Audios inéditos del comisario apostólico del Sodalicio revelan la lógica con la que una parte del aparato romano sigue gestionando los abusos sexuales: la prioridad institucional de la Iglesia por encima de las víctimas. El propio Bertomeu llega a comparar ese principio con “el derecho del Tercer Reich”.
InfoVaticana publica hoy dos audios de Mons. Jordi Bertomeu, oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y uno de los principales instructores de causas de abusos sexuales dentro de la Iglesia. Este sacerdote español forma parte del núcleo del aparato romano que decide cómo se investigan, encauzan y resuelven algunos de los expedientes canónicos más sensibles contra clérigos acusados de abusos sexuales, y desde hace años actúa como una de las piezas operativas de confianza utilizadas por Roma en los casos de mayor impacto internacional. Ha sido hombre de confianza del Papa Francisco, sigue siéndolo del actual pontificado y trabaja a muy alto nivel dentro del dicasterio dirigido por el cardenal Víctor Manuel “Tucho” Fernández bajo el ala del arzobispo Charles Scicluna.
El personaje, además, no llega limpio a esta historia. Bertomeu arrastra ya la polémica delirante de haber sido señalado por amenazar formalmente con la excomunión a dos periodistas laicos que le habían denunciado a él mismo ante la justicia civil y canónica por una presunta vulneración de confidencialidad. Ese episodio, que en cualquier otra institución habría resultado políticamente devastador, funciona además como una advertencia muy precisa sobre el modo en que una parte del aparato romano sigue entendiendo el poder, la crítica pública y el control del relato cuando entran en juego denuncias incómodas o investigaciones sensibles.
Los audios contienen una explicación coherente, reiterada y extraordinariamente clara sobre cómo se entienden los abusos sexuales desde dentro de una parte de la estructura eclesiástica encargada precisamente de combatirlos. Y lo que Bertomeu explica, con una claridad tan descarnada como inhabitual en un alto funcionario eclesiástico, es que la prioridad última de la Iglesia sigue siendo protegerse a sí misma y protegerse del escándalo incluso en el contexto de los delitos sexuales cometidos por clérigos.
Habla además con una franqueza inhabitual. Explica que la Iglesia no tiene medios suficientes, que las víctimas “también tienen reparación en el ámbito civil” y que, por encima de todo, la institución debe protegerse. Es decir: la víctima puede acudir al Estado; Roma debe ocuparse de preservar a la Iglesia.
Éste es el primer fragmento íntegro:
“Yo se lo he dicho alguna vez, es muy limitada, muy limitada, porque no tenemos la estructura judicial ni policial de los Estados. Ya me gustaría tener un equipo detrás de cien personas, la… y toda la Interpol y todo lo que quieras. No lo tenemos. Con los medios que tenemos, con los medios que tenemos, tenemos que intentar proteger la Iglesia en primer lugar. A la Iglesia Cuerpo Místico de Cristo. Es decir, ¿por qué? Porque las víctimas también tienen reparación en el ámbito civil. Pueden acudir a los jueces civiles.”
La frase central pulveriza años enteros de retórica institucional construida alrededor de las víctimas como supuesta “prioridad absoluta” de la Iglesia tras las grandes crisis de abusos de las últimas décadas. Porque Bertomeu no dice que el objetivo principal sea esclarecer la verdad, reparar a los heridos o expulsar radicalmente cualquier lógica corporativa. Dice otra cosa. Dice que “tenemos que intentar proteger la Iglesia en primer lugar”.
Y después completa el razonamiento desplazando de facto la reparación de las víctimas hacia la jurisdicción civil, como si la existencia de tribunales estatales permitiera a la propia Iglesia desprenderse parcialmente de una responsabilidad moral, institucional y jurídica que nace precisamente dentro de sus propias estructuras.
En el segundo audio Bertomeu intenta justificar esa prioridad institucional recurriendo a una comparación que deja al descubierto el núcleo real de la lógica con la que está pensando.
Éste es el segundo fragmento íntegro:
“Entonces cuando civilmente, aquí está, cuando civilmente está prescrito, tenemos un problema, ¿vale? Entonces, canónicamente tienes que hacer algo, pero por encima de todo tenemos que proteger la Iglesia y esto, que, a ver… con ojos civiles no se entiende, porque eso parecería el derecho del Tercer Reich, ¿no?, que por encima de la persona está el pueblo, está el Volk, ¿no? Es decir, nosotros es que por encima de la persona está el bien de la Iglesia, que es el bien de Cristo. Entonces, en este caso, es decir, no es subordinar a la persona, no los subordinamos, pero también tenemos que contar con el bien de la Iglesia. Y no siempre es fácil, ¿no?, y la gente no siempre lo entiende. Y lo haces con unos medios, insisto, muy, muy, muy pobres, porque pues ya me gustaría tener una, pues esto, una legislación mucho más madura, un sistema judicial más potente, con más medios humanos, técnicos, etc. Y no lo tengo, punto, es lo que hay y con lo que hay tenemos que intentar proteger a la Iglesia del escándalo.”
La comparación no la formula un periodista hostil, ni una víctima resentida, ni un adversario ideológico de la Iglesia. La formula el propio Bertomeu mientras intenta justificar por qué el “bien de la Iglesia” debe situarse por encima de la persona concreta. Y precisamente por eso el fragmento resulta tan devastador: porque verbaliza de manera involuntariamente transparente una estructura mental que la Iglesia llevaba años asegurando que había dejado atrás.
Bertomeu intenta suavizar el alcance de la analogía sustituyendo el “Volk” por “la Iglesia” y por “Cristo”, pero el planteamiento es per se devastador: acaba de describir un esquema moral en el que la institución ocupa un plano superior al individuo concreto que ha sufrido abusos sexuales dentro de ella.
Esa lógica —la subordinación práctica de la víctima al interés institucional— es exactamente la misma que durante décadas permitió ocultar casos, trasladar sacerdotes abusadores de diócesis en diócesis, destruir pruebas, silenciar víctimas y administrar el escándalo sexual dentro de la Iglesia como un problema esencialmente reputacional en lugar de afrontarlo como un crimen moral y jurídico.
Lo más grave de los audios no es el tono. Es el criterio. Porque cuando uno de los hombres encargados de instruir expedientes canónicos explica que ante delitos prescritos civilmente “tenemos un problema” y que el objetivo rector pasa por “proteger a la Iglesia del escándalo”, está describiendo una lógica extraordinariamente próxima al encubrimiento institucional.
No hace falta participar directamente en el delito principal para contribuir materialmente a un sistema de impunidad. Basta con convertir la protección de la estructura institucional en una prioridad superior a la verdad de los hechos, a la reparación efectiva de las víctimas y al deber elemental de justicia.
Resulta además imposible no advertir la desastrosa fundamentación teológica de la argumentación del alto funcionario del Vaticano. Bertomeu invoca el “bien de la Iglesia” y el “Cuerpo Místico de Cristo” para justificar un contrapeso frente a los derechos de las víctimas. Pero el cristianismo no identifica a Cristo con la autoprotección institucional. Lo identifica precisamente con el herido, con el pequeño, con el destruido. “Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis”. Utilizar el “bien de la Iglesia” para relativizar la justicia debida a víctimas de abusos sexuales cometidos por clérigos no es defender a la Iglesia. Es invertir completamente el Evangelio.
Durante años se prometió a los fieles que la Iglesia había aprendido. Que las víctimas eran ya la prioridad absoluta. Que el tiempo del clericalismo, de las maniobras de contención y del encubrimiento institucional había terminado definitivamente. Pero los audios que hoy publica InfoVaticana muestran a uno de los hombres más relevantes del Vaticano, encargado de gestionar esos casos en nombre del Papa, explicando con absoluta naturalidad que la prioridad sigue siendo “proteger a la Iglesia del escándalo”. Y cuando eso lo dice precisamente uno de los funcionarios encargados de combatir los abusos sexuales dentro de la Iglesia, el problema ya no es una crisis de comunicación ni un error retórico aislado, sino la mentalidad que sigue gobernando una parte del sistema.