablemente mucho de las filosofías grecorromanas, además de su herencia judía. Pero, como documenté hace años en un extenso ensayo, incluso los grandes filósofos de la Atenas clásica rechazaban los actos homosexuales.

¿Por qué ocurre entonces que ahora, tras más de 2000 años de «experiencia vivida» cristiana (más otros 1400 años de la Ley Mosaica), los «testimonios» LGBT resulten tan importantes como para derribar una tradición moral ininterrumpida de milenios?

Tal vez sea simplista ver esto como una mera rendición a las decadentes inclinaciones sexuales del presente. Pero lo simple, con bastante frecuencia, es la verdad. Como en este caso.

La decadencia siempre nos acompaña en un mundo caído. Pero la aceptación, e incluso la celebración de la decadencia, es una rareza. Aquellos papas decadentes del Renacimiento que la gente, católica y no católica, se complace en deplorar tenían al menos una virtud: no intentaron afirmar que sus pecados sexuales estaban justificados por su experiencia vivida, y mucho menos por una comprensión gozosa y más madura de lo que el Espíritu Santo desea que veamos y hagamos ahora.

Una Iglesia que continúa alentando a todos, todos, todos a creer que aquello que es imposible de aceptar está ya a medio camino de ser aceptado les está haciendo un flaco favor. Tanto al confirmar a las personas en el error como al confundir al resto de nosotros.

Vale la pena notar que pasaron meses desde que el Papa Francisco emitió en 2023 su declaración Fiducia supplicans sobre la bendición de parejas homosexuales y otras en «uniones irregulares» hasta que los obispos alemanes anunciaron su intención de hacerlo de manera formal. Supimos apenas la semana pasada que, como resultado, en 2024 se envió una carta a los alemanes «advirtiendo que tales bendiciones podrían interpretarse como la legitimación de uniones incompatibles con la doctrina de la Iglesia».

Así pues, tenemos esta cadena de acontecimientos: un documento que permite las bendiciones homosexuales, luego una carta del prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el cardenal Fernández (quien previamente había emitido el documento), a los obispos alemanes diciendo que no pueden formalizarse sin contradecir la doctrina de la Iglesia, y ahora un informe de un grupo de estudio sinodal que afirma que es necesario un «cambio de paradigma» debido a la «experiencia vivida» [LGBT].

Incluso los no católicos solían decir antes que «al menos los católicos saben lo que creen». ¿Acaso lo sabemos ya?

Solo el Papa León está en condiciones de resolver esta confusión diabólica, la cual no puede ignorar.

Acerca del autor

Robert Royal es editor jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First CenturyColumbus and the Crisis of the West  y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.

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